Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
cuando ha pasado bastante tiempo tras la ascensión de Cristo. Ello permite pensar que se ha verificado una evolución desde la perspectiva pascual[70]. Y es lógico que fuera así, pues el tiempo transcurrido permitió una mayor profundización en los datos recibidos de la predicación primera, realizada por Cristo y continuada por los Apóstoles. El Evangelio de Juan es una obra de fines del siglo I, como dice la tradición. Por tanto, una obra de mayor madurez teológica, de más amplio y hondo conocimiento del mensaje evangélico. Según esta reflexión, es comprensible que una de las características de la cristología joánica sea la multiplicidad de títulos aplicados a Jesús. Se podría decir que el evangelista ha querido concentrar en Jesús la totalidad de las figuras tradicionales que tienen alguna relación con la salvación. Así Jesús es llamado Cordero de Dios, Mesías, Cristo, Profeta como Moisés, Hijo del hombre, Hijo de Dios, Lógos, etc.
En realidad todos esos títulos se sitúan en el punto de partida de una argumentación que conduce a presentar a Jesús como el Hijo de Dios, no sólo en el sentido estrictamente mesiánico, sino también en el sentido jurídico de representante plenipotenciario del Padre, enviado al mundo para realizar la salvación definitiva y escatológica. En otros términos, todo el IV Evangelio hace pasar al lector de la confesión de Natanael que lo aclama como Rey de Israel, hasta la de Tomás, que lo reconoce como Dios y Señor[71].
En el conjunto de todo el Evangelio sólo la figura del Hijo del hombre se puede comparar con la figura del Hijo de Dios. Estas dos designaciones sirven como polos que atraen las dos concepciones critológicas mayores de Juan, dos esquemas bien estructurados y coherentes. El esquema principal, de tipo jurídico, presenta a Jesús como el Hijo plenipotenciario del Padre, el Enviado escatológico de Dios que tiene el mandato de realizar la salvación del mundo. Este esquema de orientación horizontal está modelado como el camino terrestre del mensajero. El otro esquema, de tipo apocalíptico y de orientación vertical, presenta a Jesús como el Hijo del hombre trascendente, bajado del cielo como único revelador de las cosas celestiales. Esa revelación llega a su punto culminante con la hora de su glorificación en la Cruz, en su Resurrección y Exaltación, la hora del juicio del mundo[72].
El citado documento Biblia y Cristología trata sobre las diferentes perspectivas cristológicas de los cuatro Evangelios. Recuerda como las tradiciones evangélicas se reunieron bajo la luz pascual, hasta que quedaron fijadas en cuatro libros. Estos ciertamente contienen lo que Jesús hizo y enseñó, pero presentan además sus interpretaciones teológicas[73]. En éstas por tanto hay que buscar la Cristología de cada evangelista. Esto vale especialmente en el caso de Juan, llamado por los Padres con el nombre de «Teólogo». De igual forma los otros hagiógrafos neotestamentarios han interpretado de modo diverso los hechos y los dichos de Jesús, sobre todo su muerte y resurrección. Por eso cabe hablar de una cristología del Apóstol Pablo, que se desarrolla y se modifica tanto en sus escritos como en la tradición que proviene de él. Otras cristologías se encuentran en la carta a los Hebreos, en la 1 de Pedro, en el Apocalipsis de Juan, en las epístolas de Santiago y Judas, en la 2 de Pedro, aunque no se dé el mismo desarrollo y progreso en estos escritos.
Estas cristologías se distinguen no solamente por las diferentes aclaraciones, proyectadas sobre la persona de Cristo en quien se cumple el Antiguo Testamento. También una u otra cristología aportan nuevos elementos, en particular los «evangelios de la infancia» de Mateo y de Lucas, que enseñan la concepción virginal de Jesús, mientras los escritos de Pablo y de Juan nos desvelan el misterio de su preexistencia. Un tratado completo de «Cristo Señor, mediador y redentor» no existe en ninguna parte. El hecho es que los autores del Nuevo Testamento, en cuanto doctores y pastores, testimonian sobre el mismo Cristo con diferentes voces en la melodía de un canto único.
Es preciso tener en cuenta que estos testimonios diversos han de ser recibidos en su totalidad, para que la cristología, en cuanto conocimiento de Cristo fundado y enraizado en la fe, sea verdadera y auténtica. Es correcto que uno sea más sensible a un determinado aspecto. Pero todos esos testimonios constituyen un solo Evangelio y ninguno de esos testimonios puede ser rechazado[74].
