Maestros de la Prosa - O. Henry. August Nemo

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adornos habían desaparecido.

      Pero Delia las oprimió contra su pecho y, finalmente, fue capaz de mirarlas con ojos húmedos y con una débil sonrisa, y dijo:

      -¡Mi pelo crecerá muy rápido, Jim!

      Y enseguida dio un salto como un gatito chamuscado y gritó:

      -¡Oh, oh!

      Jim no había visto aún su hermoso regalo. Delia lo mostró con vehemencia en la abierta palma de su mano. El precioso y opaco metal pareció brillar con la luz del brillante y ardiente espíritu de Delia.

      -¿Verdad que es maravillosa, Jim? Recorrí la ciudad entera para encontrarla. Ahora podrás mirar la hora cien veces al día si se te antoja. Dame tu reloj. Quiero ver cómo se ve con ella puesta.

      En vez de obedecer, Jim se dejo caer en el sofá, cruzó sus manos debajo de su nuca y sonrió.

      -Delia -le dijo- olvidémonos de nuestros regalos de Navidad por ahora. Son demasiado hermosos para usarlos en este momento. Vendí mi reloj para comprarte las peinetas. Y ahora pon la carne al fuego.

      Los Reyes Magos, como ustedes seguramente saben, eran muy sabios -maravillosamente sabios- y llevaron regalos al Niño en el Pesebre. Ellos fueron los que inventaron los regalos de Navidad. Como eran sabios, no hay duda que también sus regalos lo eran, con la ventaja suplementaria, además, de poder ser cambiados en caso de estar repetidos. Y aquí les he contado, en forma muy torpe, la sencilla historia de dos jóvenes atolondrados que vivían en un departamento y que insensatamente sacrificaron el uno al otro los más ricos tesoros que tenían en su casa. Pero, para terminar, digamos a los sabios de hoy en día que, de todos los que hacen regalos, ellos fueron los más sabios. De todos los que dan y reciben regalos, los más sabios son los seres como Jim y Delia. Ellos son los verdaderos Reyes Magos.

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      Un cosmopolita en un café

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      A medianoche, el café estaba repleto de gente. Por alguna casualidad, la mesita a la cual estaba yo sentado había escapado a la mirada de los que llegaban, y dos sillas desocupadas, colocadas al lado de ella, extendían sus brazos con mercenaria hospitalidad al influjo de los parroquianos.

      En ese momento, un cosmopolita se sentó en una de ellas. Me alegré, pues sostengo la teoría de que, desde Adán, no ha existido ningún auténtico ciudadano del mundo. Oímos hablar de ellos y vemos muchas etiquetas extranjeras pegadas en sus equipajes; pero, en lugar de cosmopolitas, hallamos simples viajeros.

      Invoco a la consideración de ustedes la escena: las mesas con tabla de mármol; la hilera de asientos en la pared, recubiertos de cuero; los alegres parroquianos; las damas vestidas de media etiqueta, hablando en coro, de exquisito acento, acerca del gusto, la economía, la opulencia o el arte; los garçons diligentes y amantes de las propinas; la música abasteciendo sabiamente a todos con sus incursiones sobre los compositores; la mélange de charlas y risas, y, si usted quiere, la Würzburger en los altos conos de vidrio, que se inclinan hacia sus labios como una cereza madura en su rama ante el pico de un grajo ladrón. Un escultor de Mauch Chunk me manifestó que la escena era auténticamente parisién.

