Pasiones lacanianas. Patricia Moraga

Pasiones lacanianas - Patricia Moraga


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insulto con el que Lacan nos familiarizó en su escrito sobre la psicosis, y en el marco de esta reflexión sobre el insulto dice:

      En realidad, la fórmula del insulto aparece cuando, en el desfallecimiento del Otro como lugar del significante (A), emerge el ser del sujeto como a –objeto pequeño a– y entonces surge, del fondo de lalengua, un significante que intenta atrapar, precisamente, el momento de lo indecible. Por eso, este epíteto, epíteto fosilizado apunta a decir lo propio de un sujeto, y por eso, el odio es uno de los caminos del ser.

      El trabajo de la transferencia

      La transferencia no se instala sin la expectativa, a veces consciente, de encontrar en el analista al Otro, ya sea para atrapar algo de su saber expuesto, como para interrogar su saber supuesto. En todos los casos hay algo del ser del Otro que me interesa. La transferencia significa que el Otro tiene algo que a mí me interesa. Y por el hecho de que el Otro tiene lo que a mí me interesa, la transferencia es el terreno propicio para un abanico de afectos: amor, odio, envidia, celos, etc.

      Continúo comentando la cita de El banquete… Si en un primer momento el Otro se imagina como el que detenta lo que me falta, hay un segundo tiempo que es el desfallecimiento del Otro: «El insulto aparece cuando en el desfallecimiento del Otro como lugar del significante (A) emerge el ser del sujeto como a y entonces del fondo de lalengua surge un significante que intenta nombrar, precisamente, eso que en el Otro no tiene nombre». Es, por ejemplo, el Hombre de las Ratas, cuando de niño y, a falta de palabras para manifestar su odio al padre, vocifera «repasador, servilleta, lámpara». El sujeto entra en la experiencia como falta en ser, $ –y cuando esto no está presente procuramos obtenerlo–, mientras que el analista entra como ‘ser’. Años más tarde, cuando Lacan presente su «Proposición», va a decir que el lugar del analista en el final de análisis es el «de-ser», el analista pierde el ‘ser’ que la transferencia le supuso, y entonces se revela el estatuto del Otro como «deser», y la falta-en-ser que estaba del lado del analizante desemboca, precisamente, en la destitución subjetiva: la indeterminación del sujeto, siempre perdido entre S1 y S2, da lugar a un deseo decidido, incluso a una voluntad de goce.

      Debido a que el insulto es un intento de nombrar lo que no tiene nombre se insulta tanto a la mujer. Es un ser destinado al insulto porque no hay un significante que la nombre. Y en la medida en que no hay significante que la nombre propiamente, se la nombra de todas las maneras que conocemos. A veces no basta el insulto, y hace falta el golpe. Lo innombrable, cuando está del lado del sujeto, es un capítulo del final de análisis. En cambio, lo innombrable del Otro es un capítulo de la transferencia. Incluso se puede pensar que el trabajo de la transferencia es el trabajo del analizante tanto para apropiarse del objeto que supuestamente anida en el campo del Otro, o sea, tomarse el trabajo de hacerse amar para apropiarse de eso que supone que alberga el Otro, como para destruir, para acabar con ese objeto que está en el Otro. Amar u odiar son dos maneras con las cuales se puede entender el trabajo que sostiene la práctica analizante. Y entonces cuando decimos «la transferencia como motor u obstáculo» no es tan seguro que el motor sea solamente el Sujeto Supuesto Saber y que el analizante esté animado por un deseo de saber que, por otra parte, es inexistente. Cuando hablamos de la transferencia como motor no hay que olvidar este aspecto del trabajo, el motor que implica atrapar o aplastar «eso» que el Otro tiene, lo que requiere un gasto, un gran gasto libidinal.

      En una época, en la época del «pase perfecto», Miller insinuaba que tal vez el deseo de saber fuera algo que advenía al final de análisis, que tal vez ese era uno de los nombres del deseo del analista. Pero el inicio y el transcurso del análisis no tienen que ver con el deseo de saber, en buena medida tienen que ver con el deseo de borrar el significante de la falta en el Otro. El odio y el amor cumplen esa función.

      10 de junio de 2016

      1- Jaques-Alain Miller, «Affectio societatis», en Elucidación de Lacan, Buenos Aires, EOL-Paidós, 1998, p. 554.

      2- Fernando Eseverri, «Del affectio societatis o de cómo no hacer como los romanos», en Glifos. Revista de la Orientación Lacaniana de la Ciudad de México, núm. 2 (2016).

      3- Ludwig Wittgenstein, Aforismos, cultura y valor, Madrid, Espasa Calpe, 1995, p. 142.

      4- Ibid., p. 149.

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