Lo que callan las palabras. Manuel Alvar Ezquerra
la vio o la imaginó o se mentó delante de ella. Unas mujeres son más antojadizas que otras, y no podemos negar que no sea pasión ordinaria de preñez, pues se ha visto mover la criatura o morírsele en el cuerpo cuando no cumple la madre el antojo. Este se llama en latín pica libido, del verbo pico, as, por antojársele algo a la preñada […]. Es alusión de la pega o picaza, que es antojadiza y suele comer cosas que no hacen al gusto, como hierro y trapillos y otras cosas […]. Antojadizo, el que tiene varios apetitos y toma ansia por cumplirlos. Como muchas veces se engaña la vista, al que dice haber visto tal cosa, si los presentes le quieren deslumbrar o desengañarle, dicen que se le antojó». Esta es la misma voz antojos con la que se nombraban los anteojos, sentido todavía presente en el repertorio de la Academia, si bien calificada como anticuada.
antología Dice el diccionario académico que la palabra antología significa ‘colección de piezas escogidas de literatura, música, etc.’ La voz procede del griego anthología, construida a partir de anthos ‘flor’, y el verbo lego ‘escoger’. Esto quiere decir que etimológicamente significa ‘recolección de flores’. De manera figurada llegó al significado con el que conocemos la palabra en la actualidad. Los latinos crearon una palabra con el modelo griego, FLORILEGIUM, a partir de FLOS, FLORIS ‘flor’, y LEGĔRE ‘escoger’, como se ve con el mismo valor originario el término griego. Parece ser que fue Erasmo de Rotterdam (1466-1536) el primero en emplear la palabra latina con el valor de ‘colección de piezas escogidas’, de donde tenemos florilegio en español, que la Academia define como ‘colección de trozos selectos de materias literarias’.
añorar Si miramos la voz añorar en el diccionario académico veremos que la única acepción que registra es la de ‘recordar con pena la ausencia, privación o pérdida de alguien o algo muy querido’, y que procede del catalán enyorar, sin añadir nada más. La forma catalana procede del latín IGNORARE, cuyo valor primitivo en esta lengua era el de ‘ignorar, desconocer, no saber’, y más tarde se concretó en el de ‘no saber dónde está alguien’, ‘no tener noticias de un ausente’. La voz se introdujo en nuestra lengua en época reciente, a finales del siglo XIX, habiéndole dado tiempo a extenderse de tal manera que ya nadie la tiene como extranjera, poco más de un siglo después de habernos llegado, ampliando su sentido, pues ya no solo se añoran las personas, sino también las cosas, los hechos. Continuamente vemos cómo los españoles que residen en otros países añoran la tortilla de patatas y la cerveza, por ejemplo, y cómo los de aquí añoran los tiempos pasados. No se ignoran, muy al contrario, se echan en falta.
apagar El uso habitual de la palabra apagar es el sentido que consigna en primer lugar el diccionario académico, ‘extinguir el fuego o la luz’, que, al decir de Corominas y Pascual, es el resultado de una audaz innovación semántica en la voz, pues antiguamente significaba ‘satisfacer, apaciguar’, y modernamente ‘aplacar, extinguir (la sed, el hambre, el rencor, etc.)’, que se corresponde con la segunda acepción de nuestro diccionario, ‘extinguir, disipar, aplacar algo’. A partir de aquí surge el primer sentido. Es un derivado de del verbo antiguo pagar ‘satisfacer, contentar’, procedente del latín PACARE ‘pacificar’, ‘domar, someter, reducir, vencer’. Sebastián de Covarrubias (1611) fue preciso al explicar el origen del término: «apagar el fuego, matarlo y extinguirlo, o con el agua, su contrario, o con tierra, o esparciéndolo, pisándolo o quebrantándolo. Latine extinguere. Díjose apagar del verbo paco, as, por apaciguar, tomada la metáfora de los que con las armas apaciguan los amotinados y rebeldes, que es un fuego tan pernicioso como el material, y más».
apéndice Un apéndice es una ‘cosa adjunta o añadida a otra, de la cual es como parte accesoria o dependiente’, como lo define el diccionario académico en su primera acepción, junto a la que hay otras relacionadas con ella. Procede la voz del latín APPENDĬCE ‘apéndice, aditamento, suplemento’, derivado del verbo APPENDERE ‘pesar, colgar de algo’, formado a partir de PENDERE ‘colgar, estar colgado’. Esto es, un apéndice es lo que cuelga de otra cosa.
