¿Qué cambia la educación?. Diego Hernán Arias Gómez

¿Qué cambia la educación? - Diego Hernán Arias Gómez


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lo cambien a él, sino que probablemente alteren la manera de ser y de pensar a los otros.

      Las agrupaciones humanas, las sociedades, han cambiado su configuración y forma de organización desde su irrupción como comunidades organizadas siglos atrás. Sus formas de producción, instituciones, roles, creencias, conflictos, cosmovisiones y prácticas cotidianas, se han transformado permanentemente. Sin embargo, dicho proceso se ha agudizado en los últimos siglos. Un habitante corriente de apenas cien años atrás, sería incapaz de entender y desenvolverse en una ciudad contemporánea.

      Pese a esta condición cambiante del hombre y de las sociedades es importante acotar que no todos los cambios se han sucedido de la misma manera ni han tenido el mismo impacto en la vida de las personas y las colectividades. Hay transformaciones que al generar rupturas significativas en las formas de producir, de relacionarse y de entender los grupos humanos, modifican inevitablemente la vida y la rutina de los individuos desde una perspectiva cultural. Desde una mirada a largo plazo, no representa lo mismo el cambio o la transformación de la disposición de la vivienda en las sociedades tradicionales, que los cambios en los modos de transportarse y de alterar la concepción de sí mismo en los sujetos.

      El hombre es un ser social, que vive en sociedad, y una alteración significativa en esta última, representa, por lo menos desde una mirada histórica, un cambio en la condición humana.

      La historia de la humanidad se ha dividido, precisamente, a partir de estos grandes hitos que generaron cambios trascendentales, como la utilización del lenguaje, el uso de los metales, la aparición de la escritura, la invención de la rueda, la masificación de la imprenta, la utilización de la pólvora, la creación de la máquina de vapor, o de la electricidad, por mencionar algunos ejemplos. Desde este punto de vista un cambio, en lo social, es una modificación sustantiva de las maneras de relacionarse el ser humano con los otros y con su medio.

      Podría decirse, adicionalmente, que hay cambio, desde la perspectiva de las ideas, cuando hay modificación de un paradigma; es decir, de la estructura básica que permite a los seres humanos entender el mundo y actuar en él. Según Kuhn (1995), un paradigma es una realización científica de amplio reconocimiento que ofrece durante cierto tiempo modelos explicativos para una comunidad. Es una orientación teóricamente coherente, capaz de generar preguntas razonables y sugerir criterios de evaluación para las respuestas a esas preguntas (Olivé, 2004). Pero, sin ser una modificación paradigmática, también hay cambio cuando se altera una época, que es un periodo de más o menos larga duración y caracterizado por ciertas continuidades en las pautas básicas de producción y reproducción social.1 En todo caso, con el tiempo, el cambio de época es el que termina por modificar los paradigmas, que son los que formalizan los cambios y los que brindan las herramientas teóricas y conceptuales para entender y también para construir los cambios.

      Puede diferenciarse el cambio cotidiano, normal, natural y ligado a la condición vital del hombre; y el cambio, en un sentido más profundo, histórico, que genera modificaciones en las pautas de comportamiento y acción humanos, en un horizonte más estructural, que genera cambios en los sistemas sociales, políticos, económicos que regulan las pautas de comportamiento, creencias, costumbres, juicios en el accionar humano.

      Uno de los autores que más ha trabajado este segundo sentido es Norbert Elias (1997), quien en una monumental obra titulada El proceso de civilización, detalla la construcción del yo en Occidente, en el sentido de cómo ha devenido sujeto de pudor, coacción, vergüenza y sentimiento moral. El sujeto moderno, narrado por este autor, es un sujeto con creciente autoconciencia de sí y autorregulado, pues la transformación en las estructuras sociales tiene efectos en la estructura de la personalidad. Abandonadas las interacciones violentas propias de la Edad Media, la nueva estructura social requería personas reguladas, capaces de negociar y decidir en este contexto.

