Semillitas vuelasiglos. Arturo Guerra Arias
con leche condensada.
El Evangelio te pide desapegarte de tus posesiones.
“Sí. Lo que pasa es que estamos en el siglo del consumismo y, por lo mismo, tengo que comprar y comprar, da igual si no lo necesito.”
O sea, cristianismo con tomate.
El Evangelio te invita a la oración.
“Sí, es importante, pero no hay tiempo, ¿no ves que soy una persona muy ocupada? El tiempo libre debe ser más bien para un café, un cigarro, una fiesta.”
O sea, cristianismo con relleno sabor chocolate.
El Evangelio te pide interrumpir tu camino, para curar al que está tirado en la calle.
“Lo sé. Pero hoy en día es peligroso. No sabes lo que puede pasar. Igual le ayudas y luego no te agradece.”
Cristianismo con leche descremada y un poco de mermelada.
El Evangelio te pide fidelidad.
“Bien pero uno debe tener sus propias ideas, yo comparto muchas cosas de las que dice Jesús, pero no estoy de acuerdo en algunos puntos de la moral.”
O sea, cristianismo con grageas multicolores.
El Evangelio te dice que estás de paso, que la vida es un soplo, que la aproveches minuto a minuto.
“Sí, bien, pero tampoco hay que amargarse, hay que aprovechar la vida haciendo lo que a uno le gusta, no sabes lo bien que yo me llevo con la pereza.”
O sea, cristianismo con mostaza.
¡Cristianismo con mostaza, por favor!
A su Evangelio:
Cristo no le puso ketchup ni mayonesa ni tomate.
Él no le agregó azúcar ni miel silvestre ni grageas multicolores.
Él no lo cubrió con un relleno sabor chocolate ni mermelada.
Él no le añadió leche condensada ni descremada.
Cristo no neutralizó su Evangelio con mostaza.
El cristianismo se sirve solo. O se vive como es, o no es cristianismo.
Cuando estudiaba filosofía en Roma (1994-1996) una vez un sacerdote estadounidense, en una sobremesa, nos hizo ver de pasadita cómo los cristianos a veces le ponemos mostaza a la fe. Aquello me llamó tanto la atención que nunca se me olvidó. Años después, fui desentrañando la metáfora hasta que quedó esta reflexión. Otro dato curioso más: a aquel buen sacerdote de Estados Unidos lo llamábamos “Padre Cioccolato”. ¿Por qué? Porque cuando nos visitaba, nos traía una maleta llena de chocolates.
La lucha de Lalito
No hablaba todavía. Lalito era muy pequeño. Buena parte de su jornada se le iba en dormir, comer, reír, llorar, gatear y conocer mundo. Todo llamaba su atención: aquella hormiguita que él no acertaba a aplastar con toda la precisión deseada; la corbata azul de la camisa blanca de su papá; una galleta de animalitos de la merienda; el moño rojo tan bien puesto en el chongo de su hermanita mayor; la nariz de aquel perro viejo de casa, tan paciente; el arete de oro que pendía de la oreja de mamá…
Fue en medio de esta vorágine de experiencias que a cierto amigo de la familia se le ocurrió visitarla. Lo recibió muy amable. Mientras los adultos charlaban distendidamente en la sala, a Lalito lo sentaron en sus piernas.
Lalito iba a lo suyo. Pronto descubrió entre los haberes del visitante un nuevo objeto de observación para sus insaciables pesquisas. Del bolsillo de la camisa sobresalía la espiral fina y metálica de una libretita azul. Un azul muy chillón. Como el mejor de los carteristas, Lalito se abalanzó sobre aquella libretita indefensa y en un segundo la tenía ya entre sus manos para explorarla hasta sus últimos rincones. La agitó, se rio, la olió, se rio, comprobó la fortaleza del espiral, se rio… El huésped ilustre, como quien no quiere la cosa, vigilaba con discreción toda la operación.
