Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
a subir y bajar de nuevo. ¿Quién contará las cuestas y las pendientes que hay que franquear para ir de Hebrón a Nazaret, por el camino que une las dos ciudades, y lo mismo de Nazaret a Tiberíades, de Tiberíades a Safed, o de Tiberíades a Banias y todavía más al Norte? El lenguaje expresivo y siempre exacto de los evangelistas está perfectamente ajustado a esta realidad, que a cada paso se renueva. Así hablan de «subir» a Jerusalén, de «bajar» de Caná a Cafarnaún, de «descender» de Jerusalén a Jericó, etc. Ya hemos dicho que nunca se les coge en falta: tan perfectamente conocen el país que describen.
La diversidad de que hablamos ha sido verdaderamente providencial. Como la Biblia y el Evangelio están destinados para todo el mundo, convenía que su cuadro geográfico estuviese al alcance de los habitantes de todos los países. Ahora bien: ningún país de la tierra era tan a propósito para proporcionar ilustraciones a libros que debían ser leídos y comprendidos lo mismo por las gentes del Norte que por las del Sur, y enseñar la verdad tanto a los habitantes de los trópicos como a los de las regiones polares.
A pesar de tanta variedad, los paisajes de Tierra Santa son, por lo común, poco apreciables en punto a bellezas naturales. El aspecto exterior del país no tiene nada de romántico, nada que halague a la vista. Si impresiona a la imaginación es más bien por los grandes recuerdos que evoca, y especialmente por los de la vida de Cristo. La monotonía es su carácter habitual. El color gris de las rocas que casi por todas partes emergen del suelo, la falta de árboles, la ausencia de verdor durante parte considerable del año, los lechos secos y pedregosos de los torrentes invernales, las formas por lo común semejantes de las cumbres redondas y desnudas son ciertamente poco a propósito para deleitar cuando se los contempla durante largas horas. Pero, lo repetimos, es el país de Cristo, y este pensamiento, que nos embarga el espíritu y el corazón, pone colores de rosa, azul, verde y oro en muchos de estos lugares. Sorprenden también los cambios súbitos: este valle se encancha, aquella montaña se aparta y desvía de las demás, tomando cierta forma extraña, y esto produce grata impresión; por ejemplo: cuando al venir de Nazaret por Caná se divisa Tiberíades y su maravilloso lago al fondo de la graciosa concha que los encierra; en Naplusa, al pie del Garizim y del Ebal; sobre la cima del Carmelo, en Haifa, en el país de Hermón, sobre el monte de los Olivos, en Jericó. Y sería mucho más hermosa la Palestina cuando estaba mejor poblada y cultivada con inteligencia[18].
Pero dejemos ya este lado estético de Tierra Santa, al que los Evangelios en ninguna parte hacen alusión. Digamos tan sólo que el alma divinamente delicada del Salvador sintió hacia las bellezas de la naturaleza un atractivo que se percibe aún en las narraciones evangélicas que nos cuentan su vida.
Terminaremos este cuadro recordando la posición central que ocupaba Palestina en el mundo antiguo. «Yo he colocado a Jerusalén en medio de las naciones y de las comarcas que están alrededor de ella», dijo el Señor por boca del profeta Ezequiel[19]. Esta situación tenía importancia especial, puesto que de esta tierra bendita y privilegiada, de este centro de la verdadera religión, debía partir la buena nueva del Evangelio en todas direcciones.
II. CONDICIONES CLIMATOLÓGICAS DE PALESTINA; SUS PRODUCTOS
Hallamos en el país de Cristo muy grandes diferencias de clima y de temperatura, según se trate de las riberas del Mediterráneo o de la arista central y de la meseta oriental, del valle del Jordán o de las cumbres alpestres. Mientras el clima del Ghor es a veces tropical, el de la meseta central es generalmente templado; el de la llanura marítima es aún más suave. En la cima del Hermón el clima es del Norte.
En conjunto las condiciones climatológicas de Tierra Santa son de tal naturaleza, que hoy, como desde tiempo inmemorial, una parte considerable de la vida de los habitantes se pasa al aire libre, excepto, naturalmente, los días fríos y lluviosos. En efecto, en el país de Cristo no existen, propiamente hablando, más que dos estaciones harto diferentes: la de las lluvias y la de la sequía. Y he aquí por qué en el Salmo el poeta sagrado, dirigiéndose a Dios creador, le dice:
«Tú que hiciste los términos de la tierra;
El estío y el invierno, tú los formaste»[20].
