Pasiones lacanianas. Patricia Moraga

Pasiones lacanianas - Patricia Moraga


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el cuerpo? Hay en esto algo extraordinariamente sugestivo. Algunos incluso le dan este sentido al inconsciente.

      Es el estilo de Lacan, dice que algunos (algunos como Freud –agreguemos–) le dan este sentido al inconsciente.

      Sin embargo, si hay algo que desde el origen he articulado con cuidado es que el inconsciente no tiene nada que ver con el hecho de que uno ignore montones de cosas respecto de su propio cuerpo. En relación con lo que se sabe, es de una naturaleza completamente distinta. Se saben cosas que dependen del significante.

      Me detengo un momento aquí para indicar que ya tenemos una orientación. Lacan hace una contraposición entre lo que se sabe y lo que no se sabe. Y dice que algunos piensan que lo que no se sabe –por ejemplo, lo que no se sabe sobre lo que pasa en el cuerpo– tiene que ver con el inconsciente; pero ¡atención! cuando aquí él habla de saber y, consecuentemente, de no saber, su referencia no es el significante reprimido que anteriormente lo condujo a definir el inconsciente como un saber no sabido. Esa era su manera de referirse a la represión: lo que se sabe –o no– depende de la localización del significante, como lo puso de relieve con la escritura de la metáfora y de la metonimia.

      El inconsciente según Freud –al menos así lo lee Lacan en este párrafo– es justamente la relación entre algo que proviene de un cuerpo que nos es ajeno y una cadena significante que lo significa. ¿Qué sentido dar entonces a eso que Joyce testimonia? ¿Qué es lo que Joyce nos enseña? No es lo que Freud enseña. No se trata simplemente de la relación con su cuerpo, sino –si puedo decirlo así– de la psicología de esa relación. Palabra completamente sorprendente en boca de Lacan.

      Está Joyce, está el cuerpo, está la relación que hay entre Joyce y su cuerpo, y a esa relación Lacan la vincula con la psicología. La psicología de esa relación. Después de todo, sigue Lacan:

      … la psicología no es otra cosa que la imagen confusa que tenemos de nuestro propio cuerpo. Pero esta imagen confusa implica un afecto, para llamar a las cosas por su nombre. Si se imagina justamente esta relación psíquica, hay algo psíquico que se afecta, que reacciona, que no está separado, a diferencia de lo que nos testimonia Joyce tras haber recibido los bastonazos de sus compañeros. En Joyce solo hay algo que no pide más que irse, desprenderse como una cáscara.

      Resulta curioso que haya gente que no experimente afecto por la violencia sufrida corporalmente.

      Sigue después una consideración en la que dice que quizás le resultó placentero a Joyce porque no se descarta su masoquismo, etc. Eso es lo crucial.

      Este párrafo, donde se une la dimensión del cuerpo con la dimensión del afecto, es lo que me orienta para este seminario, es mi brújula. Es decir, vamos a hablar del afecto porque vamos a hablar del cuerpo, o viceversa.

      ¿Qué lleva a Lacan a hablar de la psicología? La psicología, dice, no es otra cosa que la imagen confusa que tenemos de nuestro propio cuerpo. Un poco antes había dicho: «¿Quién diablos sabe lo que le pasa a su cuerpo?». Y a este quién diablos sabe responde la afirmación posterior. Precisamente, porque no se sabe, existe la psicología, que trata de elaborar un saber sobre esa idea confusa –subrayo la palabra idea– que tenemos de nuestro propio cuerpo.

      Seguramente ustedes cursaron la carrera de Psicología, como es mi caso, aunque la mayoría la debe haber cursado algunos años después. Yo entré en la facultad en el año 66, con el golpe de Onganía. Me anoté en una carrera y cursé otra. Pensaba escuchar a los psicoanalistas y terminé escuchando a fenomenólogos. En fin, entre que me inscribí y empecé la carrera, el mundo había cambiado para algunos de nosotros. Una de las materias era Psicología General. Probablemente ahora en Psicología General se estudia a Lacan, pero en mi época no. En mi época, leíamos a Brentano hasta que se nos caían las pestañas.

      En Psicología General se estudiaban las funciones. Había un capítulo dedicado a la memoria, otro, a la atención, otro, a la percepción. La Psicología General era el lugar donde se estudiaban las facultades de la psique, eso que no se sabía cómo llamar; no querían llamarlo mente por las connotaciones que tenía, tampoco querían llamarlo alma, entonces lo mejor era hablar en griego. Cuando uno no sabe cómo nombrar algo recurre al griego: psyché. De esta manera uno no se compromete ni con la filosofía ni con la religión. Entonces, la Psicología General era el estudio de las facultades de la psique. Así se tenía una idea de cómo funcionaba el cuerpo, qué llamaba la atención de nuestros sentidos, qué los distraía, qué dejaba una huella, qué olvidábamos. Es finalmente la relación entre el Innenwelt y el Unwelt, para decirlo en los términos que le gustaban a Lacan en esa época. Es precisamente la manera en la que un cuerpo se conecta con los otros.

      ¿Qué idea tiene uno del cuerpo? Los que tienen una idea del cuerpo son los esquizofrénicos. Ellos no se interesan por la anatomía ni por la Psicología General. Saben que hay un cuerpo que no se acomoda al Unwelt, que se transforma, cuyos órganos no siempre están, que se pierden o que no funcionan. El esquizofrénico tiene una idea de su cuerpo que no forma parte de la experiencia del neurótico, cuya posición fundamental es la de no saber nada de su cuerpo además de no querer saber nada de su cuerpo.

      En este párrafo, Lacan llama afecto a la relación peculiar entre un sujeto y su cuerpo. Aunque no es seguro que podamos hablar tan fácilmente de sujeto en esta circunstancia. No es seguro que así como afirmamos que un significante representa a un sujeto para otro significante, podría decirse que el afecto representa al sujeto para otro. No es seguro que esa equivalencia pueda funcionar. Por supuesto, sé lo que ustedes piensan: hay que llamarlo parlêtre. Entonces damos vuelta la hoja y seguimos de largo. No es mi idea, sería como decirlo en griego, pero esta vez usando el francés. Cuando no sabemos qué nombre darle a ese «sujeto» que no se relaciona con los significantes, sino con el cuerpo, lo llamamos parlêtre. Pero primero tendríamos que tener una idea de a qué llamamos parlêtre.

      En todo caso, Joyce, que no experimenta ningún afecto cuando le dan una paliza, se convierte en la vía de acceso para pensar el cuerpo separado, no afectado. Y cuando no se es Joyce, ¿qué se experimenta? Joyce es el contraejemplo, pero ¿qué pasa cuando alguien que no es Joyce tiene con su cuerpo una relación donde entra a jugar eso que, oscuramente, llamamos afecto? Es fácil si se da un paso más. Y con esta lectura del contraejemplo joyceano termino mi segundo punto.

      Zoología

      Mi tercer punto en este «paso más» es distinguir la palabra afecto de los sinónimos que podríamos encontrar en el diccionario: sentimientos, emociones. No tenemos la suerte de poder desprendernos de eso fácilmente. Pero la cosa se aclara un poco si se vincula el afecto con aquello que es afectado por otra cosa. No como algo vivido, inefable, sino vinculado con el impacto que produce algo sobre algo, algo que afecta a otra cosa. Es en esta dirección que se abre una vía de exploración.

      Me enteré –preparando esta clase– que la palabra afecto es una palabra que en francés se empezó a usar en el año 1951, en el sentido de mis afectos. Una palabra completamente inusual que proviene del lenguaje de la psicología. La psicología hace entrar en la lengua francesa una palabra técnica que después se populariza. Miller indica –no tengo aquí la referencia– que, a diferencia del italiano y del español, que tienen la palabra afecto incorporada a la lengua común, en Francia esa palabra no existió hasta el año 1951. Existía en el sentido de ‘un destacamento es afectado a la ciudad tal y tal’ o ‘afecciones’. Pero no el afecto en el sentido psicológico. Por ejemplo, en el Seminario de La angustia, Lacan habla de emociones, no utiliza la palabra afecto, que tal vez resuene poco para los oídos franceses.

      Entonces, la vía de acceso podría ser pensar el afecto como lo que afecta a otra cosa. Ahí sí se abre un terreno que vale la pena explorar, ¿qué afecta y qué resulta afectado? Pasamos de la definición sustancial, de aquello que el afecto es, a una definición más operacional: ¿qué cosa afecta qué? Y ahí se abre un problema especialmente interesante porque la respuesta inmediata que podríamos dar es que las palabras afectan al cuerpo. Lo sabemos en carne propia, como se dice. Sabemos que hay palabras que nos hacen reír –la risa concierne al cuerpo–, sabemos que hay palabras que nos hacen llorar, sabemos que hay palabras que nos ponen la piel de gallina. En fin, podríamos hacer una


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