Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
de este breve resumen que en algunos sitios de Palestina los judíos tenían que ponerse en guardia contra la influencia pagana, de la cual se habían dejado imbuir, por desgracia suya, en diversas épocas de su historia. Para mejor preservarlos, sus jefes religiosos habían «levantado una valla», según expresión corriente, en torno de la ley, con entredichos y prohibiciones innumerables, que eran, en la vida de los individuos, una singular sobrecarga. Si estas nuevas observaciones hubieran tenido por único fin apartar al pueblo teocrático de toda connivencia con la idolatría, serían dignas de elogio; pero en este punto, como en tantos otros, los escribas cayeron en la exageración por su casuística sutil y con frecuencia ridícula. Así, fundándose en la simple hipótesis de que el vino de los paganos podría haber servido para las libaciones en honor de los falsos dioses, estaba prohibido a todo judío beberlo, y hasta el comprarlo para revenderlo. El cuidado de conservar la pureza legal conducía aún más lejos. En principio todos los paganos eran impuros y comunicaban la impureza. Por este motivo estaba rigurosamente prohibido entrar en sus casas; quienquiera que lo hiciese contraía mancha legal. Con mayor razón se debía evitar el comer con ellos. Cualquier utensilio de cocina, un cuchillo de que se hubiesen servido, debía sufrir una purificación especial. De ahí un embarazo continuo para todo israelita que, viviendo entre los paganos, quisiera permanecer fiel a las prescripciones establecidas por los doctores de la ley. Cuenta Josefo[53] que varios sacerdotes amigos suyos que fueron conducidos a Roma no se alimentaban más que de higos y nueces, por no desobedecer a las tradiciones de sus padres. Igualmente estaba prohibido a los judíos dejar en alquiler sus casas y sus campos a los paganos.
Si el espíritu religioso les impulsaba a detestar a los gentiles, ¡con qué pena los verían los judíos de Palestina instalarse, tal vez como dueños, en el suelo que Dios diera a Israel en otro tiempo como una propiedad sagrada! Los obstáculos que imponían las severas reglas que acabamos de mencionar no eran ciertamente para que se menguase esta profunda antipatía. Así, pues, ¡con qué maligna satisfacción sacudían los judíos el polvo de sus sandalias al dejar un territorio pagano y pisar de nuevo el de Palestina! Pero, por otra parte, tampoco estas reglas eran muy apropiadas para que los hijos de Israel se hiciesen simpáticos a los gentiles. Su vida retraída, su rigidez, su orgullo, el desdén de que hacían alarde respecto de cuantos fuesen extraños a su raza, no tardaron en crearles enemigos y rivales, a juzgar por sus propias quejas, consignadas en los libros llamados sibilinos[54]. Del aborrecimiento se pasó a las injurias y vinieron odiosas acusaciones, de muchas de las cuales se hicieron eco los grandes escritores de Roma[55]. El gramático Alejandrino Apión las coleccionó y publicó en su Historia de Egipto. Este libro ha desaparecido; pero su contenido ha llegado hasta nosotros por la refutación que Josefo hizo de él en un libro especial[56]. Decíase, entre otras cosas, que los judíos adoraban una cabeza de asno; se ridiculizaba la circuncisión, el horror que tenían a la carne de puerco, etc.
Un día pronunció Nuestro Señor ante los judíos de Jerusalén estas enigmáticas palabras: «Me buscaréis y no me hallaréis, y a donde yo estaré no podéis venir vosotros.» Sorprendidos sus oyentes, preguntábanse unos a otros: «¿A dónde va éste a ir que no le hallaremos? ¿Por fortuna irá a los que están dispersos entre los gentiles?»[57]. En esta época distaban mucho los judíos de estar agrupados todos en Palestina. Una parte considerable de la nación estaba diseminada, desde hacía mucho tiempo, en casi todos los territorios que formaban el imperio romano. Se la designaba por el nombre de Diáspora, que quiere decir «dispersión». El siguiente pasaje del libro de los Hechos[58] enumera, sin pretender agotar la lista, varios de los países extranjeros en donde los judíos estaban ya establecidos en la época de la primera Pentecostés cristiana: «Partos y Medos, y Elamitas, y los que habitan en Mesopotamia, en Judea y Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia y en Panfilia, en Egipto y en las partes de la Libia cercanas de Cirene, y los peregrinos romanos, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes.»
