Una bala, un final. Pepe Pascual Taberner
—y se anticipó sin demora— efectivamente, la comisión española llegó ayer y se reunió con el Duce y su yerno; el conde Ciano.
—¿Y bien?
—No diré nada más hasta que hablemos cara a cara. —Dijo sorprendiéndole.
—Estamos aquí para eso.
—Insisto. Hablemos en privado.
El cardenal no estuvo conforme, pero, en aquella ocasión, le interesaba ceder.
—De acuerdo. Salga al porche. Verá una puerta cerrada a la izquierda. Espere un minuto y le abriré.
Don Pietro obedeció hasta escuchar el chasquido metálico de la cerradura. Accedió a una pequeña sala junto a múltiples esculturas de madera, envejecidas y poco conservadas. El cardenal se cruzó de brazos y mostró su irritación.
—¿A qué se debe esto?
—Necesito su garantía.
—Ya le garanticé mi confidencialidad el otro día.
—Quiero garantías sobre Umberto. —Añadió al instante.
El clérigo inclinó la cabeza, impresionado, mirando a los ojos de Don Pietro; cargados de seguridad y miedo.
—Usted paga a la Mafia para que oculte a su hijo en Sicilia. Eligió esa seguridad para él. Nuestro acuerdo va en otra dirección.
—Realizo un pago que algún día quizás no pueda cumplir. Si me ayuda, la libertad de Umberto bien valdrá nuestro acuerdo.
—No puedo.
—Claro que sí, me necesita para obtener su información.
El cardenal se resignó furioso y aguardó un instante.
—Es imposible. ¿Cómo se supone que he de hacerlo?
—Sáquelo de Italia.
—¡Eso puede hacerlo usted mismo! Trabaja en el Ministerio de Exteriores. —Inquirió señalándole con el dedo.
—No puedo usar mi autoridad. Comprometería a toda mi familia. Para el gobierno, yo debería haber encarcelado a mi propio hijo. —Don Pietro se acercó y quedó muy cerca del cardenal.— Utilice a sus contactos. Nadie sospechará de usted.
—No tengo forma de hacerlo.
—Ese es mi trato. Deme su palabra; ayude a Umberto y yo trabajaré para usted.
El cardenal apretó los labios y se sintió acorralado.
—De acuerdo. Veré qué puedo hacer.
Don Pietro extendió la mano y el clérigo dio un firme apretón. Entendiendo que el pacto quedaba cerrado, le contó todo lo que supo sobre la reunión.
—… Y la comitiva española ha solicitado al Duce varios aviones para el traslado de tropas, además de apoyo militar. Ciano estuvo a favor, pero Mussolini se negó. Por el momento, no quiere ayudar a los españoles. Estos han presionado y, con el apoyo de Ciano, han aplazado la decisión para hoy.
El cardenal quedó asombrado.
—¡Pues regrese y averígüelo!
—No es necesario, eminencia. Durante la noche, Ciano ha convencido al Duce y en la reunión de hoy aceptará ayudar a los fascistas españoles.
Sobrecogido, el cardenal frunció el ceño.
—¿Cómo sé que está en lo cierto? Por lo que dice, esa decisión se tomó anoche y en privado. ¿Cómo ha podido enterarse? ¿Y de qué modo puedo fiarme de usted?
Don Pietro se cruzó de brazos.
—Cardenal, le digo la verdad y no le diré cómo he logrado averiguarlo. Italia apoyará a la sublevación porque quiere destacar como potencia en el Mediterráneo. La ambición de este gobierno es aterradora.
El cardenal dio media vuelta y dijo con padecimiento:
—Ayer aterrizaron aviones franceses en Barcelona en apoyo de la República. Si ahora Mussolini ayuda a los fascistas a cruzar el Estrecho, entonces el conflicto será cruel y duradero. —Y se volvió de nuevo.— ¿Hay algo más?
—Se ha aprobado un plan para incrementar la productividad militar. En poco tiempo, habremos fabricado más armamento y reforzado nuestro ejército.
—Entonces, preparémonos para lo peor. —Cedió la mano mostrando el anillo y Don Pietro cumplió.— Muchas gracias por su ayuda. Avíseme con lo que sea.
—Así lo haré. Eminencia, ¿cuándo ayudará a mi hijo?
—No estoy seguro. Primero he de hablar con cierta persona.
—Esperaré.
Don Pietro se marchó definitivamente regresando a la Via di Porta Latina. Caminaba esperanzado. La libertad de su hijo parecía más próxima y nada le impediría luchar por ella.
Por el contrario, el cardenal le observó desde la pequeña puerta hasta que salió del patio. A partir de entonces, cambió la opinión sobre Don Pietro. Le admiró como padre y, sin embargo, no estaba convencido de conseguir su petición porque la única persona que podía ayudarle no estaría de acuerdo.
El cardenal tardó más de veinte minutos en dejar la sacristía en orden y cerrar la verja del patio. Subió a su bicicleta y se apresuró cruzando por la regia Porta Latina. Con esfuerzo y sudor paladeaba dirección norte. Esquivaba a los peatones, alguno se quejaba y él lanzaba disculpas en latín. Y es que la Via dei Delfini acorralaba a todo el que la cruzaba. Al final, frenó con los zapatos torpemente cerca de un edificio bastante deteriorado. Había sido construido a base de aprovechar columnas y arcos abovedados de otras ruinas y su aspecto resultaba curioso.
Dejó la bicicleta apoyada en la pared y se arremangó la sotana para subir por la escalera. Llegó al primer piso donde el suelo de madera crujía con cada paso. Una mujer achaparrada con el pelo muy cardado salió a recibirle.
—¡Eminencia! ¿Quiere un café?
—Como siempre, querida.
La mujer sonrió y le dejó a solas. El cardenal había ayudado a su marido a encontrar trabajo hacía varios años y mantenían buena relación. Encontró el teléfono en el rincón y llamó a la Embajada Británica.
Una hora más tarde, continuaba sentado junto a la ventana que daba a la Via dei Delfini tomando su segundo café. El murmullo de la calle resultaba complaciente y al instante avistó a Andrew entre la gente. Poco después, entraba en la habitación haciendo crujir los maderos del suelo.
—Siéntese, Sr. Rogers.
—No sé por qué le tiene cariño a esta casa.
—Es un lugar muy discreto.
—¿Quiere un café?
—No es necesario. Vayamos al grano, eminencia.
—Mussolini aceptará hoy ayudar a los fascistas españoles.
—Es lo que esperábamos todos. Bien, informaré a Dover.
—¿Qué consecuencias tendrá?
—Todavía es pronto. Aunque desearía lo contrario, serán los políticos quienes decidan.
—Me aterra pensar en un conflicto a mayor escala.
—Bueno, no se precipite todavía. —Andrew cambió de tema eludiendo conjeturar. —Dígame, ¿está conforme con el trabajo de Don Pietro?
El cardenal se reclinó cansado.
—Ha respondido eficazmente.
—Más le vale seguir así.
—De eso mismo quería hablarle, Sr. Rogers. Don Pietro Bassano me pide que ayude a su hijo Umberto a salir de Italia.
—Rotundamente imposible.
—Sé