Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez

Páginas de cine - Luis Alberto Álvarez


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sino como interrogación sobre el fenómeno del tiempo, sobre la incidencia de lo que fue en lo que es. Es la búsqueda de Proust y Borges y también la de Alain Resnais. L. P. Hartley comenzaba su novela El mensajero (que en la versión para la pantalla de Losey es una obra como las que comentamos) con esta hermosa frase: “El pasado es un país extranjero: en él las cosas se hacen de otro modo”. En un mundo donde los temas fundamentales son los del poder, el dinero y la fuerza, unas pocas películas se preocupan por discutir las decisiones fundamentales de la existencia, las cosas que han podido ser de otro modo, el hecho incontestable de que no se puede cambiar el destino, lo ya realizado, pero sí darle un sentido de acuerdo con el propio albedrío. Se desearía volver a vivir conscientemente aquellos episodios de la vida que pasaron sin ser reflexionados; sabemos que no es posible. Pero el cine nos permite reflexionar sobre ellos, asumir la perspectiva de quien ve las cosas por primera vez, con asombro, con absoluta apertura: los niños.

      Inédito. Escrito a partir de un párrafo original de la crítica publicada en El Colombiano, 2 de octubre de 1988

      Cuenta conmigo de Rob Reiner

      La vida, el amor, la muerte

      Cuenta conmigo se exhibió en el Festival de Cartagena en el mismo horario de Radio Days de Woody Allen. Ello significó que muy poca gente vio la que fue, en mi opinión, la mayor sorpresa de un evento particularmente mediocre y una de las películas más satisfactorias del cine comercial de los últimos años. No sé si un público insensibilizado con la mercancía descompuesta e inhumana que ocupa ahora constantemente los cines y la televisión esté en disposición de gustar un plato como este, modesto en apariencia pero rico de los mejores ingredientes. Para saberlo hay que intentarlo y, por ello, me permito recomendar a Cuenta conmigo como la única película digna de verse en esta horripilante “cartelera de vacaciones”. Más aún: hace mucho tiempo que no osaba decir que una película era particularmente adecuada para niños y adolescentes de once a quince años. Cuenta conmigo es una cinta en la que estos pueden estar seguros de ser tomados en serio, de no ser explotados en su gozo o en sus sentimientos, una película que, ojalá, vean también sus padres y la conversen con ellos.

      Normalmente cuando se dice que una película es apta para niños o para jóvenes, el criterio de esta clasificación suele ser la ausencia de las realidades problemáticas de la vida. Por ejemplo: en un mundo violento, las películas para niños no deben mostrar hechos violentos; en un mundo lleno de comportamientos retorcidos y degeneración de las relaciones humanas, los personajes deben ser amables, generosos y todo lo buenos posible o, lo que es peor, “malos” absolutamente delimitados y reconocibles. No estoy seguro de que esta no confrontación con lo real sea el camino adecuado. La prueba es que los jóvenes evitan fácilmente las cosas que se presentan con la etiqueta de aptas para ellos, las hechas especialmente a su “medida” y buscan en los Rambos, en Porky’s, en Top Gun o en Michael Jackson himnos a la prepotencia física, a la frivolidad sexual y al consumo como valores máximos de la existencia, su cuota de aprendizaje humano y de entretenimiento.

      Cuenta conmigo no sigue este camino. Sus protagonistas, situados en el umbral de la despedida definitiva de la infancia, son presentados como son los niños reales de todo el mundo: con sus traumas, sus miedos, su capacidad de placer, sus contradicciones, sus experiencias inéditas, sus ineptitudes, su fragilidad, su vulgaridad y su ternura. A diferencia de los niños robot de las películas de Steven Spielberg o los endulzados de las series de televisión, están situados en un contexto real, en unos hogares, en un pueblo, en una época y en un país concreto. Si bien los adultos no son el elemento principal ni se ven con mucha frecuencia en la hora y media que dura la película, existen realmente y marcan constantemente la vida de estos cuatro jóvenes, para nada idealizados, asombrosamente verosímiles.

      En Cuenta conmigo la violencia, la injusticia, los contrastes sociales, los falsos mitos sociales están presentes constantemente, sin arreglos de ninguna clase. No obstante ser una película entretenida, con muchos momentos cómicos y de agradable suspenso, es también una película dura, dolorosa, que penetra en los problemas, a veces sin solución, de sus protagonistas. Si bien se trata de cuatro niños en muchas cosas simpáticos, vitales, con esa belleza que da estar al principio de todas las posibilidades y disponer de todas las energías, la película no los muestra solo como los héroes de una aventura de celuloide sino como seres esculpidos indeleblemente por su entorno y claramente diferenciados: Chris Chambers, el líder del grupo tiene un carisma natural para aglutinar, para equilibrar relaciones, para arreglar conflictos. Sin embargo, proviene de una familia claramente asocial, de un ambiente al borde de la delincuencia lo cual, por sí solo, le cierra todas las puertas y le pone una marca que no logra quitarse. Gordie Lachance, su amigo más íntimo, es más frágil en todo sentido, pero posee una sensibilidad artística y creativa que todos reconocen. Todos menos sus padres, ciegos a las verdaderas necesidades y posibilidades de su hijo y que no disimulan su falta de afecto por este hijo que no es el “macho” jugador de fútbol que hubieran deseado. Teddy, el tercer niño, es osado y valiente hasta un grado fácilmente reconocible como neurótico. Las experiencias de guerra y la salud mental de su padre son el caldo donde el muchacho ha alimentado su propio desequilibrio y su tendencia a la violencia abierta. Vern, el cuarto, es, tal vez, el menos problematizado de todos, tal vez por ser el más niño, el que menos ha reflexionado sobre su propia existencia. En todo caso, el rumbo que ha tomado la vida de su hermano mayor deja entrever que la suya está amenazada por una suerte similar.

      Estos cuatro niños emprenden juntos una excursión con una meta insólita: la de encontrar el cadáver de un niño de su edad, perdido hace días de Castle Rock, la pequeña ciudad en la que viven. Ellos han averiguado que yace en el bosque, atropellado por un tren y sueñan con convertirse en héroes. Esta excursión con la muerte de fondo es también el motivo de poner al descubierto sus propios traumas, la ocasión de enfrentarse a hechos que ya no son de infancia sino de cruda realidad. Pero es también el clásico paseo infantil, donde los cuatro se comportan como niños que son, se cuentan historias, juegan y muestran una solidaridad que, tal vez, no experimentarán nunca más en la vida. Es como una película de Hitchcock o de Dreyer, donde el espectador tiene siempre en la mente la presencia de la muerte del “cadáver detrás de la puerta”, mientras que los protagonistas mismos a veces lo olvidan en medio de sus juegos, bromas y conversaciones, a veces lo recuerdan dolorosamente.

      El cadáver no es un “McGuffin” en el sentido de Hitchcock, un pretexto de dramaturgia para mantener unidos los elementos diversos de una historia. Es, más bien una metáfora potente que une a los cuatro personajes, que es motivo y testigo de una repetida adultez, de un estado de conciencia nuevo frente a la vida de parte de estos niños, un símbolo para esas tres cosas simples y terribles, banales y únicas, que llenarán su existencia desde ahora: la vida, el amor, la muerte. Al regresar, dice la voz del narrador (Gordie adulto, con la bella voz de Richard Dreyfuss) que en pocas horas la ciudad parecía más pequeña y ellos mucho más adultos.

      Esta línea argumental podría hacer creer que la película es siniestra y traumatizante. En realidad está contada con un maravilloso lirismo, en imágenes cargadas de calidez y ternura. Hay un magnífico equilibrio entre el mundo provincial y sereno de comienzos de los años sesenta en que tiene lugar la historia y los hechos que sacan de balance a este mundo. La fotografía es de una tonificante belleza y hay momentos frecuentes de calidad auténticamente poética, como cuando Gordie se encuentra frente a un venado o las ingenuas pero serias conversaciones al pie del fuego nocturno. Pero esta poesía no estiliza ni le quita realismo a la narración. Esta se sostiene en la admirable interpretación de los cuatro adolescentes, en su fresco y espontáneo modo de expresarse, en la intensidad y veracidad de sus caracterizaciones, que exigen de ellos con largos diálogos e incluso monólogos y escenas con una amplia gama de sentimientos, que van de la broma hasta el llanto desesperado.

      La cinta está contada desde la perspectiva actual de Gordie, convertido con lógica en escritor de fama. Este emprende un viaje a la memoria, a lo que fuera un momento definitivo de su infancia y la de sus amigos. Chris logró superar las barreras sociales y convertirse en abogado y ahora Gordie ha leído en el periódico que murió apuñalado, intentando, como siempre, poner en paz a dos contrincantes. Del Gordie


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