El arte obra en el mundo. Doris Sommer
a través del dinamismo orgánico de programas que coordinan a ciudadanos activos con un liderazgo creativo y transparente.
Después de que se lograra romper el hielo con los programas de acupuntura artística, el ánimo en la ciudad de Bogotá cambió55. Los ciudadanos colaboraron voluntariamente con el gobierno para obtener buenos resultados. El éxito de esta forma de administración sorprendió a todo el mundo, incluso al alcalde. Hubo mejoras en: educación (con evaluaciones y propuestas artísticas); aplicación de la ley (tanto Mockus como otros funcionarios de la alcaldía dieron clases en la Academia de Policía); conservación del agua (hasta un 40% de reducción en el consumo continúa hasta hoy); transporte público (con el nuevo sistema Transmilenio); y reformas fiscales (transparencia y pago de impuestos voluntarios). La desesperanza resulta ser siempre una respuesta poco realista, ociosa, y que delata una falta de determinación y creatividad.
Cuando los admiradores de su trabajo le piden consejos para resolver problemas en otras ciudades, pero no se animan a jugar, Mockus les recomienda ser más creativos. Y cuando se limitan a copiar una intervención, como se hizo con los mimos en más de cien ciudades colombianas sin producir efectos medibles, les recomienda hacer análisis más profundos56. El mensaje de Mockus es que la cultura ciudadana no es una receta fija sino una forma de aproximación que combina lo lúdico con lo legal y toma en cuenta el análisis de las condiciones locales. En otras ciudades los programas deben adaptarse o reemplazarse por nuevos juegos57. El Transmilenio, por ejemplo, fue una adaptación del «sistema de autobuses de tránsito rápido de Curitiba, con sus características paradas (...) que fue adaptado para Seúl y Bogotá y ya lo desearían tener Los Ángeles y Detroit»58. Se trata de pensar de manera creativa y ser capaz de adaptarse. Cuando los críticos sostienen que Mockus tiene que estar equivocado porque piensa de manera contrafáctica, él se muestra de acuerdo, como buen jugador, y agrega que sin un pensamiento contrafáctico es literalmente imposible imaginar el cambio.
Entre los muchos juegos propuestos por Mockus, los mimos directores del tránsito siguen siendo especiales porque fueron los primeros. Representan la vanguardia de un gran repertorio de actividades colectivas lúdicas y didácticas. En cada intersección del centro urbano, los veinte artistas callejeros sin autoridad para detener a la gente o poner multas encantaban al público al burlarse de los peatones que cruzaban en lugares no autorizados. La efectividad de las pantomimas impulsó al alcalde y a su personal a seguir jugando. Durante los diez años transcurridos entre el comienzo de su primera administración hasta el final de la segunda, las muertes por accidentes de tránsito en la ciudad bajaron de 1.300 a 600 por año. Después de los primeros éxitos, los mimos empezaron a multiplicarse. Durante dos semanas cada mimo entrenaba a veinte artistas no profesionales, a los que se fueron incorporando gradualmente desde mendigos hasta oficiales de policía, llegando a reclutarse 400 mimos. En poco tiempo la cuadrícula urbana se convirtió en un inmenso escenario en el que día a día se hacía teatro bufo con los infractores que se comían la luz roja o no respetaban los pasos de cebra. El espectáculo creó un público donde antes había sujetos aislados, discretos y defensivos que por años habían evitado entrar en contacto los unos con los otros. Como sostiene la teoría del performance, un público se forma como respuesta a un espectáculo. No se trata de un cuerpo preestablecido que tiene el propósito previo de ver un show59. Incluso un público que se forma en momentos previos a la representación se sostiene en las reseñas y la publicidad que sirven de incentivo para su formación.
En Bogotá, los mimos reconstruyeron la res publica en una esfera abierta, capaz de valorar el simple cumplimiento de la ley. Ahora los bogotanos se reunían en público para obedecer la ley por gusto, conviertiéndose en ciudadanos partícipes. Los ciudadanos activos no son espectadores en el sentido convencional y pasivo, ni son observadores desinteresados (Weltbetrachters, como los llamaba Kant)60. Son «espect-actores» tanto los peatones que atraviesan las calles como la multitud que se ríe y los que aprenden a usar los pasos de peatones. El neologismo acuñado por Boal deconstruye la diferencia entre los que actúan y los que son objeto de una acción.
