Adoles(seres). Guillermo López
le da su status al inconsciente (…) Pero cuando incito a los psicoanalistas a no ignorar este terreno que les brinda un apoyo sólido para su elaboración ¿significa esto que pienso tener así los conceptos introducidos históricamente bajo el término de inconsciente? Pues no! no lo pienso. El inconsciente, concepto freudiano es otra cosa, que hoy quisiera hacerles ver”. (24)
Lacan opone ley y causa, introduciendo una discontinuidad entre la causa y sus efectos, insistiendo en prestarle más atención a la causa, que a la dimensión simbólica del inconsciente: “La causa se distingue de lo que hay de determinante en una cadena o, dicho de otra manera, de la ley”; y agrega: “en ese punto intento hacerles atinar por aproximación donde se sitúa el inconsciente freudiano, en ese punto donde, entre la causa y lo que ella afecta, esta siempre lo que cojea”. (25)
Lacan nos remite allí a la etiología de la neurosis freudiana, y en un esfuerzo de poesía nos dice que la neurosis se vuelve cicatriz de la ranura o la herida del inconsciente. Lacan alude a lo real, interrogándose: “¿Qué se encuentra en el hueco, en la ranura, en la hiancia característica de la causa? Algo que pertenece al orden de lo no realizado (…) en un registro que nada tiene de irreal o de-real, pero sí de no realizado”. (26)
Lacan está reestructurando su modo de conceptualizar el inconsciente, de hablar y localizar en un momento dado de su enseñanza a un sujeto evanescente, que es respuesta de la estructura. En tanto es lo que representa a un significante para otro significante, intenta encontrar un punto de anclaje o de certeza para ese sujeto, que lo fije. De un sujeto indeterminado que puede transformarse dialécticamente de un modo metonímico e interminable, Lacan busca un punto de basta, de determinación.
Ahora bien del mismo modo que Lacan reestructura los fundamentos del concepto de inconsciente, procede también así con el concepto de repetición, tomando lo real que se formaliza en la experiencia analítica para cuestionarlo. Hasta el momento piensa a la repetición como insistencia de la cadena significante, y reemplaza el término freudiano de compulsión por el de automatismo. Su forma de concebir la repetición hasta ese momento era congruente con como pensaba el inconsciente, la estructura del inconsciente es idéntica a la estructura del lenguaje. El costo que pagó por ello, es dejar afuera la dimensión de la pulsión, y en el plano de la repetición, la compulsión a la repetición.
En la experiencia analítica además de la insistencia significante que se pone en juego vía la asociación libre se producen detenciones en el discurrir discursivo, tal como señalaba Freud lo que no se recuerda en la cura, se actúa, se repite en el seno de la transferencia. Para poder abordar esta dimensión real de la repetición, Lacan crea una distinción entre
automatón –allí conservará el modo en el que hasta ese momento pensaba la eterna repetición de los signos– y hablará de la tyché, como la forma en que lo real se palpa como encuentro, como mal encuentro repetitivo. Dice Lacan: “La función de la tyché de lo real como encuentro –el encuentro en tanto (…) que es esencialmente fallido– se presentó en la historia del psicoanálisis bajo una forma que ya basta por sí sola para despertar la atención –la del trauma”. (27)
Es con esta renovación del concepto de repetición que Lacan va a afirmar abiertamente que la experiencia analítica está orientada hacia lo real. Señalando que el psicoanálisis por más que lo intente no puede ser un idealismo, no puede reducirse a ideas o representaciones para dar cuenta de todo lo que sucede en la experiencia. Compara entonces al idealismo con el sueño, transmitiendo que la experiencia del psicoanálisis no puede remitirse al aforismo: la vida es sueño. Lo dice así: “Basta remitirse al trazado de esta experiencia desde sus primeros pasos para ver, al contrario, que no permite para nada conformarse con un aforismo como la vida es sueño. El análisis, más que ninguna praxis, está orientado hacia lo que, en la experiencia, es el hueso de lo real”. (28)
¿Pero qué lo orienta a Lacan hacia lo real? ¿Dónde se sostiene para renovar los fundamentos del psicoanálisis a la luz de lo real? Hay un significante que se pone en juego, a lo largo de estos capítulos y es el de certeza. Este término lo ubica en Freud, en “La interpretación de los sueños”. Dice Freud:
“Y cuando a un elemento desdibujado del contenido onírico se le agrega encima la duda, podemos nosotros, reconocerlo como un retoño más directo de uno de los pensamientos oníricos proscriptos (…) por eso en el análisis de un sueño exijo que se abandone toda la escala de apreciaciones de la certidumbre, y a la más leve posibilidad de que haya ocurrido el sueño de tal o cual suerte la trato como una certeza plena”. (29)
Lacan ubica que en este proceder Freud es cartesiano, se sostiene en la duda, como colofón de una certeza. Allí donde el sujeto duda, piensa. Allí donde Descartes, arma su cogito, es decir crea un sujeto capaz de pensar y conocer el mundo con su pensamiento, fundando la ciencia. Freud encuentra la certeza de un pensar con un estatuto diferente, el pensar inconsciente.