Con estos presupuestos tratamos de reflexionar sobre lo que es el centro vivificante e informador de toda la fe cristiana: la fe en Jesús, el Cristo[75]. Esa doctrina sobre la centralidad de Cristo la expresa el Catecismo de la Iglesia Católica al decir que «en el centro de la catequesis encontramos esencialmente una Persona, la de Jesús de Nazaret, Unigénito del Padre...»[76].
En definitiva, la redención se verifica en Cristo, «cuya vida terrestre constituye el centro del tiempo, el centro de la historia humana»[77]. Es cierto que la figura de Cristo nos desborda con mucho, pero tenemos datos suficientes para conocer de modo satisfactorio, aunque sólo aproximado, la grandeza del Hijo de Dios hecho hombre. Hay muchas cosas, en efecto, que interesan a la curiosidad humana pero que se omiten en los Evangelios. Así, sabemos muy poco de su vida en Nazaret, «e incluso una gran parte de la vida pública no se narra[78]. Lo que se ha escrito en los Evangelios lo ha sido “para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre”»[79].
En los diversos escritos neotestamentarios se observan diferentes perspectivas cristológicas. Sin embargo hay un centro referencial que las une a todas: La unicidad y originalidad absoluta del acontecimiento Jesucristo y su significación universal para todos los hombres hasta el fin de los tiempos. En definitiva, no ha sido dado otro nombre por el que podamos ser salvados que el nombre de Jesucristo[80]. Esta realidad ha de ser verificada de una forma concreta y siempre nueva[81].
Por tanto, es imposible reducir el acontecimiento cristológico a los límites de la vida terrena de Jesús que, si pertenece de modo decisivo a la historia de los hombres, debe tener un antes y un después que también pertenecen a ese acontecimiento: el antes es el tiempo del Antiguo Testamento, y el después es el tiempo de la Iglesia.
La realidad de la Encarnación está afirmada de forma atrevida al decir San Juan: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros...»[82]. Hay un confrontamiento de dos realidades muy lejanas la una de la otra: el Verbo de Dios y la carne del hombre. Con ello se pone de relieve la paradoja cristiana y el escándalo de la Encarnación, que se manifiestan con toda su grandiosidad y realismo[83]. Con este versículo el evangelista expresa, de forma audaz y bella, la misteriosa irrupción de lo divino en lo humano, la llegada de la claridad del Cielo hasta la oscuridad de la tierra. Juan proclama este acontecimiento al decir que «el Verbo era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre, que viene a este mundo»[84].
Sí, Cristo es la luz del mundo porque nos revela en Sí mismo el Misterio de la salvación. «A Dios nadie lo ha visto jamás, el Dios Unigénito, el que está en el seno del Padre, él mismo lo dio a conocer»[85]. En efecto, Jesús nos revela el Misterio de Dios, esa Verdad que nos libera y nos sal va. También en la epístola a los Hebreos se nos recuerda que en muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios a los hombres para conducirlos a la salvación, pero que al final de los tiempos establecidos Dios envió a su Hijo Unigénito, «resplandor de su gloria, vivo retrato de su substancia...»[86]. En efecto, Jesús es el vivo retrato del Padre[87]. Por eso le dice a Felipe que quien le ve a Él, ve al Padre. De ahí la importancia de conocer a Jesús, su vida, sus palabras, su muerte y resurrección, su as censión y exaltación.
Fiel a esta doctrina, Fillion puso, como pórtico de su obra, una frase de Tomás de Kempis, escrita en su famoso libro, La imitación de Cristo[88]. En ella el alma habla con Jesús y le pide que le ayude a imitarle ejercitándose en la vida del Maestro, pues en ese ejercicio está la «salud y santidad verdadera». También Santa Teresa de Jesús tenía una gran devoción a la Humanidad de Cristo, y afirma que «mirando su vida, es el mejor dechado...Yo he mirado con cuidado, después que esto he entendido, de algunos santos, grandes contemplativos, y no iban por otro camino»[89]. Se refiere a la contemplación de la humanidad de Jesús, tal como aparece en los Evangelios, como verdadero hombre y como verdadero Dios.
En el mismo sentido se pronuncia el Beato Josemaría Escrivá: «En los primeros años de mi labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos