Cuerpo. María Eugenia Restrepo Ramírez

Cuerpo - María Eugenia Restrepo Ramírez


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categoría que incluye entes físicos o agenciamientos como el clima, las festividades, la familia o la ­sociedad. Estos cuerpos se conectan en el devenir de la vida con independencia de su naturaleza. En el panorama deleuziano, la naturaleza de los cuerpos incide en el resultado que ofrece el encuentro porque de ella depende la manera en que se afectan unos a otros (Deleuze, 2009). La vida brinda encuentros con corporeidades similares o disímiles, es decir, de distinta naturaleza. Y cada encuentro, con su manera de afectar lo que se es, se constituye como la vida misma diferente para cada uno.

      Cuando un cuerpo se encuentra con otro, igual que cuando se topan dos ideas, puede suceder que la relación que estos establecen se componga y formen un todo más poderoso, o bien que la relación entre ellos descomponga la cohesión de las partes de uno de los cuerpos (Deleuze, 2009). Esto se ofrece porque el contacto entre cuerpos produce una variación en la fuerza de existir, y Deleuze llama afección a este resultado, al efecto instantáneo de un cuerpo sobre otro. La afección tiene que ver con la variación del cuerpo y la idea que engloba esa variación, comprendida como la imagen de “cosa” asociada al efecto (Deleuze, 1975). Estas afecciones implican un aumento o disminución de la potencia de actuar, una transición de un modo de ser a otro a la cual Deleuze (2005) llama afecto. El modo durará hasta que un nuevo afecto varíe la potencia de actuar del cuerpo y permita que otro modo de ser se exprese. De allí que el afecto se caracterice por su duración. Y es de estos afectos que se habla cuando se hace referencia al devenir de la vida.

      El cuerpo del que se ocupa la ética relacional deberá entenderse entonces como un ente vivo, sumido en el devenir donde los afectos permiten e ­inhi­ben la expresión de su potencia en el flujo de intensidades que es la vida misma. Este cuerpo aglutina bajo una específica manera de relacionarse la infinidad de partes extensivas que se conectan en el devenir con otras, pertenezcan o no al mismo cuerpo; esta conectividad expresa su potencia de ser y hacer. Por ejemplo, en un mismo hombre pueden expresarse el ­modo de ser fuerte y disciplinado frente a faenas que así lo requieran y el modo de ser débil ante alguna conducta adictiva; a la vez, puede ser amoroso, fraterno y huraño. El hombre es todo al mismo tiempo, igual que varían en él simultáneamente la expresión de diferentes modos de ser. Aunque su potencia es siempre la misma, por instantes se muestra de una u otra ­manera porque el contacto de sus partes extensivas con las de otros cuerpos o las suyas lo impulsan a expresar su potencia según las circunstancias. Estas circunstancias son los afectos a los que lo avoca el devenir. Desde este ­punto de vista, será errado calificar a este hombre de huraño o débil porque al mismo tiempo es amoroso y fuerte: la expresión de esos modos de ser, la potencia de actuar amorosamente o de ser fuerte, fluye en el devenir de la vida donde los afectos los inhiben o estimulan como resultado de los contactos que establecen las partes extensivas.

      1 Agamben (2007) profundiza el análisis sobre el significado de la vida en Deleuze. Tomando como ejemplo la novela Our mutual friend de Charles Dickens, Deleuze separa la “chispa de vida” de los cuerpos mismos para mostrar una vida en inmanencia, es decir, una vida que no habita en un mundo o en otro, que no genera o quita la existencia, sino que habita entre un mundo y otro en un estado de suspensión en el que no es sujeto ni objeto.

      En la novela de Dickens, un villano condenado a muerte está en estado de coma. Todos se preocupan por salvar el hilo de vida que permanece en el villano, pero, a medida que se recupera, sus salvadores endurecen la posición frente a él y hacen evidente toda su grosería y maldad, como si la vida se separase del villano para ser un algo impersonal. Agamben observa que “el lugar de esta vida separable no está ni en este mundo ni en el otro, sino entre los dos, en una suerte de interludio feliz que ella parece abandonar solo de mala gana” (p. 501).

