Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
del Salvador.
En primer lugar fijaremos la vista en la construcción de la familia. En todas las épocas de su larga historia fue honrada la vida familiar entre los judíos, por su espíritu de pureza y de sincera unión. Israel daba en este punto un hermoso ejemplo a los pueblos circunvecinos. En gran parte se debía esto a su superioridad religiosa. Mucho antes del nacimiento de Jesús cantaba el autor del Salmo CXXVII los encantos de esta vida en términos llenos de gracia:
¡Bienaventurados todos los que temen al Señor,
Los que andan en sus caminos!
Porque te alimentas del trabajo de tus manos,
Bienaventurado eres, y colmado de bienes.
Tu mujer es como vid fecunda
En el interior de tu casa.
Tus hijos son como renuevos de olivo
Alrededor de tu mesa.
He aquí que así será bendito
El hombre que teme al Señor.
En tiempo de Jesús era una realidad este piadoso y encantador ideal en numerosas familias de Palestina.
La familia tiene por base el matrimonio, considerado entre los pueblos antiguos como un acontecimiento grave y alegre al mismo tiempo. Nuestro Señor alude con bastante frecuencia a las costumbres matrimoniales de sus compatriotas. Estas costumbres persisten todavía en casi toda Palestina, aun entre los católicos y los griegos ortodoxos. Uno de estos usos, muy diferente de nuestros hábitos europeos, pero acreditado en todo el Oriente bíblico, nos lo revela la significativa fórmula In resurrectione... neque nubent, neque nubentur[17], que no puede traducirse bien si no es por medio de una perífrasis: «En la resurrección... ni casan (los hombres), ni (las mujeres) serán casadas.» Esta locución denota claramente el papel completamente pasivo de la mujer judía en esta grave circunstancia. No tenía derecho a elegir marido, como tampoco ahora lo tienen las mujeres árabes. La elección era asunto de su padre. Por lo demás, no sólo no recibía ella dote alguna, sino que tampoco era concedida su mano como no fuese a cambio de cierta suma previamente estipulada, mayor o menor, según lo consintiesen las fortunas. Por tanto, la mujer era en cierto modo comprada; lo cual la ponía necesariamente en situación de inferioridad. Los esponsales, que tenían fuerza de ley, precedían al matrimonio y duraban con frecuencia un año entero.
Las bodas se celebraban con ceremonias y festejos que la Biblia describe en varias ocasiones. El Evangelio menciona «al amigo del esposo»[18], cuyo oficio era parecido al del graçon d’honneur en Francia. Después de haber servido de lazo de unión entre los futuros esposos durante los esponsales, le correspondía disponer la fiesta de las bodas, cuyo rito más interesante tan bien bosquejado está en la parábola de las diez vírgenes. Consistía en una procesión solemne y ruidosa que tenía lugar en las primeras horas de la noche, a la luz de antorchas y lámparas, para conducir a la desposada, ataviada elegantemente[19], a la casa de su marido. Las fiestas nupciales se prolongaban por varios días, con suntuosos festines, según la condición de los recién casados. Naturalmente eran invitados los parientes y amigos, los cuales asistían a la fiesta vestidos con sus mejores trajes.
Aunque la poligamia estuviese todavía autorizada entre los judíos, felizmente era un caso excepcional. No así el divorcio, que daba ocasión a enormes abusos, hasta el punto de que los discípulos del célebre rabino Hillel, famoso por su laxismo, lo consideraban lícito por «cualquier causa»[20]; por ejemplo, so pretexto de un manjar mal aderezado por la desventurada esposa; y, lo que es más vergonzoso, hasta porque el marido hubiese visto una mujer más bella. El Divino Maestro suprimió para siempre la concesión del divorcio hecha por Moisés a «la dureza de los corazones».
Los hijos, sobre todo los varones, eran ardientemente deseados en el matrimonio hebreo, y mientras que, según el justo sentir de los antiguos judíos[21], las familias con muchos hijos se consideraban como particularmente bendecidas del cielo, la esterilidad de la esposa, como en tiempo de Ana, era tenida por una especie de oprobio en la estimación común[22]. Algunas parábolas del Salvador enseñan el amor mutuo que debe reinar en la familia, especialmente entre padres e hijos.
