La máquina de la conciencia. José Lozano López
es verdad que me sentí allí porque de oído no iba muy fino) y esta mujer, en este primer día del curso, iba explicando cosas como que la meditación no era parte de ninguna religión, sino que valía independientemente de la creencia de cada uno, que era una forma de detener la mente y de entrar en contacto con esa parte pura de nuestro interior y que el corre, corre diario no nos dejaba prestarle la atención necesaria para encontrar armonía, equilibrio, paz y, en definitiva, la felicidad que todos internamente tenemos, y que cuando observemos y comprendamos estas emociones, podremos ampliar más todas ellas.
También hablaba de los tipos de respiración y lo importante de usar los pulmones en su totalidad porque el oxígeno pasa por ellos, de ahí a la sangre y a todas las partes de nuestro cuerpo, incluido el cerebro. Por eso, cuando uno tiene un ataque de ansiedad, lo primero que te dicen es cómo respirar: coger aire por la nariz, soltarlo por la boca y esa atención que ponemos en la respiración correcta, además de mejorar la oxigenación, no deja que la ansiedad crezca y la frena en gran medida. Ellos trabajan con dos tipos de respiración, la primera es la de nariz-boca, para descargar tensiones, y la segunda es la que llamaban «respiración consciente», que es la de nariz-nariz para ir bajando los megahercios de actividad mental hasta un nivel llamado «Alfa».
Luego hicimos unos ejercicios de respiraciones, otro de relajación recorriendo todo el cuerpo y sus sensaciones y una meditación que trabajaba el equilibrio de los dos lados del cerebro, derecho e izquierdo, para activarlos mejor. Hubo un descanso a las dos horas y tuve la oportunidad de conocer a un compañero, Paco, muy buena gente. Terminamos siendo buenos amigos por muchos años.
Después del descanso, explicó que esta meditación se basaba en una casa mental que íbamos a crear del tamaño, modelo o en el lugar que quisiéramos. Solo debía tener unas habitaciones y sitios concretos definidos para poder trabajar en ellos una vez nos pusiéramos a meditar y donde se observarían y comprenderían las emociones físicas, mentales y emocionales de todos los niveles que fuéramos detectando. De esta forma, una vez conociéramos las herramientas, no necesitaríamos a nadie para guiarnos en la meditación para que en cualquier momento pudiéramos ponernos a observar lo que nos pasaba y mejorarlo con cada meditación que realizáramos de forma autosuficiente. Teníamos que crearnos como tarea para el próximo sábado una idea de cómo queríamos esa casa mental y crearla en meditación con las respiraciones y visualizaciones. Con el tiempo, aprendí que además es un buen test para saber la capacidad personal de cada uno de visualizar.
Al terminar, me quedé hasta el final y hablé con Pepi. Aunque no me dejó claro por qué me había mandado ese mensaje a la entrada, sí sentía que era una mujer muy especial.
El sábado siguiente fui tempranito para sentarme de nuevo en la primera fila. El curso lo dio una compañera, María José, y fue preguntando uno por uno sobre la creación de la casa mental. Era importante que todo el mundo pudiera tenerla para así tener acceso a las herramientas que allí se iban a practicar. La sala seguía estando llena. Si había faltado gente ese segundo día, no era perceptible a primera vista. María José explicó el proceso de la meditación:
—Nos colocamos en posición cómoda con las manos encima de las piernas. Empezamos haciendo tres respiraciones nariz-boca y luego un mínimo de siete respiraciones nariz-nariz. Luego, visualizamos que estamos bajo una catarata y sentimos cómo el agua fresca recorre nuestro cuerpo. Seguidamente, nos metemos en un ascensor de luz y hacemos un conteo del diecinueve al uno con parada en el diez y una respiración consciente. Una vez lleguemos al uno, estaremos más abajo del nivel de onda cerebral aproximado Alfa y llegaríamos al nivel Theta, que es donde hay que intentar mantenerse. En ese momento, hacemos otra respiración y entramos a nuestra casa mental o templo personal. Tenemos una gran sala con una fuente de agua en el centro y una claraboya por donde pasan rayos del sol. En el lado derecho de la sala, hay un ascensor desde donde se accede al centro de ayuda y es donde se hará el trabajo más profundo de toda la meditación, justo situado al lado del centro de salud, para concentrar la energía focalizada en el punto que queremos curar, con ayuda de un médico personal que tenemos dentro. En el lado izquierdo, vamos a situar la sala de proyección mental, desde donde usaremos la ley de atracción a un nivel intenso para pedir cosas, más bien de necesidad material, y al fondo tenemos acceso a nuestro jardín, desde donde se abrirán los siguientes niveles de acceso, un poco más adelante. Hoy vamos a trabajar con el centro de salud y la sala de proyección mental.