      El ejemplo le permite a Deleuze, según Agamben, hablar de una vida impersonal donde “el sujeto que la encarna en medio de las cosas la hacía buena o mala” (p. 502), y allí se encuentra el estudio de Agamben con la propuesta experiencial de Deleuze, puesto que en el sujeto que experimenta la vida entra en juego el pensamiento. Escuchar la vida jugará un papel crucial a la hora de hacer buena o mala la encarnación puntual de ella en un sujeto particular.

       Capítulo 2 Los géneros de conocimiento

      Las afecciones, aquellos efectos instantáneos de un cuerpo sobre otro en un encuentro, producen ideas que permiten conocer los cuerpos porque reflejan los efectos. Según Deleuze (2005), la manera de conocer una cosa se da través del efecto que producen otros cuerpos en ella, dado que ninguna cosa puede conocerse sin saber la causa que la hace ser en existencia o esencia. Así, pensar, en función de generar ideas, lleva a conocer. Y, en ese sentido, Deleuze (2005) propone tres géneros de conocimiento.

      En el primero de ellos, las partes extensivas están determinadas a chocar de manera continua. Chocan entre sí las partes que componen el cuerpo y, al mismo tiempo, chocan con las partes extensivas de otros cuerpos. Esa determinación causa afecciones pasivas, es decir, producidas por un cuerpo exterior. La afección es el resultado de un encuentro, el efecto que produce un cuerpo sobre otro gracias a que las partes extensivas de ambos chocan. Ese efecto implica un aumento o disminución en la potencia de actuar que dura un tiempo específico; por ejemplo, cuando no se logra ver con claridad las letras de un texto y se usan unos lentes, estos, como cuerpo exterior, provocan una afección pasiva que incrementa instantáneamente la potencia de actuar como vidente, de modo que se da un afecto pasivo que aumenta esta potencia de actuar; incremento que dura el tiempo que se usen los lentes. En resumen, las afecciones son el efecto instantáneo de un cuerpo sobre otro, mientras que el afecto es el aumento o disminución de la potencia de actuar y tiene una duración específica.

      En esta dinámica de las partes extensivas, los cuerpos constantemente componen y descomponen relaciones. La razón, entendida por Deleuze (1975) como potencia de comprender, selecciona y concatena las pasiones —los afectos que derivan de esas afecciones pasivas— que aumentan la potencia de actuar para asociarlas a la imagen de “cosa” que conviene en naturaleza con el individuo. Esta asociación representa las ideas generadas por esas afecciones pasivas que, según Deleuze, son percepciones confusas porque solo hablan de los efectos que producen otros cuerpos en el propio, sin que se entienda por qué se dan unos efectos y no otros. De estas ideas nacen otros afectos pasivos que, a su vez, originan otras ideas confusas. El resultado de lo que puede conocerse en estas condiciones se compone de ideas inadecuadas que remiten a los efectos de un cuerpo sobre otro sin que se sepan las causas.

      […] los devenires no son fenómenos de imitación ni de asimilación, son fenómenos de doble captura, de evolución no paralela, de bodas entre dos reinos […] Hay devenires animales del hombre que no consisten en hacer el perro o el gato, puesto que el animal y el hombre sólo llegan a encontrarse en el recorrido de una común desterritorialización, pero disimétrica. Ocurre como los pájaros de Mozart: hay un devenir pájaro en esa música, pero ligado a un devenir-música del pájaro, formando los dos un único devenir, un solo bloque, una evolución a-paralela; no un intercambio, sino una «confidencia sin interlocutor posible», como dice un comentador de Mozart —en resumen, una conversación—. (Deleuze y Parnet, 2004, p. 7)

      Los signos ofrecen un punto de vista para observar


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