Como era de esperar, le llegó el turno al sentido del gusto: Lalito comparaba el sabor de la papilla que mamá le había dado a mediodía con el sabor de la libretita. El invitado, por su parte, más que nada para salvaguardar la integridad de su valiosa libretita, con suavidad y discreción se la quitó.
Lalito combatió con denuedo para recuperar su tesoro recién adquirido y tan bruscamente arrebatado. Enseguida la localizó dentro del bolsillo de la chaqueta. El visitante la tomó con la mano derecha y puso el brazo en alto. Lalito enseguida intentó escalarlo. El asaltado bajó el brazo y escondió la libreta en otro bolsillo. Tras unos segundos de duda, el explorador la descubrió de nuevo; el otro, la defendió. Lalito tiraba con todas sus fuerzas; el otro, la sostenía con dos dedos, en un prudente esfuerzo por evitar que su amada libretita terminara de nuevo en las fauces de aquel pequeño devorador. Sus papás, acostumbrados ya a tanta actividad, sólo sonreían. El visitante, solo ante el peligro...
La guerra duró varios minutos. El esfuerzo de Lalito fue evolucionando y cobrando intensidad en gestos faciales, ruidos de garganta y ritmos de respiración que dejaban muy claro que su lucha iba en serio y que no cedería un milímetro.
Finalmente, el enemigo –es decir, el amigo de la familia– se rindió. Aflojó aquellos dos grandes dedos que sostenían la preciosa libretita, y todos los malos gestos de Lalito se transformaron súbitamente en alegría desbordada. Y el niño disfrutó como nunca de aquella joya de papel que tanto había costado.
Algo parecido sucede a veces entre el alma y Dios. Nosotros que queremos algo de Él, y Él que se toma su tiempo, tan distinto al nuestro.
Ciertamente hay muchas gracias que Dios, de entrada, nos regala aunque no se las pidamos: un día más de vida, una alegría imprevista, un empujón para ayudar a algún prójimo en necesidad… Pero también hay otras gracias que se deben luchar y que hay que arrancar de las manos de Dios. Si no las luchamos, Dios, al ver tan poco interés, no las soltará.
Sí, en cierto sentido, se trata de una batalla con Dios. Sabemos que somos pequeñísimos y que nuestras fuerzas son minúsculas, pero el Señor siempre se conmueve cuando nos ve luchar. Es un Dios que sabe dejarse ganar por un alma que lucha las gracias como aquel bebé luchaba la libretita. Se puede comprobar en el Evangelio de san Lucas, en el capítulo 15, versículos del 21 al 28. De en medio de la gente, aquella señora cananea pidió ayuda a gritos para que Jesús atendiera a su hija atormentada por un demonio. Nada. Ni siquiera la intercesión de los apóstoles, que se quejaban del volumen de los gritos, funcionó: Jesús dos veces dijo que no y explicó sus razones. Se estaba librando, en cierto sentido, una auténtica batalla campal entre Jesús y esta buena alma. La persistencia de esta señora, su amor de madre y los argumentos que usó fueron tan increíbles que el corazón de Jesucristo se conmovió y se rindió finalmente ante aquella fe tan luchada.
A veces nuestro problema es que pedimos con fe, pero agregamos una cláusula a nuestra oración: “Te advierto que si en cinco minutos no me das lo que te pido, te dejaré de hablar dos meses por lo menos”. O aguantamos dos días, pero al tercero nos cansamos y dejamos de insistir.
Otras veces el problema es que le exigimos a Dios una cosa, como si de un derecho constitucional se tratara. Y hasta amenazamos al Dios Todopoderoso con demandarle al tribunal supremo de justicia…
En otras ocasiones el problema está en lo que pedimos. Y es que hay cosas que si Dios nos las diera, dañarían nuestra alma, y eso nunca lo permitiría. Si el objeto de lucha de aquel bebé hubiera sido un alacrán en vez de la libretita, aquel visitante nunca se lo hubiera dado.
También puede pasar que le