Inaugurada por la violencia de los conquistadores asirios y caldeos que deportaron a numerosos israelitas al lejano Oriente, haciendo huir a otros a Egipto[59], esta «dispersión» se había aumentado por diferentes causas, entre las cuales no había sido la última el deseo de emprender en el extranjero un comercio fructuoso. El hecho es que al principio del cristianismo se hallaban casi en todas partes. San Pablo se encontrará con grupos más o menos numerosos en todas las ciudades a donde irá a predicar el Evangelio: en la isla de Chipre, en Antioquía de Pisidia, en Iconio y en Listra, en Filipo y en Tesalónica, en Atenas y en Corinto y en Roma. Traza fue de la Providencia, que facilitó de un modo singular la rápida expansión de la verdad cristiana. Los judíos podían, pues, gloriarse de llenar todos los países[60], lo que confirma el geógrafo Estrabón cuando describe: «No es fácil hallar en el mundo un lugar que no haya acogido a esta raza y que no haya sido por ella conquistado»[61]. Estas últimas palabras significan que en todas partes se instalaban los judíos como en su propia casa.
Sin embargo, estos «dispersos» no cesaban de volver sus ojos a Palestina, y más particularmente a Jerusalén, como centro de su religión, a donde iban de vez en cuando con ocasión de las grandes solemnidades. Nunca omitían el pago del impuesto de medio siclo anual, destinado a cubrir una parte de los gastos del santuario[62]. Las sumas recogidas en cada localidad pasaban a una caja central, de donde se enviaban a la Ciudad Santa por medio de delegados especiales.
A pesar de los prejuicios, casi siempre injustos, de los paganos contra el pueblo judío, muchos de ellos, a la larga, sentíanse impresionados por la espiritualidad y belleza de la religión mosaica, como también ante la unión fraternal y vida ordenada de la mayoría de sus seguidores, y no pocos, movidos por esta estima, llegaban a convertirse y afiliarse al judaísmo[63]. Se les daba el nombre de «prosélitos»[64]. Esta conversión sucedía de dos modos: cuando era entera y absoluta, el nuevo iniciado debía aceptar la circuncisión y obedecer a todas las prescripciones de la ley mosaica[65], y así adquiría privilegios casi iguales a los que gozaban los judíos de origen. Pero las más de las veces la conversión consistía solamente en creer en el Dios de Israel, desechando las prácticas idolátricas, evitando la impureza, el robo, el asesinato y la carne de animales sofocados. Los Hechos de los Apóstoles y Josefo[66] nos dicen que también las mujeres renunciaban con frecuencia al paganismo, para someterse más o menos estrictamente a la ley judaica. Los fariseos y sus discípulos manifestaban un celo más ardoroso que prudente en hacer prosélitos[67], según les reprochó cierto día Nuestro Señor. Algunos de estos convertidos llevaban vida tan imperfecta, que el Talmud llega a afirmar que retardaban la venida del Mesías[68].
Punto muy importante en el orden de las relaciones sociales de los judíos en la época evangélica es el de la lengua que se hablaba entonces en Palestina, y, por consiguiente, de la lengua de que se sirvió Nuestro Señor Jesucristo para anunciar la buena nueva a sus compatriotas. No hay género de duda en este particular, pues diversos hechos demuestran evidentemente que este idioma no era otro que el arameo. Es cierto, en primer lugar, que cuando Jesús vino al mundo, el hebreo, desde hacía varios siglos, era ya lengua muerta para casi todos los judíos, hasta el punto de que en la misma Palestina era necesario traducir al nuevo idioma los pasajes del Pentateuco y de los profetas que se leían en el culto oficial. Causa de la sustitución de una lengua por otra fue la deportación de los israelitas en gran muchedumbre a Caldea. En efecto, el arameo se hablaba no sólo en el país de Aram o de Siria, como el nombre indica, sino también en Caldea, donde los judíos desterrados tuvieron que usarlo, si querían ser entendidos por los habitantes. Olvidaron, pues, poco a poco su propia lengua. Por lo demás, esta transformación fue facilitada por la mucha semejanza que existe entre el hebreo y el arameo. Al regresar a Palestina, los desterrados trajeron consigo el nuevo idioma, que vino a ser lengua general del país. Desde entonces el hebrero no fue conocido más que por los doctores de la ley y sus discípulos, que lo aprendían por obligación, a fin de comprender y explicar la Biblia, y que gustosos lo empleaban en sus discusiones sobre los textos sagrados.
Otro hecho no menos característico demuestra con toda evidencia que el arameo era la lengua de Jesucristo, de sus discípulos y de sus compatriotas. Trátase de la presencia, en los diversos escritos que componen el Nuevo Testamento, de expresiones que, sin género de duda, pertenecen a este idioma. Las palabras Raca, mammona, corban, pascha, Gólgota, Eli Eli lamma sabachtani,