      Mi cosmopolita se llamaba E. Rushmore Coglan y de él se sabrá el próximo verano en Coney Island, pues me informó que instalará allí una nueva “atracción” que ofrecerá un benévolo entretenimiento. Y luego su conversación se extendió a lo largo de paralelos de latitud y longitud. Tomó el enorme y redondo mundo en sus manos, por así decirlo, con familiaridad y desprecio, y este no parecía más grande que la semilla de un cerezo marasco en una toronja de table d’hotel. Habló irrespetuosamente del Ecuador, saltó de continente en continente, se burló de las zonas y fregó los altos mares con la servilleta. Con un ademán, hablaba de cierto bazar en Haiderabad. ¡Puf! Lo llevaba a usted en esquí en Laponia. ¡Pif! Ahora perseguía los infractores, con los kanakas en Kealaikahiki. ¡Pronto! Lo arrastraba a usted a través de un pantano de robles de Arkansas, lo dejaba secar un momento, en las plantas de álcali, en las planicies de su rancho de Idaho; luego lo lanzaba a la sociedad de los archiduques vieneses. De pronto, le hablaba de un resfrío contraído por la brisa de un lago de Chicago y de cómo la vieja Escamila se lo curó en Buenos Aires con una infusión caliente de hierba chuchula. Usted podría haber dirigido una carta al “Señor E. Rushmore Coglan, la Tierra, Sistema Solar, el Universo”, seguro de que se la entregarían.

      Yo tenía la certeza de haber encontrado, por fin, el verdadero cosmopolita surgido después de Adán, y escuché su discurso mundial temeroso de descubrir en él la nota local del mero globetrotter. Pero sus opiniones nunca se agitaban ni decaían; era tan imparcial en cuanto a las ciudades, los países y continentes como respecto a los vientos o la gravitación.

      Y, mientras E. Rushmore Coglan parloteaba acerca de su pequeño planeta, pensé con alegría en un gran casi cosmopolita que escribió para el mundo y dedicose a Bombay. En un poema dice que hay orgullo y rivalidad entre las ciudades de la tierra y que “los hombres que surgen de ellas comercian de un lado a otro, pero se adhieren a los límites de sus ciudades como el niño a la falda de la madre”. Y, siempre que caminan “por ruidosas calles desconocidas”, recuerdan su ciudad natal “en la forma más leal, tonta y tierna, haciendo de su apenas musitado nombre vínculo sobre vínculo”. Me causó alegría el hecho de haber captado la descripción del señor Kipling. Había encontrado aquí a un hombre que no estaba hecho de polvo; que no tenía mezquinas ostentaciones de suelo nativo o país; que si se jactaba, lo hacía de todo su mundo redondo contra los marcianos y los habitantes de la luna.

      La conversación sobre estos temas le fue urgida a E. Rushmore Coglan por la música proveniente en dirección de la tercera esquina de nuestra mesita. Mientras él describía la topografía del ferrocarril siberiano, la orquesta se explayó a través de un potpurrí. El fragmento con que concluía era Dixie y, mientras las regocijantes notas terminaban, fueron casi ahogadas por un ruidoso aplauso surgido de casi todas las mesas.

      Vale la pena dedicar un párrafo para decir que esta extraordinaria escena puede ser presenciada todas las noches en numerosos cafés de la ciudad de Nueva York. Toneladas de cerveza han sido consumidas en el desarrollo de teorías que la expliquen. Algunos han conjeturado apresuradamente que todos los budistas de la ciudad se apresuran a refugiarse en los cafés al caer la noche. Este aplauso de la canción “rebelde” en una ciudad norteña realmente confunde un poco; pero la cuestión no es insoluble.

      La guerra con España, que durante muchos años fue una generosa cosecha de menta y sandías; algunos vencedores de tiro largo en el hipódromo de Nueva Orleáns y los brillantes banquetes ofrecidos por los ciudadanos de Indiana y Kansas, que componen la sociedad de Carolina del Norte, han hecho del Sur más bien una “moda” en Manhattan. Su manicura le balbuceará suavemente que el dedo índice de su mano izquierda le recuerda muchísimo al de un caballero de Richmond, Virginia. ¡Oh, sin duda! Pero muchas damas tienen ahora que trabajar... la guerra, usted sabe.

      Cuando se estaba ejecutando Dixie, un joven de cabellos negros surgió de algún lado con un grito de guerra de los Mosby y agitó frenéticamente su sombrero de blando borde. Luego se perdió entre el humo, se dejó caer en la silla desocupada de nuestra mesita y sacó un paquete de cigarrillos.

      La velada estaba en el período en que desaparece la reserva. Uno de nosotros mencionó tres Würzburgers al mozo; el hombre de cabellos obscuros agradeció que lo incluyeran en el pedido, dibujando una sonrisa y efectuando un movimiento de cabeza. Me apresuré a formularle


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