Philip Dick con Jacques Lacan. Fabián Schejtman
entre susurros –año 1982–, (5) algunos integrantes de las cátedras Psicoanalítica I y Psicoanalítica II del profesor Ostrov, y también los grupos de estudio que en esa época amplificaban mis primeros balbuceos lacanianos. Un azar produjo, luego, el cruce: me encontré con SIVAINVI –novela de la última fase de la producción de Dick– (6) en el tiempo en que me introducía en la lectura del seminario de Lacan sobre Las psicosis. (7)
Era 1984, cursaba Psicopatología en la cátedra del profesor Mazzuca. (8) Estaba enfocado de lleno en la lectura de las memorias de Schreber, (9) del historial que Freud le dedicó (10) y de aquel seminario en el que Lacan más lo comentó, cuando SIVAINVI llegó a mis manos y la experiencia “mística” (11) a la que Philip Dick alude en ese libro (12) comenzó a resonar en contrapunto con la del presidente Schreber. (13) Ello me convocaba a leerla con las herramientas que iba encontrando en ese seminario de Lacan. Recuerdo haber pensado entonces que si Freud en su escrito sobre Schreber se había tomado el trabajo de advertir que su teoría libidinal era previa a su encuentro con el texto del magistrado poniéndose de ese modo a salvo de cualquier sospecha de plagio, (14) no me hubiese asombrado en nada hallar en Lacan una defensa análoga de su originalidad, pero en este caso referida a Dick, que me parecía extraordinariamente lacaniano.
Aquellas resonancias no hicieron hasta entonces más que incrementar el entusiasmo que la lectura de los escritos de Philip Dick me provocaban, acentuar el gusto que me producía encontrarme con su tratamiento absolutamente original de los más delicados problemas políticos, psicológicos, filosóficos o religiosos, tomando como formato de base, como ladrillos para la construcción de sus cuentos y novelas, los tópicos más frecuentados, los clichés más convencionales y remanidos de la ciencia ficción norteamericana que lo precedió o de su época, pero retorciéndolos al punto de trastornar enteramente al género mismo hasta sus cimientos, con una ironía y un humor incomparables que equilibran esa tendencia a la entropía que se cuela indefectiblemente en cada uno de los mundos que propone.
Ahora mismo, mientras escribo estas líneas y releo a Dick, me sigue impresionando como un escritor tan creativo y perturbador que oscurece cualquier intento de captura psicoanalítica o psicopatológica. Su obra escapa una y otra vez de las redes que pretenden atraparla. Bestia extraña en el universo de la ciencia ficción, mezcla inusual de genialidad y desvarío, resiste a cualquier intento de domesticación. Seguramente es una de las razones más importantes por las que me tomé un buen tiempo antes de avanzar en la dirección que ya se entreabría para mí en 1984. Me tomó décadas y múltiples ensayos preliminares llegar a encontrar el modo de transmitir por escrito lo que fui elaborando.
Quedaba descartado de inicio, por inconducente, cualquier abordaje que pretendiese reducir su arte a psicobiografía. Ninguna psicología podrá explicar jamás la obra de un artista apelando a lo mucho o lo poco que fue amamantado por su madre, a la presente, ausente, torpe, eficaz o infeliz figura paterna que le tocó en suerte, a la influencia de tal muerte, nacimiento, engaño o trauma de cualquier especie en su existencia. Es preciso pasar de ese psicologismo barato. Y si eso es válido en general, lo es más tratándose de Dick, cuya vida tan singular y llena de percances de todo tipo se presta especialmente a ser zamarreada –se lo ha hecho– en el intento de elucidar su obra. Que las marcas de una vida se deslicen en la obra de arte de quien la produce ya lo sabía Perogrullo. Pero creer que se dilucida algo con ello es otra cosa. Y antes que intentar explicar el arte, es mejor dejarse enseñar por el artista –que como señalaban Freud y Lacan, siempre nos lleva la delantera– y por sus síntomas: dejarse instruir por el uso que hace de los mismos en su operación.
Varias veces detuve, entonces, el impulso a pasar por escrito mis elaboraciones. Lo hice, mientras las ponía a prueba entre tanto en un intercambio con otros. De ese modo, aquello que Philip Dick me enseñaba con el tiempo se expandía y también se modificaba a partir de esas interlocuciones. En diversas clases, exposiciones y conferencias probé distintas aproximaciones psicoanalíticas a su obra. Ensayo y error: cada vez que Philip y sus escritos se soltaban de mis ajustes, los dejaba ir por un tiempo. Intenté no forzar esa resistencia. Ello me entregaba la posibilidad de una próxima acometida. Y la siguiente… fracasaría mejor, para decirlo con Beckett.
