Acercamientos multidisciplinarios a las emociones. Rosario Esteinou
o como emocionales” (Reddy, 2014). Es decir, este modelo rompe con la idea de que existen emociones básicas, que son detonadas como respuestas involuntarias al medio. También con la idea de una subdivisión cerebral de funciones asociada con la evolución y con la distinción razón/emoción. La emoción pasa por un proceso de apreciación, aunque no sea consciente y por eso, es distinto el miedo a un oso del miedo a tener cáncer.19 Y, finalmente, rompe con la idea de causalidad tradicional, lo que aparece son redes que se activan sin poder clarificar en dónde inició el procesamiento de la información. Como reconoce el neurólogo Marco Iacoboni: “la captura de imágenes cerebrales es fascinante, pero nos brinda sólo información correlativa […] no contamos con ninguna información sobre el papel causal de los cambios observados en la actividad cerebral” (Iacoboni, 2013: 92).
Esta disputa no ha quedado zanjada y, cuando en los noventa se comienza a utilizar la “tecnología de los escáneres” parecía que se confirmaba la teoría de las emociones básicas. En estas primeras investigaciones, la amígdala aparecía como la región del cerebro que respondía “rápida y automáticamente a estímulos de miedo...” (Reddy, 2014). Como afirma Reddy, efectivamente se ha confirmado el papel de la amígdala en esta respuesta “tan rápida y automática”. Pero, como apunta el mismo autor, el escaneo cerebral se volvió más sofisticado y se encontraron diferencias entre seres humanos y animales. Es decir, aunque en estas respuestas involuntarias la amígdala aparecía de manera predominante, en los casos humanos, también se activaban zonas de lo que hemos denominado neocortex.
Varios autores (Franks y Turner, 2013; Reddy, 2014; Gross y Preston, 2014) reconocen que esta disputa no ha terminado, y la visión de las emociones básicas sigue teniendo una fuerte presencia en la neurociencia. Los autores también concluyen que la segunda visión es la que resulta más compatible con las ciencias sociales y humanidades y como afirman Gross y Preston, la incompatibilidad parecería ser no entre ciencias sociales y neurociencia sino al interior de la propia neurociencia. Esta disputa se divide entre quienes apoyan la visión de que existen emociones básicas, por un lado, y aquellos que proponen una visión de las emociones como un continuo.
Hacia una colaboración interdisciplinar
Nos parece que los científicos sociales tienen muchas más posibilidades de diálogo con aquellos que sostienen la posición de las emociones como algo no meramente evolutivo, y además asociado con procesos de cognición. Esto es así porque desde nuestra perspectiva, la ciencia social, en general, y la sociología, en particular, mayoritariamente enfatizan que las emociones no son respuestas universales, sino que dependen de un contexto cultural e histórico. Aunado a esto, afirmar que se incluye la cognición supone que el reconocimiento de las emociones pasa por un tamiz simbólico que permite el reconocimiento de emociones precisas dependiendo del contexto y de quiénes sean nuestros/as interlocutores.20 Además, como se presentó en el apartado anterior, pensar en un cerebro sistémico o que trabaja de manera holista supone eliminar las distinciones emoción/razón como procesos que se realizan en diferentes partes del cerebro y justifican su separación como cuestiones diferenciadas en nuestra percepción/acción sobre el entorno. En ese sentido, proponemos que hay una convergencia entre estos neurocientíficos y lo que en ciencias sociales se ha llamado el “desdibujamiento de las duplas” (cfr. García Andrade y Sabido, 2014: 13). Éste supone un giro en las ciencias sociales actuales que cuestionan diversas nociones que han aparecido como oposiciones en el pensamiento social y, por ende, en el pensamiento científico. Para este caso, nos interesan el desdibujamiento de la dupla mente/cuerpo y la dupla razón/emoción.
