El porqué del presente. Jorge Illa Boris

El porqué del presente - Jorge Illa Boris


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franceses perdieron el 20 por 100 de sus hombres en edad militar, y si se incluye a los prisioneros de guerra, los heridos y los inválidos permanentes y desfigurados —los guales cassés (caras partidas) que al acabar las hostilidades serían un vívido recuerdo de la guerra—, solo algo más de un tercio de los soldados franceses salieron indemnes del conflicto. Esa misma proporción se puede aplicar a los 5 millones de soldados británicos. Gran Bretaña perdió una generación, medio millón de hombres que no habían cumplido los 30 años (Winter, 1986, p. 83). […] en las filas alemanas, el número de muertos fue mayor aun que en el ejército francés, aunque fue inferior la proporción de las bajas en el grupo de la edad militar, mucho más numeroso (el 13 por el 100). Incluso las pérdidas aparentemente modestas de los Estados Unidos (116 000, frente a 1,6 millones de franceses, casi 800 000 británicos y 1,8 millones de alemanes) ponen de relieve el carácter sanguinario del frente occidental (p. 34).

      Pese a estas desgracias, el propio conflicto y su desenlace generaron cambios muy relevantes en lo social; por ejemplo, el papel de las mujeres y su accionar en la sociedad cambió cuando estas —y los Estados— debieron salir del mundo doméstico al laboral, jugando un papel muy importante en la producción fabril para sostener los esfuerzos de guerra (Aróstegui et al., 2015, pp. 107-108). Este suceso permitió mayores libertades y apoyo en pro de sus derechos civiles, tales como los encarnados por el movimiento sufragista.

      Gráfico N° 4. Prisioneros de guerra alemanes en un campo de prisioneros de Francia (1917 y 1919)

      Fuente: U. S. National Archives and Records Administration, para commons.wikipedia.org

      1.2 Paz de Versalles

      La Primera Guerra Mundial selló su final —formalmente— luego de la firma del Tratado de Versalles el 28 de junio de 1919. En este documento se culpó a Alemania y a las otras potencias centrales de haber dado inicio al conflicto, por lo que debían reconocer todos los daños causados a los países afectados (léase, aliados). Entre los acuerdos más destacados de este tratado, Alemania debía perder territorios en Europa, tales como Alsacia y Lorena (viejo anhelo francés tras su derrota ante Prusia en 1870), además de todas sus colonias en África, y se la obligaba a reducir su ejército a 100 000 efectivos, incluyendo solo contar con 4000 oficiales, además de no disponer de artillería pesada, de submarinos ni de aviación. A ello se sumó la fuerte indemnización que se obligaba a pagar a los países vencedores, monto total de 6600 millones de libras esterlinas, suma estratosférica e impagable (Lowe, 2012, pp. 66-68). Por esa razón los germanos —aunque firmaron el documento— protestaron por estas duras condiciones descritas, que en la práctica fueron imposibles de cumplir, lo que desencadenó un nuevo conflicto de mayores dimensiones: la Segunda Guerra Mundial.

      En este mismo documento se buscaba garantizar la paz mundial; por esa razón se creó la Sociedad de Naciones o Liga de las Naciones, primer intento por resolver los grandes conflictos en el siglo xx, y aunque, como veremos más adelante, no resolvió los problemas en las décadas siguientes, es el antecedente de un organismo de dimensiones mundiales y de mayor efecto. Nos referimos a la ONU.

      2 Periodo de entreguerras

      2.1 Occidente entre 1919 y 1939

      Los veinte años posteriores a la Primera Guerra Mundial comprendieron una serie de acontecimientos que transformaron no solo a Occidente, sino al resto del planeta. Se erige Estados Unidos como la primera potencia del mundo, teniendo un crecimiento económico marcado por un superávit a partir de 1919, y que tendrá una estrepitosa caída tan solo diez años después, con el crac del 29 y la posterior gran depresión:

      Las cotizaciones comenzaron a bajar, provocando un efecto en cadena que hizo incrementar todavía más el número de acciones a la venta. La desmesurada oferta comportó el desplome del valor de las acciones, lo cual provocó el llamado “jueves negro” (24 de octubre de 1929). Ese día, el pánico se apoderó de los inversores y 13 millones de títulos fueron puestos a la venta sin que encontrasen comprador (Aróstegui et al., 2015, p. 134).