Hicimos la parte práctica de la meditación, todos con los ojos cerrados y siendo guiados por María José. Vivimos esta experiencia, que me resultó fascinante y enriquecedora. En el centro de salud se nos debía aparecer una persona que iba a ser el médico. A mí se me apareció una mujer, pero la cara y las manos eran como de luz, no tenía rasgos definidos e hicimos una serie de pasos para focalizar sobre el estado de salud que queríamos mejorar. Me encantó la parte donde la médica recogía energía y, junto con mis manos, posábamos las cuatro en el punto que quería mejorar y realmente sentí una sensación… difícil de explicar con palabras.
La parte de la proyección mental era muy parecida a la forma de focalizarlo que usa el principio de la ley del mentalismo de Hermes. Se pedía siempre en positivo, visualizando lo que queríamos tener como si ya lo disfrutáramos y se terminaba con un «en armonía con todo el universo» y dando las gracias a lo que cada uno sintiera. Personalmente, daba gracias a la energía suprema. Esta herramienta se debería usar con lo que pidiéramos todos los días y cuarenta días seguidos (a menos que se consiguiera antes, claro) y, si en algún momento falláramos un día, había que comenzar desde el principio ya que se perdería esa continuidad de la energía necesaria para la conexión.
Realmente, era como la famosa ley de atracción, solo que entendiéndola desde la raíz, menos superficial. Yo estaba encantado, ya que me gustaba saber el origen de todo.
El tercer sábado, volvió Pepi a darnos la clase. Explicó una meditación para hacer antes de dormir, para poder conciliar mejor el sueño, hasta algunos ronquidos llegué a escuchar de fondo. Yo me quedé dormido un breve tiempo, o sea que funcionaba.
Después explicó la meditación usando el centro de ayuda. Una vez más todos, meditando y tras pasar las fases iniciales y el conteo, llegamos a la sala central y nos acercamos al ascensor para bajar al centro de ayuda. Pepi explicó que en este lugar se realizan los trabajos más profundos del tipo emocional, como quitar los vicios, fobias, adelantar la fase de los duelos. Allí nos esperaría una persona que sería el enlace con nuestro ser. Íbamos a bajar unas plantas para intentar llegar a la onda cerebral Delta, que es justo la frecuencia más cercana al sueño y donde se pueden realizar los cambios más profundos y duraderos. Pasamos a este ascensor y bajamos siete plantas y, en mi experiencia, al salir del ascensor, me encontré con una persona que era yo mismo pero veinte o treinta años mayor, pelo y barba blanca y muy arreglado, tipo caballero inglés. Nos dimos un abrazo y, continuando con la meditación, pasamos a una sala donde había tres pantallas. En la primera, y siempre acompañados de esta persona, vimos y observamos la situación que queríamos cambiar tal y como era en el pasado. En la pantalla del centro, después veríamos cómo está en el presente y en la última pantalla, al final, veríamos cómo queremos vivir realmente esa situación en el futuro. Después, se intentaba compartir la experiencia con esta persona o acompañante y salíamos por el ascensor de nuevo a la sala tras una despedida cariñosa.
Por último, antes de salir de la meditación, había cinco o seis frases que trabajaban emociones concretas y que, pronunciadas interiormente, reforzaban esos estados por lo que salíamos, si cabe, con más fuerza y seguridad de la meditación. Siempre había que salir despacio, para que el cambio de frecuencia no fuera brusco, porque podría ocasionar malestar o mareos.
Impresionante esta meditación fabulosa, notaba agradecimiento interno.
El cuarto día, la clase la dio Joaquín, el único hombre de los guías. Luego, cuando lo conocí y compartimos experiencias, nos dimos cuenta de que habíamos tenido unas vidas muy parecidas.
Desde luego, si había venido menos gente apenas se notaba. Luego me enteré de que habíamos asistido el primer día unos ciento cincuenta y, a pesar de que si fallabas un solo día no podías asistir al resto del curso, habíamos acabado el curso al completo unos ciento veinticinco.