La primera está sostenida en el pensamiento cartesiano que separa el cuerpo con sus propios procesos de la mente como una función emergente y propia de los seres humanos. La separación carne/alma tiene su correlato en la separación emoción/razón. La emoción y la carne están asociadas por su relación con la animalidad, la falta de control, de cognición, de planificación. La mente y la racionalidad se conjugan para hablar de lo más elevado del ser humano, de la planificación e incluso de la aparición de sociedades “modernas”. La neurociencia, como vimos anteriormente, independientemente de su especialización concuerda con que “los procesos mentales residen en el cerebro” (Rose y Abi-Rached, 2013: 43). Esto quiere decir que, por ejemplo, la melancolía no es una cuestión etérea, sino que tiene su sede en un proceso orgánico cerebral. No podemos separar nuestros pensamientos de nuestro cuerpo: mente y cuerpo (cerebro) son dos caras de lo mismo. Ciertamente esta visión a medida que se precisa adquiere matices diversos y por ello, aunque a un nivel general, los científicos que se adscriben a la neurociencia estarían de acuerdo con estas premisas, sólo aquellos que —como mencionamos— aunan esta creencia con la idea de un cerebro sistémico y con el rompimiento de la dupla razón-emoción permiten un diálogo más terso y la posibilidad de intercambios.
Para mostrar este punto, elegimos el planteamiento del neurólogo portugués Antonio Damasio.21 Su visión de la relación mente/cuerpo y razón/emoción nos parece proclive a generar enlaces entre disciplinas. No en balde hemos encontrado varias autoras y autores de diversas disciplinas que entablan un diálogo con su propuesta. Para esta sección, presentaremos la propuesta de Antonio Damasio en torno a las dos duplas y finalizaremos con los diálogos que establecen algunos científicos sociales con el autor.
Antonio Damasio escribe Descartes’ Error en 1994, en él considera que las ciencias han sido cartesianas en tanto la actividad del cerebro se ha explicado sin tomar en cuenta el resto del organismo. En su prólogo de 2005 afirma que cuando publicó su libro, la idea de pensar al cerebro relacionado con el cuerpo o de romper con la división razón/emoción era temeraria. Sin embargo, como él mismo relata, en los años siguientes aparecieron los libros The emotional brain de Joseph Le Doux y Affective Neuroscience de Jaak Panksepp (Damasio, 2005: Prefacio), relacionados con la dupla razón/emoción; y pocos años antes, The Body in the Mind: The Bodily Basis of Meaning, Imagination, and Reason de Johnson o The Embodied Mind de Varela, Thompson y Rosch ya trataban acerca del desdibujamiento de la dupla mente/cuerpo (Damasio, 2005: cap.9). Es decir, la idea del rompimiento de las dualidades aparece en la neurociencia y Damasio es una de sus voces. Quizá por la agilidad con la que escribe y describe temas complejos, quizá debido a un trabajo editorial (del que no se ha dado seguimiento), lo cierto es que sus ideas han sido captadas por varios científicos sociales como mencionamos anteriormente.
Por ello, dedicaremos algunas líneas a mostrar lo que nos parece pertinente del argumento de Damasio y cómo se puede conectar con la investigación sobre lo que hemos planteado como amor corporeizado desde nuestra disciplina, la sociología.
Para el autor, el desarrollo del cerebro22 —sus conexiones y procesos neuronales— es posible porque éste es parte de un cuerpo (lo que Damasio llama el soma), de un organismo biológico. El proceso de toma de decisiones (que supone racionalidad) y las emociones están conectadas y relacionadas con el cuerpo situado que puede quedar “marcado” en su relación con el ambiente (que puede verse como el entorno natural, pero también como el entorno de relaciones sociales en las que se inscribe el ser humano). Entonces, como él mismo indica, los experimentos mentales que hacían los escépticos para cuestionar la idea de una realidad existente más allá de la consciencia, no son válidos. Para Damasio, un cerebro conectado a impulsos eléctricos no daría la misma realidad que un cerebro en un cuerpo y ese cuerpo en un medio. La realidad no es sólo la que percibe la conciencia, es la realidad construida por el cuerpo/mente en su relación con un entorno que existe. Un ejemplo es el de la visión. Como otros científicos han mostrado, ver no es sólo un proceso neural que incluye la percepción de luz. Ver objetos supone un cuerpo que puede ubicarlos espacialmente y manipularlos. Tal y como lo muestra el caso de Oliver Sacks (afamado neurocientífico, recientemente fallecido) en el icónico caso de Virgil, el paciente adulto, ciego durante 50 años que es sometido a una operación, aunque físicamente es capaz de percibir ondas de luz, no puede ver. En algunos casos no tiene las dimensiones, la profundidad y, en otros, no tiene el concepto para verlo. Tal como relata el paciente, en el primer momento que le quitaron la venda después de operarlo de los ojos, “no tenía ni idea de lo que estaba viendo. Había luz, había movimiento, había color, todo mezclado, todo sin sentido, en una mancha” (Sacks, 2015: 554).