Páginas de cine. Luis Alberto Álvarez
indudablemente, una creciente y visible profesionalización. En los aspectos técnicos el país cuenta ahora con un número cada vez mayor de personas con experiencia y habilidad, adquirida sobre todo en la producción de comerciales, si no en el bajísimo nivel de la programación televisiva. En el campo creativo hay ya una hueste de realizadores formados en diversas escuelas cinematográficas de todo el mundo o simplemente en la praxis, la mayoría de los cuales vive en la permanente frustración que produce la carencia de oportunidades de trabajo. Incluso en el único sector boyante de la producción cinematográfica, el de la publicidad, solo unos pocos elegidos encuentran acceso. La factura de videos para los usos más disparatados, programas por encargo o para ser ofrecidos ocasionalmente a la televisión (casi siempre como pequeñas notas al servicio de los privilegiados que tienen espacios-feudos en la misma), audiovisuales didácticos o promocionales y ejercicios independientes de expresión sin retribución económica en el medio electrónico se han convertido en la única posibilidad de actividad para muchos de los que pusieron el ideal de su vida en articularse a través del cine. El cine marginal y el documental político y antropológico, que en los años sesenta y setenta logró hablar con lenguaje propio y llamar la atención internacionalmente, fue frenando su ritmo de producción hasta venir, casi, a desaparecer.
La idea muy clara pero muy poco profundizada de que el cine es un medio importante para el país (ya no se puede decir indispensable si por cine entendemos la producción en celuloide) llevó al Estado colombiano a la creación de una entidad de fomento, Focine. Como muchas cosas en esta nación, Focine comenzó a vivir sin una reflexión seria previa, sin una clara delimitación de los aspectos aparentemente contradictorios que el cine comporta y sin una conciencia de la amplia gama de actividades que la cinematografía abarca, menos aún de cuáles de ellas eran su campo. No basta decir que es necesario fomentar el cine si primero no se aclara qué se entiende por cine. No basta decir que necesitamos un cine nacional si no tenemos muy claro qué entendemos por él y no nos explicamos a nosotros mismos para qué lo queremos. Focine nació, pues, con graves ambigüedades en su seno. Los que las percibieron desde el principio pensaron, tal vez, que era posible corregirlas con el tiempo y casi nadie cayó en cuenta de que ciertos males congénitos resultan incurables.
La primera ambigüedad es la que siempre ha caracterizado al cine: ¿arte?, ¿industria?, ¿medio de comunicación?, ¿vehículo audiovisual? ¿Necesita Colombia una industria de cine? ¿Necesita un medio de expresión ágil y moderno para describir su propia realidad? ¿Necesita un lenguaje a través del cual se manifiesten concepciones estéticas? Estas disquisiciones que pueden aparecer abstractas exigen una clara y delimitada toma de posición: si se quiere una industria que le dé trabajo a mucha gente, una fábrica de productos que rinda económicamente, entonces el Estado debe “fomentar” el cine como una empresa. Para ello es necesario que ponga medios económicos a disposición exclusiva de aquellos proyectos que aparezcan seguros en su rentabilidad e impulse solo el trabajo de productores que sepan llegar directamente a la taquilla. Si, por el contrario, el reconocimiento del Estado es que Colombia necesita imágenes propias, documentales e historias de ficción en las cuales el país vea reflejado su rostro, películas en las cuales aparezcan planteados los problemas, los anhelos, las propuestas más candentes y vitales para nuestro pueblo o si, por otra parte, la intención es la de crear una estructura para que se ejercite y realice el talento, para que artistas nacionales sensibles, originales y expresivos puedan actuar permanentemente, entonces este Estado debe hablar de apoyo, de “subvención”, de poner medios a disposición de algo que se considera relevante, sin ser valorado en términos de rentabilidad.
No se trata de optar de modo excluyente por una de estas dos políticas, pero sí de tratarlas diferenciadamente. Algunos de los conflictos frente a Focine han tenido origen en la falta de formulaciones claras en este campo. Ciertos ataques a la institución surgen porque esta ha financiado películas que luego no han producido ni un centavo, por haberse encaprichado (en opinión de los atacantes) con proyectos de “artistas” en lugar de concentrase en la gente que sí conoce el gusto del público amplio y sabe hacerlo responder. La contraparte afirma que con dinero del Estado se está financiando basura, obras de consumo intranscendentes y que las normas de selección para las producciones son una muy clara forma de censura, que excluye de partida los proyectos con posiciones políticas críticas o con temas que resulten incómodos o peligrosos. No hace falta decir que gran parte de los productos que se dicen comerciales y rentables han sido fracasos económicos totales y que muy buena parte de los que han buscado ser expresión estética no han logrado un índice mínimo de valor artístico, para no hablar de ciertas fórmulas mixtas indigeribles, que son útiles solo para reflejar el estado de conciencia y la situación de inseguridad insuperable de sus realizadores.
Porque esta ambigüedad del ente de fomento se refleja, de modo terriblemente problemático, en los proyectos mismos. Focine fue creado para posibilitar una producción nacional de cine, objetivo que en parte ha logrado. Pero en la creación irreflexiva de esta institución no se tuvieron en cuenta dos ramas tan esenciales al medio como la de la producción: la distribución y la exhibición. Es teoría que parece obvia, pero su mala práctica es la causa de problemas muy concretos. En el país la distribución y la exhibición son particularmente problemáticas, por estar sometidas a una monopolización absorbente y cuasitotal, una monopolización que en los años veinte (cuando el cine mudo facilitaba las cosas) destruyó sin piedad los amagos de creación de una industria nacional y que en nuestros días sigue siendo el único y verdadero motivo de que el cine colombiano esté siempre al borde del abismo.
La primera cara de Jano de ese monopolio es común a muchos países: el control multinacional de la distribución, del cual son víctimas gran número de cinematografías, no solo las del tercer mundo sino, también, producciones potentes y tradicionales como la italiana y la francesa. La otra cara es un problema nacional: la exhibición concentrada por completo en una sola industria, que no permite sino escasas e inservibles alternativas y que hace su negocio en íntimo contacto con las multinacionales de la distribución. La suerte del cine colombiano depende en un alto porcentaje de los intereses de una industria privada y esta industria es solo un fragmento de un potente grupo financiero, para el cual el hecho cinematográfico es solo un concepto abstracto y unas columnas de cifras. El Estado colombiano no tomó en cuenta estas condiciones al crear a Focine y se lanzó así a la absurda aventura de financiar un número relativamente grande de películas, para las cuales desde el principio no había prácticamente ninguna posibilidad de ser distribuidas y exhibidas, incluso si hubieran tenido verdadero apelo comercial.
Es, pues, comprensible la esquizofrenia absoluta en que debe moverse un realizador de cine en Colombia frente a las condiciones mismas que el medio le ofrece. Con frecuencia la compulsión es la de hacer cine, hacer una película sea la que sea. Para poder llevarla a cabo, entonces, no se puede partir de una idea que se considere importante o de una declaración personal, o de una expresión estéticamente válida, sino que hay que buscar un tema pensando de antemano, primero, en el número posible de espectadores, segundo, en lo que pueda convencer a los distribuidores para que la pongan en sus bodegas y tercero, en que contenga algo que logre mover a los exhibidores a prescindir de uno o dos días de Chuck Norris, Stallone o Robocop, para dar paso fugaz a esta cinta colombiana “afortunada” en una sala que la verá morir prematuramente. Las demás nacen muertas: en la mayoría de los casos la dolorosa actitud de partida de un productor y de un director incluye el reconocimiento de que, con mucha probabilidad, su película no tendrá jamás ni siquiera estas mínimas posibilidades. Por ello resulta más patético aun el esfuerzo de adobar la obra con elementos taquilleros, de sacrificarle verosimilitud u honestidad frente al tema o los personajes, a dos o tres fórmulas banales y probadas. En ello los realizadores son como ovejas intentando congraciarse con sus verdugos, a pesar de saber de antemano que el matadero no lo eludirán con nada. Cine Colombia, ¡los que van a morir te saludan!
Frente a estos intentos no faltó el esfuerzo por hacer algunas películas de prestigio y respetabilidad, cuyos problemas de distribución y exhibición eran aproximadamente los mismos pero que contaban con una salida de honor de algunas perspectivas económicas: los festivales internacionales y la ocasión que estos ofrecen de limitadas distribuciones en el extranjero. Algunas de estas cintas lograron el objetivo, no carente de importancia, de poner a Colombia en el mapa del cine, algo que hasta entonces solo habían