Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
de Palestina y de la multiplicidad de sus productos agrícolas, acerca de la actividad comercial y otras de sus dedicaciones, resulta que, en condiciones ordinarias, el coste de la vida debía de ser allí muy moderado. Tanto más verosímil es esto cuanto que la mayor parte de su población tenía gustos muy sencillos en punto de vestidos y alimentación. Por lo demás, algunos rasgos señalados por los escritores sagrados confirman claramente esta deducción. Entre nosotros han desaparecido por completo de la circulación los céntimos como moneda fraccionaria, pues apenas servían para las compras; al contrario, existía entre los judíos una pieza de moneda sumamente pequeña, llamada perûta, que valía aproximadamente la decimosexta parte de una moneda de cinco céntimos, y con la cual, sin embargo, se podían hacer compras. Además, el salario de un obrero que trabajase todo el día en las viñas era un denario. El buen samaritano, al dejar la posada adonde había conducido al viajero herido por los ladrones, dejó al hostelero sólo dos denarios para los cuidados ulteriores que se habían de prestar al enfermo[41]. En fin, en los mercados de Palestina, por dos pájaros se pagaba solamente un as o seis céntimos, y podían comprarse cinco por dos ases[42]. De estos ejemplos tomados al acaso resulta que la vida no era cara realmente en Palestina en tiempo del Salvador.
A pesar de la prosperidad general, por lo menos relativa, que acabamos de describir, la miseria, y a veces la miseria extrema, penetraba en más de un punto de la comarca. En tiempos antiguos pudo decir Moisés, alabando la fertilidad del país de Canaán, que era «tierra de trigo, de cebada y de viña, en la que se crían higueras, granados y olivos»; «tierra de aceite y de miel», donde los hebreros comerían el pan en hartura y nadarían en riquezas. Esta pintura, exacta a la vez que ideal, no quería decir que bastase a la nación teocrática instalarse en el suelo de Tierra Santa para que todos sus miembros estuviesen para siempre al abrigo de la pobreza. Las invasiones y guerras que se sucedieron durante siglos, la deportación de la mayoría de los habitantes, la esclavitud de otros en los períodos caldeo, persa y griego, y, poco antes de la Era Cristiana, las rivalidades interiores entre facciones y dinastías, empobrecieron considerablemente el país, trayendo muchos sufrimientos sobre las clases inferiores. En muchos hogares había hambre[43] y ya el salmista no habría podido decir, como en otros tiempos, que a ningún justo había visto mendigando el pan[44]. El anatema «¡Ay de vosotros los ricos!», lanzado por Nuestro Señor contra los que gastaban su fortuna de una manera egoísta, o que la habían adquirido por medios inicuos, y la parábola del pobre Lázaro suponen abusos que clamaban al cielo venganza.
Para muchos la causa principal de la pobreza consistía, aparte de la imprevisión oriental, en los pesadísimos impuestos con que estaba gravada la Palestina. Tácito[45] apunta claramente este hecho cuando dice que durante el reinado de Tiberio «las provincias de Siria y de Judea, aplastadas bajo pesadas cargas, pidieron disminución de tributos». Por otra parte, sabemos por Josefo que a la muerte de Herodes el Grande los judíos hicieron a Arquelao idéntica reclamación. Como actualmente entre nosotros, todo era objeto de impuesto para sostener el tesoro del Estado judío y pagar el tributo exigido por Roma. La ingeniosidad del Fisco había introducido las contribuciones directas y las indirectas, el impuesto personal y el territorial, los derechos de aduana y los portazgos, percibidos aquéllos en la frontera, éstos en los puertos, en las plazas, caminos, puentes y a la entrada de las ciudades. Nada se libraba de los impuestos.
Abrumadores ya por sí mismos, resultaban todavía más insoportables por el modo de cobrarlos. El Estado, en vez de recaudarlos por medio de una administración a su sueldo y bajo su inspección, los arrendaba a ricos personajes, o también a Compañías que los cobraban por su cuenta y riesgo, valiéndose de agentes subalternos, y que, para asegurarse las considerables sumas que habían adelantado, reclamaban de los contribuyentes cantidades mucho mayores que las fijadas por la ley. Así que, de ordinario, hacían fortunas escandalosas. Los subalternos, cuyo nombre oficial latino era portitores, imitaban a porfía tan funestos ejemplos, estableciendo a su vez sobretasas en provecho propio. Era proverbial su rapacidad. Solíase decir: «Todos los publicanos son ladrones», y Cicerón no vacila en afirmar[46] que la profesión de publicano era la peor. Prácticamente casi no había recurso eficaz contra sus vejámenes, sobre todo en provincias, pues las autoridades romanas, en vez de reprimir tamaños abusos, eran frecuentemente cómplices de los publicanos para despojar al público[47]. Cuando los que ejercían este triste oficio eran judíos, y sobre todo cuando cobraban de sus hermanos el tributo destinado a Roma, eran tratados con desprecio mayor todavía, como se ve por varios pasajes de los Evangelios, donde son asimilados a los pecadores de la peor ralea[48].