      Una de las peculiaridades de la sociedad occidental es que, en el curso de su desarrollo, va reduciéndose este contraste entre la situación y el código de conducta de las clases dominantes y las dominadas. A lo largo de esta evolución van difundiéndose entre todas las clases los rasgos de las clases dominadas [...] La transformación de las coacciones sociales externas en autocoacciones, es una costumbre automática, perfectamente natural, de regulación de instintos y contención de afectos [...] que cada vez se generaliza más en Occidente (Elias, 1997, p. 467).

      La cortesía, las buenas costumbres, el uso de cubiertos, la higiene y el sentimiento de culpa, el respeto-miedo al otro, son algunos de los hábitos sociales que los sujetos interiorizan y que van naturalizando hasta concebirlos como parte de su esencia. Este conjunto de dispositivos es denominado por el autor “proceso civilizatorio”. Proceso que es inculcado en Occidente desde la escuela en el que el control de las emociones espontáneas, la contención de los afectos, la ampliación de la reflexión más allá del presente

      para alcanzar a la lejana cadena causal y a las consecuencias futuras; asimismo, son aspectos distintos del mismo tipo de cambio de comportamiento que se produce necesariamente, igual que la monopolización de la violencia física y la ampliación de las secuencias de acción y de las interdependencias en el ámbito social (p. 454).

      En síntesis, una de las transformaciones más importantes de los últimos siglos tiene que ver con la autocoacción de impulsos y afectos que el individuo ejerce sobre sí mismo, fruto de cambios sociales estructurales y cuya modelación desde pequeño se configuran en una especie de segunda naturaleza.

      Desde otro punto de vista, Thomas Popkewitz (1994) evoca a Foucault, para quien en el siglo XVII se dio un radical cambio social y en la comprensión del sujeto. El surgimiento de la Ilustración y del Estado-nación trajo por primera vez en la historia, para las personas, una identidad colectiva, que con la idea de ciudadanía, sería anónima y concreta a la vez. Anónima porque se crea la adscripción a unos derechos civiles que trascienden al sujeto y se crea pertenencia hacia un territorio y unos connacionales que no se conocen; y concreta porque se traduce en prácticas cotidianas que incluyen mecanismos de regulación como el censo, la circulación, la moneda y las elecciones. En tal sentido, el concepto de población permitió la aparición de nuevas técnicas de control gracias a la posibilidad de supervisión y administración de los individuos. Aquí, lo que Elias (1997) llama civilización, Foucault lo llamará modernidad, en la medida en que es una organización, desde el Estado, de corte institucional, preocupada por configurar en las personas de sociedad diferentes formas de disciplina gracias, entre otras, a la escolarización.

      Al identificar el cambio como un ejercicio intencionado y relacionado con el asunto del poder, Popkewitz (1994) examina la forma como tras muchas invocaciones al cambio subyacen intereses por la estabilidad, la armonía y la continuidad institucional. Para el autor, la mayoría de investigaciones sobre el cambio desconocen el saber sobre las consideraciones de espacio y tiempo que forman parte de las condiciones sociales que lo posibilitan; es decir, los estudios se centran en lo particular y específico en detrimento de análisis sobre lo social e histórico. En este caso,

      el discurso se centra en si los profesores son o no reflexivos o si la organización escolar permite o no la innovación, pero reflexión y organización carecen de referencia filosófica o contexto histórico que facilite la comprensión de cómo, por qué o qué está ocurriendo (Popkewitz, 1994, p. 31).

      Convertir el problema del cambio, desde el aporte de Popkewitz (1994), en asunto de gestión de personal, de talento o de recurso humano, supone aceptar las relaciones sociales y de poder que están de trasfondo, y que de paso perfilan y exhiben a las instituciones como naturales, inamovibles y normales.

      Para este autor, como para Elias (1997), la noción de estructura permite reconocer la forma como las pautas sociales y organizacionales que en algún momento sufrieron crisis y luchas internas, son presentadas luego


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