Ensamblajes y piezas sueltas. Santiago Castellanos
mi tía paterna, la tumba que me espera cercana a la de mi padre y esa identificación mortífera a un goce que ya se vislumbra en el sueño de entrada de mi primer análisis. En ese sueño estoy en la calle caído en el suelo, inconsciente. Acuden los servicios de urgencia y les digo que no me lleven al hospital, que me lleven a la consulta de la analista. Sueño que es el índice de un real que aspiraba mi existencia.
El primer análisis tuvo efectos terapéuticos importantes, pero finaliza ante el fallecimiento inesperado de la analista. Había iniciado una nueva relación en la que los “embrollos y desembrollos” de la vida amorosa se daban de otra manera, pudiendo hacer de esa mujer la madre de mis dos hijos. Tengo que decir que no creo que hubiera sido posible ser padre sin haber pasado por la experiencia del análisis.
Me encontraba en un momento de entusiasmo y estudio en relación al psicoanálisis y la vida me iba bien, en general. Sin embargo, la práctica del psicoanálisis era fuente de cierta angustia. El inicio de mi práctica como psicoanalista comenzó hacia finales de mi primer análisis a partir de un sueño. En el sueño yo atendía a un paciente como psicoanalista y no como médico. La elaboración de ese sueño en el diván se traduce en una primera autorización a la práctica clínica como psicoanalista. Se trataba de autorizarme, a la práctica analítica, sosteniéndome en el sujeto supuesto saber (5) y en la dimensión simbólica del inconsciente transferencial. La aparición de la angustia relacionada con la práctica del psicoanálisis era para mí el motivo fundamental para continuar el análisis.
El franqueamiento del fantasma
Un año después de iniciado el segundo análisis, se produce un sueño cuyo contenido es el siguiente: mi padre está muerto en el tanatorio del hospital donde había realizado mis estudios de medicina. Mi madre está al lado mío y me pide que le salve la vida. Yo le contesto: “No soy médico de este hospital”. En la segunda parte del sueño estoy con mi hijo en brazos. En el sueño me doy cuenta de que no sé si en la escena estamos mi padre y yo, o soy yo el que está con mi primer hijo. Cuando me despierto anoto en una libreta, hay tres pero son dos. ¿Quién es el padre y quién es el hijo?
Es la manera en que el inconsciente trabaja aproximándose a lo real del padre. Se me convoca a curar al padre y tras 10 años de iniciado mi primer análisis, puedo decir que “no soy médico de este hospital”; pero sobre la pregunta de quién es el padre no hay respuesta. Hay tres, pero son dos. Una vez que se sale del significante “soy médico” que viene a rellenar el agujero de la castración del padre, la pregunta por el padre no tiene respuesta, es el encuentro desde lo imaginario y lo simbólico con el agujero de lo real.
El deseo del médico es el deseo de curar, podría decir el deseo de “curar al padre”. Para el discurso de la ciencia hay un saber en lo real del cuerpo y este se articula con el sentido terapéutico de la cura.
Pero en el discurso analítico se trata de otra cosa. La angustia se declinaba allí donde me encontraba con el límite del sentido en la práctica del psicoanálisis, siempre estaba demasiado preocupado por encontrar una orientación en la cura de los pacientes. Lo real, (6) a diferencia de lo simbólico, no es un orden, y en sus laberintos me encontraba perdido.
De la comodidad del sentido y la terapéutica a la dificultad de la orientación hacia lo incurable del síntoma. Se trataba, entonces, de los impasses de mi propio análisis.
Pero entonces, ¿de qué se trata, me preguntaba?
Detrás de esta primera versión del fantasma de salvar al Otro se ocultaba un goce, que pudo ser develado a lo largo del trabajo analítico que llevó varios años.
La frase de la madre –“Tienes algo especial, pero hay algo más que no te puedo decir”–, siempre fue muy enigmática para mí, al mismo tiempo que me colocó en la posición subjetiva de hacerse ad-mirar por el Otro. El enunciado de la madre y el objeto mirada dieron los elementos necesarios para la argamasa del fantasma. Ser ad-mirado por el Otro era la manera en que el objeto mirada desmentía la castración y al mismo tiempo se convertía en una fuente de satisfacción.
