Biblioteca Studio Ghibli: La princesa Mononoke. Laura Montero Plata
una gran influencia en la carrera tanto de Amino como de Miyazaki, por lo que no era de extrañar que los dos hubieran decidido aproximarse al análisis de Japón basándose en el retrato de la población anónima.
El cineasta japonés se había quejado de que los jidaigeki centraban su atención en los granjeros y los samuráis, y mostraban un país muy alejado de la realidad histórica presentada en obras como las de Yoshihiko Amino o Sasuke Nakao. Por ello, y a pesar de la admiración que profesaba por el director Akira Kurosawa, Miyazaki también le incluyó entre el grupo de realizadores que estaban creando una falsa imagen del medievo japonés (Rougier, 1999: 45). Para preparar el guion de La princesa Mononoke, Miyazaki decidió pues estudiar diversos libros de Amino, los cuales le permitieron poner en conexión muchos de los temas que quería tratar en la película:
La imagen de los campesinos y los samuráis en esa película [Los siete samuráis] es muy distinta de la historia japonesa real, y parece que ha estado confundiendo a los historiadores. Leyendo los libros de Amino-san me topé con muchas explicaciones sobre historia que me parecen muy convincentes. La historia de nuestros antepasados es mucho más rica de lo que se puede explicar desde la perspectiva de una simple clase de Historia o desde el acercamiento que presenta a los samuráis como villanos y a los campesinos como virtuosos. Las partes que no hemos logrado ver incluidas en este constructo convencional contienen el verdadero atractivo y son aspectos que deberíamos conocer (Miyazaki, 2014a, 97).
A pesar del rechazo de los postulados del jidaigeki clásico, la influencia del cine de Akira Kurosawa tendría también resonancia en La princesa Mononoke: en el comienzo del largometraje, sin ir más lejos, se puede ver un homenaje al inicio de Ran (1985), donde los protagonistas están dando caza a un jabalí arco en mano. Con todo, sería el marco histórico dibujado por el historiador Yoshihiko Amino el que sentaría las bases del discurso teórico de su película de 1997, permitiendo a Miyazaki «descentralizar» la historia medieval japonesa en su guion. Para hacerlo, el veterano animador eligió a Ashitaka como protagonista, un joven príncipe de los emishi, un pueblo derrotado por el ejército del emperador cuatrocientos años atrás. Escondido de las miradas curiosas, el pueblo del guerrero se halla en el norte de Honshū, alejado del bullicio de los samuráis y las tendencias expansionistas del emperador. Al poner a Ashitaka en el centro de la trama, Miyazaki hace un ejercicio consciente de desafiar el discurso oficial histórico en un alegato antiYamato sobre el que nos detendremos al analizar pormenorizadamente el personaje del príncipe emishi. A él se sumarán los habitantes de la Ciudad del Hierro, un grupo de hinin –parias–, entre los que se pueden encontrar exprostitutas y leprosos. Por lo tanto, La princesa Mononoke ocurrirá en los márgenes de la historia oficial, y el emperador solo aparecerá de forma tangencial, como una tercera parte implicada en la narración pero ausente físicamente de ésta; dejando en evidencia que es la gente común la que hace que la historia evolucione y mute. En un diálogo entre Amino y Miyazaki con motivo del estreno y promoción de la película, el historiador señalaba esta intención: «Esta tribu vivió escondida en las espesuras del norte tras ser derrotados en la batalla contra el pueblo de Yamato, quien representaba el «estado japonés». Con un emishi como héroe, has descentrado el estado japonés. Esto coincide con mis propias teorías» (Miyazaki, 2012a: 61).
Movido por unos planteamientos similares a los que dieron forma a la producción académica de Yoshihiko Amino, se sitúa la última figura con un fuerte influjo en La princesa Mononoke: Ryōtarō Shiba. Novelista histórico y ensayista, Shiba gozó de una extremada popularidad en su país, llegando a vender más de veintiún millones de copias de alguna de sus obras. La premisa de su trabajo se centró en responder a dos complejas e intrincadas preguntas: ¿qué significa ser japonés? y ¿qué curso ha tomado Japón como país? Bajo el fuerte impacto de los acontecimientos acaecidos durante la Segunda Guerra Mundial –al igual que le ocurriría a Amino y al propio Miyazaki–, Ryōtarō Shiba dedicó su vida a pergeñar historias en las que sus personajes, enmarcados en periodos históricos japoneses, lograban a través de sus acciones individuales definir el curso de la historia. Desde una aproximación periodística, con un rigor y un cuidado minucioso por los hechos, la obra de Shiba emprendió una labor social en la que se busca encontrar la bondad del ser humano, en contraposición con la estupidez que había provocado la Segunda Guerra Mundial. Shiba se apoyó en los conceptos de civismo y decencia para representar mundos históricos en los que sus personajes ficticios dan origen a un tipo de japonés «atrayente»:
[Shiba] sustituyó la inevitabilidad de la historia por las posibilidades de la historia. Situó a sus personajes en momentos decisivos de la historia, revelando que el supuestamente inevitable flujo de los acontecimientos dependía de una serie de decisiones individuales. Él examinaría estos eventos a través de vívidos retratos humanos (Sabin, 2006).
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