apoteosis El empleo más común de la palabra apoteosis se corresponde con la tercera acepción del diccionario académico: ‘manifestación de gran entusiasmo en algún momento de una celebración o acto colectivo’, si bien no son ignoradas las dos anteriores, ‘ensalzamiento de una persona con grandes honores o alabanzas’ y ‘escena espectacular con que concluyen algunas funciones teatrales, normalmente de géneros ligeros’, todas ellas con una relación que no es difícil de ver. Sin embargo, al leer la cuarta acepción, ‘en el mundo clásico, concesión de la dignidad de dioses a los héroes’, surge la sorpresa, y la pregunta necesaria es la de ¿qué tienen que ver los dioses con las otras apoteosis? La explicación se encuentra en el origen de la voz, pues procede del latín APOTHEOSIS, que, a su vez, viene del griego apotheosis ‘deificación’, compuesto de apó ‘con’ y theosis ‘cualidad de divino’, derivado de theós ‘dios’. Es decir, la apoteosis era la conversión en dios de un héroe, ascendiendo en su consideración, que corresponde con el ensalzamiento de la primera acepción del DRAE, de donde surge el valor de escena espectacular, que, probablemente, tenga que ver con la solemnidad en la que se concedían honores divinos a los emperadores cuando morían, y a continuación el de la manifestación entusiasta, la aclamación, por el júbilo de quienes contemplan esa escena. La palabra es relativamente moderna en nuestra lengua, y en el DRAE no aparece hasta la 2ª edición (1783), pero solamente con el sentido de deificación. Las otras comienzan a figurar en la 11ª (1869).
apreciar Véase precioso.
aquilatar Véase quilate.
ardilla El nombre de este animal es claramente un diminutivo, aunque la palabra de que se parte no suele ser conocida por la mayor parte de los hablantes, el antiguo castellano harda o arda, forma de origen incierto, no latino, aunque común al bereber, al hispanoárabe y al vasco. No parece que tenga que ver, como algunos han pretendido, con el verbo arder, apoyándose en la imagen que sugiere el movimiento inquieto de su cola y el color rojizo de su pelaje, que podrían evocar la llama de un fuego, entre ellos Sebastián de Covarrubias (1611) en el artículo harda, donde dice que «el nombre castellano harda, quitada la aspiración, puede venir del verbo arder porque es ardiente, fogosa y presta y tan inquieta que nunca está queda; y así la llaman por otro nombre pyrolos que vale tanto como ‘fogoso’, del nombre griego pyrrós, ignis».
ardite La palabra ardite no es de mucho uso en la lengua, empleándose de manera casi exclusiva en expresiones como no dársele un ardite o no me importa un ardite, donde más parece un eufemismo por no emplear otras voces malsonantes que pueden aparecer en ese tipo de construcciones. La voz es de procedencia gascona, y en su origen servía para nombrar una moneda de oro acuñada en Aquitania por el Príncipe Negro (Eduardo de Woodstock, Príncipe de Gales, 1330-1376). Esa forma es probable que procediera del inglés farthing, nombre de una moneda antigua de reducido valor. El nombre gascón sirvió después para nombrar una ‘moneda de poco valor que hubo antiguamente en Castilla’, como reza la primera acepción del diccionario académico. Por su escaso valor, pasó a nombrar también cualquier ‘cosa insignificante o de muy poco valor’, como recoge ese mismo diccionario en la segunda acepción, sentido con el que se emplea en expresiones como las citadas, con las que se da a entender que no le concedemos la menor importancia a aquello de lo que se habla, que no le prestamos atención ninguna.
armario El armario es el ‘mueble con puertas y anaqueles o perchas para guardar ropa y otros objetos’, según la definición académica. Procede de la voz latina ARMARĬUM, que originalmente significaba ‘lugar donde se guardan las armas’, de donde pasó a designar el mueble en que se podían guardar diversos objetos, no solamente armas. Fr. Diego de Guadix (1593) pretendía que procediese del árabe, por interpretar mal una de las variantes de la palabra, aunque sin desconocer su origen latino: «almario llaman en algunas partes de España a un alhacenilla de madera o ventana ciega en la pared, con sus portezuelas, para reponer y guardar en ella cosas. Consta de al, que en arábigo significa ‘la’, y de mario o almario, que en latín significa esta dicha alhacenilla, así que todo junto, almario, en arábigo y latín significa ‘la alhacena’. Parecer ha sido de hombres doctos que este nombre no es almario, sino armario, que es corrupción de este nombre latino armarium; tome el lector lo que más cuadrare con su ingenio». Sebastián de Covarrubias (1611) recogió la