Del lado de “tienes algo especial” se organizó el narcisismo, la consistencia fálica, el lado más delirante del yo, en el sentido del desconocimiento, la agresividad y el odio.
Del lado del “hay algo más que no te puedo decir” se encontraba la parte más productiva de la subjetividad, la de la búsqueda, la que me hizo plantearme preguntas y dividirme, la que me permitió más allá de la medicina encontrarme con el psicoanálisis. Al mismo tiempo, este enunciado materno promovió la demanda de un saber que siempre fue respondida de manera enigmática. Ella siempre guardó el secreto. ¿Pero qué es eso que no me puede decir?, me he preguntado en numerosas ocasiones. Y así fue como esta demanda de saber dirigida al Otro tomó la consistencia de un objeto pulsional en la transferencia con el analista. J.-A Miller lo llamó el objeto epistemológico, haciéndolo equivaler al objeto anal.
Tras años de elaboración en el análisis de toda esta lógica, de encontrarme con la repetición y los momentos de estancamiento del mismo, se producen dos sueños.
En el primero, estoy con una mujer y ella se va con otro, lo hace a escondidas, pero al mismo tiempo yo lo sabía. Durante el mismo sueño, me doy cuenta de que es la lógica de la vida amorosa en la que había estado. Lo vivo como agua pasada.
Al final de este primer sueño, me encuentro frente al analista y le digo: “Ya nos queda poco, estamos acabando y el analista sonríe. Yo experimento un fuerte dolor”.
Sueño que anuncia un final de análisis y un resto de goce: el dolor. En este momento, el dolor es elaborado como un resto que se produce en la perspectiva de la terminación de la transferencia.
Esa misma noche tengo un segundo sueño. Durante el mismo aparece un “magma” incandescente que se transforma, como una masa o fuente de energía que se transforma en colores que brillan y me produce cierto horror. Se transmuta en un caleidoscopio de colores y me llaman la atención sus aristas.
La elaboración de este sueño supone un punto de viraje en el análisis. En la vida amorosa hacerse ad-mirar por el partenaire convirtió la relación en un tormento con todos los ingredientes de la pasión y el sufrimiento, y a encontrarme con su reverso: el rechazo y la caída. Hacerse ad-mirar y hacerse rechazar o caer, funcionaba como en la topología de la banda de Moebius. Se pasaba de un lado a otro sin cruzar ningún borde.
La angustia que aparecía en los momentos en que ese circuito se hacía excesivo, trataba de compensarla con nuevas relaciones, aunque sin poder abandonar totalmente la primera. Durante algunos años, se podría decir, que busqué y encontré amparo bajo los semblantes del hombre “seductor” y “mujeriego”. La multiplicación de las mujeres en serie tenía como función desmentir la imposibilidad de escribir la relación sexual. (7)
Entonces, la dificultad para la separación por la que inicié el primer análisis tenía una lógica al servicio de la satisfacción, aunque esta fuese paradójica y fuente de malestar. Había que retener al partenaire para que el circuito pulsional hiciera su recorrido. Un modo de gozar se vislumbra como consecuencia de ese núcleo pulsional.
El encuentro durante el sueño con esa “cosa” incandescente me perturba y me produce horror. ¿Qué es esa “cosa” que brilla? ¿Porqué me produce tanto horror?, me preguntaba.
Me respondí en el diván diciendo que en el sueño se trataba de una representación imaginaria del propio goce. Esa especie de “cosa, caca que brilla”, soy yo, resto que cae, energía que se transmuta en colores y trata de brillar. Se trataba de mi propio goce, que se había mantenido oculto tras los meandros de la propia neurosis y la pantalla del fantasma. Se despejaba así el lado más opaco del goce. El objeto y el goce de la mirada se perfilaba, entonces, como una placa giratoria que por un lado introduce la vida, y por el otro, gira alrededor de un vacío, o de un real que era velado por el objeto plus de gozar.
Entonces el goce de la mirada, una vez franqueada la ventana del fantasma, muestra su vertiente real en esa escena en que el niño encuentra a su padre caído en el suelo. El goce de la mirada incluye lo vivo de las primeras escenas infantiles, de los