Hacia 1993 me topé con el estudio que Pablo Capanna le dedicó en su Idios Kosmos, en su primera edición distribuida por Axxon… ¡en disquete! (15) Hasta entonces había leído breves artículos sobre la vida y la obra del escritor, pero éste era el primer “libro” biográfico con el que me encontraba. Hallé en él numerosos elementos en los que apoyarme y un aliciente para dar un primer paso en la elaboración. Así, en octubre de 1995, presenté en la Escuela de la Orientación Lacaniana (16) los primeros resultados de mi labor con el título, un tanto pomposo: “SIVAINVI: psicosis y escritura en Philip K. Dick”. Llevé conmigo en esa oportunidad sólo unas notas, tres o cuatro libros de Dick (comenzando por SIVAINVI, obviamente) y una impresión con varios párrafos del estudio de Capanna.
Luego de recomendar fervorosamente la lectura de Philip Dick, abordé la función de la escritura en su obra articulada con una psicosis –la del propio Dick– que se manifestó a través de una profusión de síntomas, dos intentos de suicidio, varias internaciones psiquiátricas y años de terapia ambulatoria en instituciones públicas, que se suman a sus consultas a psiquiatras, psicoanalistas y terapeutas de diversas especies, pero que también acompañó e influyó decisivamente sobre el desarrollo de su producción literaria. En síntesis, probé situar las transformaciones que fue sufriendo su escritura al ritmo que imponía el desarrollo de su psicosis y, en contrapunto, las modificaciones que éste presentaba como resultado del tratamiento que aquella le imprimía.
Tras ese primer intento, no demasiado conforme con los resultados, dejé en reposo esos despliegues iniciales y por un buen tiempo no volví sobre ellos. Por supuesto, no abandoné, entre tanto, a Dick: leí cuanto relato suyo caía en mis manos, lo mismo que las novelas que hasta entonces no conocía; no dejé pasar, tampoco, las películas que ya se rodaban en ese tiempo, basándose o inspirándose en sus escritos. Por otra parte, desde mediados de los ’90 comenzaba mi investigación sobre la “importación” de elementos de la teoría de nudos al psicoanálisis que Jacques Lacan promueve en su última enseñanza (17) y, antes del fin de esa década, ya avanzaba sobre la oposición neurosis-psicosis sostenida en el distingo entre cadenas borromeas y no borromeas. (18)
Años después me encontré con otras dos biografías de Dick: la extensa y minuciosa obra de Lawrence Sutin (19) y la estupenda versión novelada escrita por Emmanuel Carrère. (20) Entusiasmado –especialmente por esta última–, (21) volví al ruedo con renovados bríos. En 2004, en un curso de posgrado que dictaba por entonces en la Universidad de La Plata sobre “Psicoanálisis y literatura”, introduje mi elaboración sobre Dick en el programa. Imposible dejarla fuera de esa asignatura. También la incluí acotadamente en una conferencia que, sobre aquel mismo tema, dicté en 2006 en la sede Miami de la Nueva Escuela Lacaniana (NEL) del Campo Freudiano. Ya por entonces y en los años siguientes retomé esos desarrollos, integrándolos en algunas de mis clases teóricas en la Cátedra II de Psicopatología de la Facultad de Psicología de la UBA. Ya era su profesor titular, ¡claro que podía darme ese gusto!
En noviembre de 2011, Ernesto Sinatra me invitó a dictar una clase en el programa de seminarios especiales “Vidas ilustres en la perspectiva del sínthoma”, a su cargo, en el Instituto Clínico de Buenos Aires. En esa oportunidad presenté a Dick y su producción literaria sirviéndome del par conceptual síntoma-sinthome que, desde varios años atrás, ya me parecía comportar un valor clínico crucial. (22) Titulé aquella intervención: “Philip K. Dick: escribiendo síntoma, escribiendo sinthome”. Entretanto, en las clases que dictaba en la Maestría en Psicoanálisis de la UBA (23) y en la Maestría en Clínica Psicoanalítica de la UNSAM, (24) introducía lecturas de breves fragmentos de novelas de Dick.
Recuerdo haberme divertido mucho, por ejemplo, al leer a mis alumnos la desventura de Egon Superb, el último psicoanalista en ejercicio sobre la tierra que, en un futuro pergeñado por el escritor en Simulacra, (25) en el cual el psicoanálisis está prohibido por ley y ha perdido su lugar por el avance implacable de la “drogo-terapia”, intenta de todos modos llegar a su consultorio en San Francisco para