Lacan en su orientación a lo real, sigue la huella freudiana, y cartesiana. Freud se dirige al sujeto para decirle algo que es nuevo: “Aquí, en el campo del sueño, estás en casa. Wo es war, soll ich werden”. (30) En todos estos capítulos Lacan sigue el recorrido de la búsqueda de certeza de Freud remitiéndose a los sueños pero también al despertar. Toma el sueño en que Freud sustenta la teoría del sueño como realización de deseos, “el sueño de padre no ves que ardo”. Y se interroga como puede ser que Freud sustente su teoría del sueño como realización de deseos en un sueño que despierta, es decir que no termina de realizarse, manteniendo al sujeto dormido. Lacan tomando este sueño, pone en juego el despertar como un modo de presentificación de la certeza de lo real. En un sueño que no se realiza, algo de lo no nacido o no realizado se manifiesta: lo real. Lacan se interroga en relación a ese sueño paradigmático: “¿Qué despierta? ¿No es, acaso, en el sueño, otra realidad?”. (31) Y continúa: “¿Dónde está, en este sueño, la realidad? -si no es que se repite algo, en suma más fatal con ayuda de la realidad (…)”. Y concluye: “en ese mundo sumido en el sueño, solo una voz se hizo oír: Padre, ¿acaso no ves que ardo? La frase misma es una tea –por sí sola prende fuego a lo que toca, y no vemos lo que quema, porque la llama nos encandila ante el hecho de que el fuego alcanza lo Unterlegt, lo Untertragen, lo real”. (32)
Freud le señala el camino de un sujeto pensante que por haber sido atravesado por el lenguaje sufre una pérdida, una mortificación que lo divide. Es por ello que el pensamiento y el ser son incompatibles. ¿Pero dónde se resarce el sujeto de esa pérdida de ser? Lacan nos enseña que es a través del goce pulsional, haciéndose objeto de goce del deseo del Otro, reencuentra algo del ser que perdió.
Es en este sentido que Lacan se opone a la sutura del inconsciente de la que acusa a los psicoanalistas postfreudianos, por esta sutura un análisis se transforma en un desplazamiento incesante e inacabable del significante. Si precisamente se puede hablar de un final de análisis para Lacan, es pensar en el inconsciente no como sutura sino como abertura a lo real, es decir al límite que el sujeto no podrá rebasar.
Lacan en este seminario hará una reformulación de la alteridad del sujeto, que ya no se será la del Otro del lenguaje, sino el objeto a en tanto alter.
Entonces si un análisis se dirige al núcleo del ser y transforma al sujeto moviendo las amarras del ser, se tiene que dirigir necesariamente a algo que esta fuera del sujeto. Mover las amarras del ser implica mover la dimensión por la cual el sujeto se articula al objeto y constituye toda su realidad. La realidad de un sujeto no es más, que su fantasma fundamental.
El despertar al cual va a referirse Lacan es el despertar a lo real, ya no importa si el sujeto está dormido o no en relación con el reposo. Por eso el análisis puede producir esta dimensión del despertar del sujeto a lo real que lo preside. Le permite organizarse como sujeto desde el lugar de la causa, desde la dimensión de su goce, desde su propio goce que encuentra por la vía de la pulsión cuando pueda atravesar la dimensión del fantasma que le limita el acceso a lo real.
3. La pubertad como despertar a lo real
Llegados a este punto podríamos preguntarnos ¿qué tiene de específico todo este recorrido por lo real