La idea de reemplazar la policía de tránsito por mimos no se le ocurrió de inmediato al alcalde Mockus. De hecho, pasó el primer mes de su administración paralizado políticamente y preocupado, igual que todo el mundo, sobre qué hacer con una ciudad tan vulnerada por el crimen, donde la ley aplastada y olvidada quedaba muerta. Los electores se habían arriesgado a votar por ese extraño alcalde, que era un distinguido profesor de filosofía y matemáticas, y recientemente había ejercido el cargo de rector de la Universidad Nacional, aun cuando no tenía los antecedentes ni la experiencia de un político61. Sabemos que históricamente los académicos no han sido ajenos a la política en Colombia, donde hubo un presidente filólogo en el siglo XIX, cuando se estaba consolidando el Estado-nación62. Y los electores sabían que Mockus tenía cierta experiencia administrativa. Pero el alcalde no respondía al molde claramente conservador del siglo XIX. Según me contó, Mockus eligió estudiar y enseñar matemáticas en vez de humanidades porque las matemáticas no dependen de profundas raíces filológicas adquiridas a lo largo de toda una vida de privilegios. Es una disciplina que ofrece a todos iguales oportunidades. Ni la tradición de políticos académicos ni los antecedentes administrativos de Mockus como rector podían haber servido para predecir su triunfo en las elecciones. Y ahora, en el primer mes de su mandato, los ciudadanos se preguntaban si no habían cometido otro error, lo que se agregaba a la conclusión cada vez más generalizada de que quedarse viviendo en Bogotá era el principal error y no una opción viable.
Cualquier bogotano sabe cómo perdió Mockus su cargo de rector universitario y eso significa que todos saben que de él pueden esperar cualquier cosa y que, en su caso, el riesgo y la calamidad andan peligrosamente juntos. Antes del famoso incidente de 1993, Mockus se las había arreglado durante tres años para estimular conversaciones e incluso lograr acuerdos en el volátil clima político de la Universidad Nacional. Uno podría preguntarse, por ejemplo, cómo fue capaz de superar el rechazo de las autoridades para conversar con los estudiantes encapuchados que se negaban a mostrarles la cara. Simplemente invitó a los dos grupos al mismo salón y les dijo a los estudiantes que se sentaran de espaldas a las autoridades, de manera que pudieran hablarles libremente de cara a la pared. Mockus desarrolló juegos para que los jugadores demasiado recalcitrantes para participar con contrincantes se sentaran a conversar de manera normal. Uno de esos juegos consistía en amarrar los extremos de una cuerda a las muñecas de un jugador y luego pasar otra cuerda por la primera ya amarrada y atar los extremos a las muñecas de otro jugador. El reto de liberarse sin cortar los nudos hacía que los antagonistas estuvieran tanto tiempo en contacto físico directo debatiendo sobre las estrategias para soltarse, que la necesidad de colaboración terminaba superando los antagonismos.
El fatídico acontecimiento tuvo lugar cuando Mockus intentaba pronunciar su discurso en la ceremonia inaugural de la nueva Facultad de Artes. Una multitud de estudiantes hostiles ya había logrado silenciar al decano. Sin embargo, el rector no estaba dispuesto a permanecer callado. Aunque los estudiantes se mostraban extremadamente rebeldes y gritaban para impedir que fuera escuchado, Mockus contaba con su particular talento para cautivar al público e instalar un clima de civismo. El rector recurrió a distintas estrategias para apaciguar el ambiente, pero todos sus intentos fracasaron. Entonces, en un gesto impredecible, el futuro alcalde se volvió de espaldas al público, se bajó los pantalones y le mostró el trasero a la bulliciosa multitud. Los estudiantes se quedaron estupefactos. Satisfecho con la victoria, el rector volvió a adoptar una actitud decorosa y finalizó su discurso ante una silenciosa audiencia. Para Mockus, la conmoción vendría más tarde. Al día siguiente, el trasero del rector apareció en todos los noticieros de la noche. Uno de los estudiantes lo había grabado con una cámara de video. De golpe, Mockus se convirtió en un personaje bochornosamente conocido por todos los sectores de la sociedad colombiana y en alguien inapropiado para ser rector de la Universidad Nacional. Reconocido por su anterior trabajo y en busca de una nueva ocupación, Mockus hizo campaña para convertirse en el alcalde de una ciudad desesperada, dispuesta a correr el riesgo de apostar por un candidato poco convencional.
El primer mes en el que Mockus estuvo al frente de la alcaldía transcurrió sin grandes novedades, por lo que los ciudadanos se sintieron decepcionados. El nuevo alcalde decidió comenzar su gestión haciendo frente a la elevada tasa de accidentes mortales de tráfico, para así