Cibercultura y prácticas de los profesores. Diego Fernando Barragán Giraldo
mayor de edad que sobre todo cuenta con una experiencia superior, un especialista” (Puig-Rovira, 2003, p. 150). El taller, como situaciones de aprendizaje y lugar físico, permite que la relación enseñanza-aprendizaje se configure articulando el reconocimiento de destrezas técnicas del maestro, de su repetición constante, de la innovación posterior de los aprendices, el dominio de técnicas y fines éticos, donde la autoridad y la autonomía están mediadas por la relación interpersonal. El taller es por excelencia un campo de transferencia de habilidades.
El profesor como artesano que es también posee su taller. En él se generan situaciones significativas en las que el conocimiento práctico no se reduce solamente al desarrollo de destrezas técnicas. El taller del maestro no está limitado por el espacio físico, y sus herramientas son, entre otras tantas, el arsenal didáctico que desde una reflexión pedagógica permite potenciar el aprendizaje mediante una enseñanza que sobrepasa los simples desempeños y hunde sus raíces en los fines últimos de la educación: formar en lo humano. Es en el ejercicio tallerístico en donde el profesor desarrolla la práctica, allí recupera la tradición de sus conocimientos y actuaciones y a la vez innova de cara a formar en el aprendizaje. Adicionalmente, también aquello que el profesor presenta con la máscara del conocimiento introduce a los estudiantes en multitud de prácticas en las que se imitan y desarrollan los elementos que han de considerarse propios de lo humano: respeto a la palabra, responsabilidad, honestidad, tenacidad, compasión, bondad, fraternidad, entre otros tantos. Todas estas manifestaciones humanas —que bien podemos catalogar como virtudes, actitudes o valores, según sea el caso— entran en operación en cualquier clase de espacio formativo: desde el laboratorio más especializado, pasando por las clases de matemáticas, química, cálculo, ética o historia, o la forma de comer durante el almuerzo. Pero no es un espacio de adoctrinamiento simple o de transmisión llana de conocimientos, las acciones en el taller siempre han de ser dinámicas y enseñan a resolver problemas de forma alternativa, aun cuando se asuman los modelos preestablecidos: “siempre que resolvemos prácticos espinosos, por pequeños que sean, hacemos algo original” (Sennett, 2009, p. 103); esto vale también para las prácticas de los profesores. El profesor, volcado en su taller, ha de configurar los saberes que le son propios como pedagogo. A él le está confiada la creación de la obra de su propia práctica en virtud de sus relaciones con los estudiantes, los currículos, la política pública, el saber pedagógico, los conocimientos disciplinares, la investigación y, sobre todo, en sus actuaciones en las que aplica sus conocimientos, solucionando los problemas in situ, e investiga sobre ello.5 Tales actuaciones serán más del orden del saber práctico phrónesis que del técnico, ya que se emparentan con la disponibilidad ética de hacer las cosas bien. Si estas actuaciones develan su ser, entonces el profesor podrá evidenciar con sus actuaciones aquello que profesa con su profesionalismo. Es en este contexto que el profesor es, de profesión, artesano.
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