Estos pesados impuestos, juntamente con otras causas fortuitas, llevaron paso a paso a muchos habitantes de Palestina, no sólo a la pobreza, sino hasta el pauperismo propiamente dicho. En otro tiempo la legislación mosaica había tomado medidas muy sabias y muy humanas para evitar este azote o, al menos, moderar sus daños; por desgracia, habían caído en desuso hacía mucho tiempo. Si en los tiempos evangélicos hallamos personas generosas, que socorrían a los pobres con largueza, no existía ninguna organización, ni oficial ni privada, para ejercer la caridad en mayor escala. Pero estaba próxima la venida del Mesías y los profetas habían anunciado que el celo por evangelizar a los pobres, por socorrerlos y consolarlos, sería una de sus más bellas cualidades[49].
También es fácil comprobar que en Palestina, por la misma época, había otros infortunios no menos horribles, bajo la forma de enfermedades corporales de todas clases. Con ocasión de los milagros obrados por Nuestro Señor, establecen los evangelistas una lista tristemente elocuente de enfermos que acudían a Jesús para obtener la curación. Señalan, entre otros, casos de fiebre, de lepra, de parálisis total o parcial, de epilepsia, de hemorragia, de ceguera, de sordera, de mudez, de heridas causadas con instrumentos cortantes, etc. Pero no es completa la enumeración de los males físicos que sufrían los compatriotas del Salvador. Lástimas del mismo género, y otras muchas, abundan aún hoy día en Palestina, lo mismo que hace dieciocho siglos. Actualmente, al menos la caridad cristiana, que ha acudido de Europa y aun de la lejana América, ha establecido en las ciudades principales y en diversos puntos de la campiña hospitales y clínicas que alivian muchos sufrimientos; pero nada semejante existía al principio del siglo primero. Así es que en la clase menesterosa la mayoría de los enfermos sufrían y morían en tristísima situación.
Había, en verdad, en el país algunos médicos. Pero lo que cuenta la literatura rabínica respecto de las prácticas medicinales de entonces prueba que ordinariamente no eran más que vulgares charlatanes. La severa reflexión de San Marcos acerca de los médicos[50] estaba bien justificada por los hechos: «Hacía doce años —dice, hablando de la hemorroísa— que sufría mucho en manos de los médicos, y había gastado cuanto tenía sin notar alivio alguno, antes, al contrario, iba empeorando.» Es imposible ejercer seriamente la medicina sin profundo conocimiento del cuerpo humano; ahora bien: la anatomía estaba absolutamente prohibida a los médicos israelitas, pues el contacto de un cadáver causaba impureza legal. Así es que los remedios que ordenaban a los enfermos eran casi siempre inútiles para la curación, si no es que agravaban la dolencia. No era raro, además, que sus remedios estuviesen manchados de superstición. Con esto se comprende la maliciosa reflexión del Talmud[51]: «El mejor médico está destinado al infierno»; pero se comprende, sobre todo, que la ignorancia y torpeza de los médicos aumentasen los sufrimientos de los enfermos.
Antes de que hablemos de las relaciones de los compatriotas del Salvador con los paganos, conviene recordar que la población de Palestina, en la época que estudiamos, era judía en su mayor parte. Los escritos del historiador Josefo no dejan lugar a dudas en este punto. Gracias a los esfuerzos de los príncipes asmoneos, y sobre todo de Aristóbulo I, no sólo en Judea, sino hasta en Galilea y Perea predominaba la población israelita. Se ha sostenido lo contrario, por lo que toca a la Galilea, pero sin razón. En efecto, los Evangelios confirman las aserciones de Josefo, mostrando que en todas las localidades de esta provincia frecuentadas por Jesucristo había sinagogas donde se celebraban los ejercicios del culto. Además, si no hubiese existido entonces esta mayoría de judíos, sería inexplicable la prontitud con que la Galilea se sublevó contra los romanos, pocos años después de la muerte del Salvador. En cuanto a los distritos del Nordeste —la Traconítide, la Batanea y la Iturea—, tenían una población muy heterogénea, compuesta