Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
target="_blank" rel="nofollow" href="#ulink_a658ecfb-8eb4-5b27-b0a7-9d2cbeec3a2d">[56] Cfr. Mt 16, 13-20.
[57] La palabra griega de donde procede su nombre, πέραν (péran) tiene precisamente el sentido de «al otro lado». Cfr. Jos 1, 12-15, etc.
[58] Bell. jud., 3, 3, 3.
[59] JOSEFO, Ant., 18, 3, 2.
[60] Cfr. Jos 17, 11; Jdt 1, 27, etc.
[61] Lc 3, 1.
[62] El nombre árabe de Jerusalén es precisamente El-Qods (la Santa).
[63] En dos ocasiones, tanto en Lc 5, 17, como en Act 10, 39, San Lucas habla en sentido análogo, mencionando seguramente a Jerusalén y la Judea.
[64] Tal de Jer., Sanhedrin, 6, 11
[65] Sal 86, 2-3.
[66] Cfr. Sal 136; Is 2, 2-3; 60, 1-22.
[67] Act 2, 5.
[68] Hist. nat., 5, 14.
[69] Sal 124, 2.
[70] Is 2, 2.
[71] Actualmente cuatro grandes calles, dos en sentido de su longitud, yendo de Norte a Sur, y dos en el de su anchura, yendo de Este a Oeste, dibujan en el área de la ciudad una especie de tablero de damas, con las casillas relativamente regulares al Occidente, no tan simétricas al centro. Terminan en las cuatro puertas mencionadas arriba. * La población actual de la Ciudad Santa alcanza algo más de los 300.000 habitantes. La mayoría son judíos.
CAPÍTULO II
EL PUEBLO DE JESÚS
La nación de la que Jesús se dignó hacerse miembro por su encarnación era ciertamente pequeña en lo exterior, como el territorio sobre el que Dios la había instalado. Y con todo, era una raza distinguida, a la que el Señor había otorgado durante largos siglos magníficos privilegios, precisamente con miras a la íntima unión que había de existir entre ella y el Mesías. San Pablo resumió en hermosísimo lenguaje estas prerrogativas de que justamente se enorgullecía él, «Hebreo, hijo de Hebreo», «Mis hermanos —decía[1]— los israelitas, a quienes pertenecen la adopción de hijos, y la gloria, y la alianza, y la ley, y el culto y las promesas; ellos cuyos padres son los patriarcas de quienes desciende, según la carne, el Cristo, que está sobre todas las cosas, Dios, bendecido por todos los siglos.»
No era posible trazar en tan pocas líneas cuadro más glorioso ni más verídico. Dios había adoptado a los israelitas como pueblo que le pertenecía en entera propiedad, y les había dispensado un trato paternal. Por esta razón les había cubierto de gloria, de una gloria singular en los fastos del mundo antiguo. En el Sinaí concluyó con ellos una alianza especial y les dio leyes admirables destinadas a hacer de ellos una nación santa. Igualmente ellos solos recibieron de Él un culto superior por su excelencia, que contrastaba en modo maravilloso con las prácticas idolátricas, inmorales casi siempre, de los otros pueblos. Y ¡cuán espléndido porvenir les prometieron muchos profetas, con oráculos reiterados, anunciando la venida del Mesías y la efusión de inefables gracias vinculadas a este acontecimiento! Los patriarcas, representados por los nombres ilustres de Abraham, Isaac, Jacob y sus inmediatos descendientes, fueron el principio bendito de donde procedía el pueblo judío. En fin, para concluir, afirma el apóstol que la prerrogativa mencionada en último lugar es la más honrosa y la de más precio de todas: de Israel había de nacer, según la carne, según la naturaleza humana, el Cristo, que posee al mismo tiempo la naturaleza divina en toda su plenitud.
¿Cómo era posible, pues, en la época de Jesús este pueblo privilegiado? ¿En qué condiciones políticas, sociales y religiosas se hallaba? Bajo este triple aspecto nos ofrecen los cuatro evangelistas pormenores abundantes, confirmados por los documentos profanos. Bueno será explanarlos aquí, para no entorpecer después el orden de la narración.
I. ESTADO POLÍTICO DE PALESTINA EN TIEMPO DE NUESTRO SEÑOR
En el punto en que comienza la historia evangélica, la nación israelita había perdido mucho de su antigua grandeza. Sin embargo, durante cierto período, formó todavía un estado, bastante floreciente en apariencia, bajo el cetro de Herodes el Grande y de sus hijos.
Pero volvamos un poco atrás, a fin de comprender mejor el encadenamiento de circunstancias por las que este triste personaje, hijo de padre idumeo y de madre árabe, había llegado a sentarse en el trono de David, de Salomón y de Ezequías. La valerosa resistencia de los macabeos a la odiosa y cruel persecución de Antíoco Epífanes dio por resultado para la nación judía una noble independencia (161 antes de Jesucristo) que les permitió concluir tratados de alianza con Roma y Esparta, y para aquellos héroes su instalación a la cabeza de su pueblo, primero como príncipes regentes y sumos sacerdotes, después como reyes-pontífices. Era la primera vez que, desde los días de la cautividad de Babilonia, gozaban los judíos de verdadera libertad.
Aquel feliz período, inaugurado por Judas Macabeo, se prolongó con vicisitudes varias y con turbulencias inherentes a todas las administraciones humanas hasta la muerte de la reina Alejandra Salomé. Fueron causa de dichas turbulencias, por un lado, las guerras casi continuas, aunque a menudo afortunadas; por otro lado, las luchas intestinas a que se entregaron las dos principales sectas de saduceos y fariseos. Estos dos partidos se disputaban, con detrimento de la paz pública, la influencia cerca de los príncipes reinantes, urdiendo sin cesar intrigas para recuperar el poder cuando los contrarios habían logrado separarlos de él.
La reina Alejandra dejó dos hijos, Hircano II y Aristóbulo II. La corona recaía legalmente en el mayor, Hircano, príncipe de carácter pacífico, pero débil, al cual se adhirieron los fariseos. Su hermano Aristóbulo, fogoso y enérgico, llegó a apoderarse de la dignidad real, sostenido por los saduceos. Entonces comparece en escena el idumeo Antípater, hijo de un hombre rico e influyente, llamado también Antípater o Antipas, que, bajo el reinado de Alejandro Janeo, había ejercido las funciones de gobernador de Idumea. Él fue en realidad quien, movido de ambición desmedida, a la que favorecía un ingenio muy hábil y flexible, fundó la dinastía de los Herodes. Gobernador de Idumea después de su padre, comprendió, a la muerte de Alejandra, que todas sus probabilidades de feliz éxito estaban en tomar el partido de Hircano II, en defender enérgicamente a este príncipe, en captarse sus simpatías y conseguir así administrar el país en su nombre. Atrajo a la causa de Hircano al rey de los árabes Nabateos de Petra, y se disponía a marchar a Jerusalén con un gran ejército para derrotar a Aristóbulo, cuando supo que Pompeyo acababa de llegar a Siria después de vencer a Mitridates (66 antes de Jesucristo). Cada uno de los dos partidos rivales imploró el apoyo del general romano, que se aproximó a Jerusalén con sus tropas. Los partidarios de Hircano le abrieron las puertas de la ciudad; pero Aristóbulo, decidido a luchar hasta el fin, se refugió con sus partidarios en la fortaleza del Templo y sostuvo un asedio de varios meses. Victorioso finalmente Pompeyo (65 antes de J. C.), tuvo el capricho de penetrar en el Santo de los Santos, donde, según se dice, recibió muy honda impresión al no