Capacitados para restaurar. Jay E. Adams

Capacitados para restaurar - Jay E. Adams


Скачать книгу
referirse a la elaboración práctica de los principios bíblicos y las técnicas descubiertas en la lectura respecto a cómo han de aplicarse bajo circunstancias variadas en los distintos casos para aconsejar. Las personas en la clase es posible que deseen compartir problemas sobre aconsejar que pueden haber encontrado ellos mismos y a los cuales se aplica el capítulo que se discute (el líder debería aplazar las preguntas cuando se refieren a asuntos que se hayan de tratar en capítulos posteriores).2 Al compartir las experiencias reales, el líder debe dejar bien claro que todos los casos deben ser irreconocibles en cuanto a su identidad. Esto quiere decir que todos los factores identificadores (nombres, fechas, lugares, características especiales) deben ser totalmente omitidos. El líder debe asegurarse de ser totalmente estricto en que no hay violación alguna de esta regla inflexible. Debe interrumpir al instante todo relato que pudiera ser identificado en una forma u otra. ESTA REGLA DEBE SER OBSERVADA DE MODO ESTRICTO. Recuérdese que Proverbios advierte constantemente contra el chismorreo; Santiago 4:11 puede ser leído, junto con otros pasajes del final del capítulo 4 de Efesios, cuando se da cuenta de esta regla en el primer período de discusión. Algunos grupos pueden preferir hacer la discusión de otros casos inventados, en vez de permitir discusión de casos reales. Otros pueden preferir hacer los dos. Para este objeto hay un libro que contiene 140 situaciones para aconsejar que han sido preparadas; se titula El libro de casos del consejero cristiano. Al final de cada clase el secretario debe registrar en un «Libro de conclusiones« las que se hayan alcanzado. Estas conclusiones, cortas, de una frase, deberían ser objeto de acuerdo por parte de todos. Al final del curso el libro puede ser mimeografiado y se da una copia a cada miembro de la clase.

      En segundo lugar, en situaciones en que la clase tiene un carácter más formal, muchos de los procedimientos mencionados antes pueden ser apropiados. Pero, además, el maestro puede asignar uno de los cuatro libros antes mencionados como lectura requerida fuera de la clase. Puede requerirse un pequeño trabajo escrito o ensayo, al final del curso, informando sobre lo leído, así como la aplicación de los principios aprendidos en el mismo a uno o más problemas presentados en la clase.

      Naturalmente, hay muchas variaciones de estos temas. Pero no es conveniente que se ponga mucho énfasis en otros libros, puesto que esto significaría anular el propósito de éste. Si se desea ampliar el objetivo del presente libro, es mejor usar Más que redención y uno o más de los otros tres.

      Naturalmente, este libro puede ser usado también de modo individual.

      Sé que hay mucha necesidad de un volumen como el presente; son a centenares los miembros de iglesia, así como sus pastores, que me lo han pedido. A fin de satisfacer esta necesidad, edificar la Iglesia de Cristo y honrarle a Él como Señor, lo ofrezco para los propósitos que Él quiera usarlo.

      JAY E. ADAMS

      The Milhouse

      Juliette, Georgia

      1980

line

      Capítulo 1

      ¿QUIÉN DEBE ACONSEJAR?

      ¿Es el aconsejar cristiano la obra de un grupo de personas muy especializadas? ¿Pertenece sólo a los pastores y a los ancianos de las iglesias exclusivamente? ¿Qué pasa con el miembro regular de una iglesia cristiana, hombre o mujer: tienen ellos un ministerio de aconsejar al cual Dios los haya llamado como legos? Estas preguntas y otras similares me las han hecho muchas personas docenas de veces, casi cada semana del año.

      La respuesta es simple, pero profunda: Dios llama a cada cristiano a aconsejar a otros, en algún punto, algún tiempo, sobre algo, pero no los llama a aconsejar a cada persona, bajo toda situación, en todo tiempo, sobre todo. Procuraré explicar esta afirmación en el resto de este capítulo. En Gálatas 6:1 leemos:

      «Hermanos, si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado.»

      A este versículo puede añadirse Romanos 15:14:

      «Pero estoy convencido de vosotros, hermanos míos, de que vosotros mismos estáis llenos de bondad, llenos de todo conocimiento, y capacitados también para amonestaros los unos a los otros.»

      Y en Colosenses 3:16:

      «La Palabra de Cristo habite ricamente en vosotros, enseñándoos y amonestándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos, himnos y cánticos espirituales.»

      Estos versículos, de modo claro, hacen entrar de pleno a todos los cristianos (todos los que «tienen el Espíritu») en la tarea del aconsejar.

      La orden es clara: tenemos todos que «restaurar» a cualquier hermano o hermana a quien Dios haya colocado providencialmente en nuestro camino de cada día. Pero, al mismo tiempo, hay varias consideraciones importantes que hemos de mencionar. El fallar en hacerlo daría una impresión falsa de lo que Dios requiere.

      Primero, notemos la palabra «restaurar». La palabra es importante. El original griego de la palabra (el Nuevo Testamento fue escrito en griego) era usado por los pescadores y los médicos cuando describían el reparar las redes o el reducir una fractura. Llamaban a esta tarea «restauración». Una red rasgada tiene muy poco valor, los peces se escapan por el agujero. Lo mismo un hueso roto es inútil, pues es imposible apoyarse en él. Pero cuando las redes son reparadas y los huesos reducidos, decimos que han sido restaurados a su uso propio.

      Después de la restauración, la red o el brazo vuelven a funcionar como deben. Éste es precisamente el objetivo del aconsejar cristiano que se nos presenta delante en Gálatas 6:1. Al sobrellevar la carga del aconsejar a aquellos que están en necesidad ( y el aconsejar es una carga), uno procura restaurar al hermano o hermana que yerra a la utilidad en la Iglesia de Cristo, para su honor y para el beneficio de ellos (cfr. Gál. 6:2 con 6:5). El consejero no asume las responsabilidades del hermano (no es esto lo que dice el v. 2); lo que hace es llevar la carga de la necesidad de aconsejar, de modo que el hermano mismo sea capaz de llevar sus responsabilidades (v. 5). Esto es restaurar: restaurar a otro a un lugar de utilidad en la Iglesia del Señor.

      Si en algún punto se ve que es necesario remitir al hermano a un anciano o al pastor, es prudente que la referencia que hagas sea no sólo del aconsejado, sino de ti mismo. Al hacerlo,


Скачать книгу