Más tarde expondremos cuánto amaba Jesús a los pequeñuelos, a los que se concede bastante espacio en los Evangelios, y a quienes citó en varias ocasiones como modelos del espíritu cristiano. Sin embargo, no hacen alusión especial a la educación que en aquellos tiempos recibían los niños. Los informes que respecto a este punto tenemos proceden de Filón, de Josefo y de los rabinos, por los cuales sabemos que era muy esmerada en lo que a la religión atañe, sin descuidar la cultura intelectual. «Los judíos —escribía Filón[23]— consideran sus leyes como revelaciones divinas. Por esto desde la más tierna edad se les enseña a conocerlas, de donde proviene que traen grabada en su alma la imagen de la ley... Al abandonar, por decirlo así, los pañales, sus padres y maestros... les enseñan a creer en Dios, único Padre y Creador del mundo»[24]. Parecido lenguaje usa Josefo, afirmando que todo niño judío recibía esta instrucción religiosa desde que tenía conocimiento[25].
Los padres israelitas ponían en esto muy laudable empeño. Asimismo cuidaban de que los niños frecuentasen las escuelas elementales, que, según el Talmud, existían en aquella época en todo el territorio de Palestina. A estas escuelas se daba el característico nombre de Beth-ha-Sépher, «casa del libro», porque los pequeños Talmidim o «escolares» aprendían especialmente a leer, raras veces a escribir. El libro que les ponían en las manos era un rollo de pergamino, en el que estaban escritos diversos pasajes de la Biblia hebrea. De cada uno de los escolares judíos hubiérase podido decir lo que San Pablo escribió más tarde a su querido Timoteo, hijo de madre judía: «Desde niño conociste las sagradas letras»[26]. El establecimiento de las escuelas en Palestina databa desde Simón Ben Chetach, hermano de la reina Alejandra. En las poblaciones pequeñas donde no era posible establecerlas, se reunían los niños en la sinagoga, cuyo sacristán enseñaba a ciertas horas lo que buenamente podía. Aun cuando fuesen ya mayores, su estudio principal era la ley, que siempre se les inculcaba con ahínco.
Estrechamente unidos por los vínculos de la religión y de la sangre, los judíos mantenían entre sí relaciones de sincera y cordial amistad. Particularmente las clases populares se amaban como miembros de la misma familia, auxiliándose generosamente. La fórmula de salutación en su expresión más sencilla era la misma que usan hoy: «La paz sea contigo»[27]; y se respondía: «Contigo la paz». Pero si dos israelitas, aunque desconocido el uno para el otro, se encontraban en el camino, dirigíanse interminables cumplimientos, como aún se estila entre los árabes. He aquí por qué, cuando Nuestro Señor envió a sus apóstoles a inaugurar su predicación en las ciudades y aldeas de Galilea, les recomendó que no perdiesen en vana palabrería un tiempo precioso para la propagación del Evangelio[28]. El besarse, aun entre hombres, era usual cuando se encontraban o despedían[29], o también como señal de mutuo afecto[30].
Pero la clase superior, compuesta de sacerdotes, de doctores de la ley, de fariseos, de los ciudadanos más ricos e influyentes, solía mirar con altivez y con ridícula arrogancia «al pueblo de la tierra», como llamaban a quienes no habían recibido esmerada educación, y por eso mismo no los tenían por merecedores de consideración ni miramiento alguno[31]. Las páginas del Talmud muestran de vez en cuando a algunos fariseos soberbios, que, desde lo alto de la cátedra en que se sentaban como doctores, miraban con menosprecio a la gente del pueblo, pretextando que «la tinta del sabio es más preciosa que la sangre de los mártires»[32]. Tal era aquel doctor de la ley que, al acabar sus lecciones, decía habitualmente esta plegaria: «Os doy gracias, Señor Dios mío, porque mi suerte está entre los que visitan la mansión de la ciencia, y no entre los que trabajan en las encrucijadas de las calles. Porque yo me levanto temprano y ellos también. Desde la aurora me dedico a las palabras de la ley; pero ellos a cosas vanas. Yo trabajo y ellos también trabajan. Yo trabajo y recibo recompensa; ellos trabajan y ninguna reciben. Yo corro y ellos corren. Yo corro a la vida eterna, mientras ellos corren al abismo»[33]. Cualquiera creería escuchar la continuación de la oración del orgulloso fariseo de la parábola. ¡Cuánto más preferibles son aquellas otras palabras,