      Por otro lado, la creación de la Liga de las Naciones (10 de enero de 1920) buscaba mantener la paz en Europa a través de la seguridad colectiva de sus miembros; con ello se quería fomentar la cooperación internacional para la resolución de problemas económicos y sociales (Lowe, 2012, pp. 80-81). Sin embargo, fue una organización que solo en el papel parecía efectiva pues, si bien fue parte del esfuerzo multinacional por crear la Organización Mundial del Trabajo (OIT), en la práctica no logró impedir un conflicto de niveles mundiales. Gran Bretaña y Francia la lideraban, pero la renuencia de los Estados Unidos le restaba poder para exigir a otras potencias que, entre otras cosas, no invadieran otros países o que se generen discrepancias que pongan en peligro la paz mundial.

      En paralelo, la propia Europa empezó su lenta reconstrucción y también los propios ladrillos para una próxima desgracia bélica. Y es que dentro de los países perdedores del conflicto se generaron graves crisis económicas, políticas y sociales que desencadenaron nuevas formaciones radicales, conocidas como Estados totalitarios; ello, principalmente en Italia y luego en Alemania. En la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), Joseph Stalin asumió el poder en el Partido Comunista Soviético, desarrollándose una dictadura sangrienta que logró convertir a este país-continente en una potencia industrial, donde las libertades se habían perdido en nombre de la ideología comunista bajo la pretensión de una igualdad social a cambio de sacrificar los derechos políticos y económicos de sus habitantes.

      2.2 Definición de totalitarismo

      Los derrotados en la Gran Guerra no solo tuvieron que afrontar un penoso tránsito que los devolviera a la normalidad en medio de los escombros y las nuevas disputas políticas de las ruinas de las monarquías y partidos que condujeron la conflagración. Tan solo una década después, la crisis económica producida por la Gran Depresión norteamericana generó una angustia que fue capaz de catalizar el descontento que abrió paso al establecimiento de regímenes dictatoriales que se aprovecharon de los débiles sistemas liberales parlamentarios y democráticos de sus países para construir aquello que se conoce hoy como Estados totalitarios. Esta configuración política, caracterizada por un sistema de poder centralizado en pos del control absoluto de la economía y la vida política local, no admitía ningún tipo de oposición al Gobierno y a los hombres que lo ejercen (Enciclopedia Universal, 2009, p. 15 043). Así, desde 1920, Hungría inició el establecimiento de dictaduras de este tipo; luego le siguió España, donde el general Primo de Rivera organizó un golpe de Estado en 1923; tres años después Polonia, Lituania y Portugal siguieron el mismo camino de ruptura democrática y, en los siguientes años, el modelo —que comenzaba a tener éxito en el campo económico y que exaltaba el orgullo nacionalista como cápsula frente al descontento social e individual anterior— continuó en diversos países europeos, como Austria (1933), Letonia y Estonia en 1934 (Aróstegui et al., 2015, p. 147).

      En el proceso relatado, la construcción ideológica basada en un nacionalismo radical y militarizado se volvió en un elemento trascendente para el sostenimiento de este tipo de regímenes. En Italia, donde el Partido Nacional Fascista (PNF) liderado por Benito Mussolini ingresó al poder, estableció un gobierno de ultraderecha en 1922. En esa misma línea, Alemania tuvo su propio fascismo, dirigido por el austriaco Adolf Hitler (1933), quien, a través del Partido Nacionalsocialista (Partido Nazi), construyó un gobierno aún más radical que el establecido en Italia.

      Para comprender cabalmente lo que es un Estado totalitario, se necesita conocer a la principal ideología que influyó (sin contar a la URSS) en los más importantes gobiernos dictatoriales que se generaron: el fascismo. Este cuerpo doctrinal de origen italiano fue “la suma de diversas tendencias como el nacionalismo, el sindicalismo, disidentes del socialismo e inmovilismo social de los grandes industriales siderúrgicos de la clase media y el desaliento de excombatientes” (Enciclopedia Universal, 2009, p. 5952). Todo eso generó un pesimismo generalizado que buscaba solucionar los problemas de sus naciones a través de la “mano dura” y de proclamas de dirigentes populistas. Así, podemos describir como principales características de esta corriente de pensamiento político las siguientes:


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