En términos generales, los equinoccios de primavera y de otoño son los límites de las dos estaciones. El período de sequía se extiende ordinariamente de abril a octubre; el de lluvias, de noviembre a marzo. Los meses más lluviosos suelen ser los de enero y febrero. Como en los tiempos del profeta Elías[21], en Palestina las lluvias más copiosas son casi invariablemente las producidas por los vientos del Oeste. Pero, en cambio, el calor agobiante que en ciertos días se siente es debido al khamsín o viento del Sur. Por estos dos motivos decía Jesús en otro tiempo a las turbas, como cuenta San Lucas[22]: «cuando veis levantarse una nube al Poniente, luego decís: aguacero viene, y así sucede; y cuando veis soplar el viento del Mediodía, decís: habrá bochorno, y se cumple». Los vientos del Mediodía y los del Este han pasado por el desierto; por eso son cálidos y secos. Los del Oeste han atravesado el Mediterráneo y por eso llegan saturados de humedad.
Los grandes fríos de nuestras regiones son casi desconocidos en Tierra Santa. Si la nieve y la helada aparecen allí casi todos los años, de ordinario también desaparecen en pocas horas. El calor de los meses de junio, julio y agosto es más tolerable por la brisa de la tarde y el rocío de la mañana, mencionados uno y otro en el Cantar de los Cantares[23]. La temperatura media del país es de 11o, 8o y 9o en diciembre, enero y febrero; de 12o-16o en marzo y abril; de 21o-25o, progresivamente, de mayo a agosto; de 25o-16o, sucesivamente, de agosto a noviembre. El clima es generalmente sano, excepto en algunas regiones pantanosas y, en la época de los grandes calores, en el tórrido valle del Jordán.
Naturalmente, la vegetación varía también mucho en Palestina, según los diferentes distritos. Debió de ser maravillosa en tiempos antiguos, cuando el país de Canaán se caracterizaba como un «país que mana leche y miel». Pero esta locución proverbial[24] es hoy mucho menos exacta que en tiempo de Moisés, de los jueces de Israel y de Cristo, pues han desaparecido en gran parte las condiciones de fertilidad del suelo. Sin haber sido nunca un país sumamente poblado de árboles durante los períodos que corresponden a la historia de los hebreos y a la del Salvador, Tierra Santa poseía en otro tiempo cierta extensión de bosques[25], gracias a los cuales se mantenía la humedad del suelo y la fertilidad de las montañas. Desgraciadamente, aparte de algunas excepciones, que se refieren sobre todo al Carmelo, Galaad y a algunos lugares de Galilea, los bosques fueron destruidos hace ya mucho tiempo. Además se ha descuidado la conservación de las terrazas artificiales, que en muchos lugares sostenían la tierra vegetal en el declive de las pendientes, y las violentas lluvias de invierno han arrastrado aquélla, dejando al descubierto las rocas en sitios donde se hubiera podido cultivar la vid y el trigo. El régimen turco, que con sus impuestos onerosos y sus depredaciones retraía de los trabajos agrícolas, ha contribuido notablemente a disminuir la fertilidad del país. La indolencia árabe ha destruido lo demás, sin contar también que muchas fuentes que refrescaban y fecundaban sus alrededores se han secado poco a poco. Los judíos hoy han devuelto su esplendor y fertilidad a muchas regiones y hasta pretenden convertir en oasis el desierto sur del Negueb.
Esto no obstante, aun quedan en Palestina algunas regiones que, por sus productos agrícolas y por su exuberante vegetación, recuerdan los hermosos tiempos de antaño. En su parte meridional, entre Gaza y Jaffa, la llanura marítima es aún en primavera inmenso campo de trigo. La llanura de Sarón, célebre en otros tiempos por sus pastos, el valle de Siquem, la meseta de Basán, los campos de Esdrelón, los alrededores de Banias al pie del Hermón, los huertos que rodean a Jericó, algunos distritos galileos, son ricos en productos agrícolas de varias clases. En conjunto, el suelo de Palestina es excelente para el cultivo, y dondequiera que se le trabaje con buenos métodos, pronto se recibe recompensa. Los campos de trigo alternan con los campos de cebada, de lentejas, de sésamo, de habas, de maíz, de lino, de calabazas y de cohombros, y su rendimiento habitual es satisfactorio. Existen también en la Palestina moderna, como en otro tiempo, huertas, que proporcionan a sus propietarios, además de sana alimentación, ganancias estimables cuando llevan sus hortalizas a los mercados de las aldeas y de las ciudades vecinas. Los judíos han poblado de naranjas las partes más llanas.
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