RETOQUECITOS. Gerardo Arenas
target="_blank" rel="nofollow" href="#ulink_93ab92fe-0ad7-5032-8470-8c59392bcad3">10. Freud (1932b: 63).
11. Freud (1932a: 14).
12. Cf. Lacan (1955: 340ss).
13. Arenas (2012: 86-91).
14. Cf. Lacan (1962b: 767ss).
15. Cf. Eco (1990: cap. 1).
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Retoquecitos
Estudiar las consecuencias (16) de erradicar de la doctrina freudiana el principio de placer implica correr ciertos riesgos que, si bien no se reducen empleando esos barbijos tan utilizados durante la pandemia de COVID-19, suelen evitarse mediante un tipo especial de lavado de manos que ya era costumbre antes de ella y que a su vez se ha vuelto una enfermedad cuyo más llamativo síntoma es la pobreza de los textos producidos, textos lavados en los que unas fórmulas, adoptadas como palabra santa y verdad revelada, devienen clichés viralizados –valga la expresión– sin crítica ni rastro de enunciación propia. Este modo simbólico de lavarse esteriliza a la perfección: Tal como dijo Fulano, Mengano afirma que, según la expresión de Zutano… Más aún, si condimentamos esta ensalada con pizcas de enelnombredefreud y tealabamoslacan, y seguimos predicando que el goce es malo, estaremos a un paso de fundar una nueva Iglesia, formada por fieles tan limpios y estériles como castos y creyentes.
La lengua analítica
Para peor, una mirada atenta revela que la lengua analítica se parece cada vez más a una lengua sectaria, como en su momento lo fue el latín para la Iglesia cristiana, y eso debería alertarnos, ya que ello puede convertir esa lengua en una lengua muerta. ¿Estamos aún a tiempo de vivificarla mediante algunos retoquecitos?
El problema de la lengua analítica se inscribe en el de la formación del analista, ya que ésta incluye la orientación que otros colegas nos brindan en persona o a través de sus publicaciones o incluso por vías virtuales. En lugares donde aún no existe una comunidad de trabajo con orientación lacaniana, el primer paso es pasar a hablar una lengua compartida. La relación entre lengua y orientación de la comunidad analítica es crucial, y cabe compararla con la que existe entre el jinete y su caballo: así como las maniobras de un jinete serían movimientos estériles y hasta ridículos si unas fuertes riendas no enlazaran su mano con la boca del caballo, ningún efecto orientador podrá obtenerse en una comunidad analítica si ese efecto no está inscripto en (y sostenido por) un lazo discursivo –el lazo analítico–,(17) y la existencia de esa clase de lazo requiere hablar una lengua común, sin lo cual estaríamos condenados al autismo social.(18) Para eso, es preciso que esa lengua se mantenga viva, y al respecto Lacan señala lo evidente: una lengua no se mantiene viva solamente por el hecho de que haya seres que la tomen como instrumento al hacer uso de la palabra, sino que se la vivifica “en la medida en que en cualquier momento […] se le hace un retoquecito”.(19) En caso contrario, ¡kaput! Miller acuerda con él y agrega que para ello es necesario romper con los usos estandarizados y trillados, pues sólo vivificamos la lengua “con retoquecitos”.(20)
La experiencia analítica introduce en la lengua de cada analizante frecuentes retoquecitos de esta especie, y así brinda o devuelve a esa lengua su carácter vivo. Por eso, no deja de ser sorprendente y hasta inquietante que la lengua de los analistas suela perder su vitalidad fuera de los consultorios y así desfallezca por su uso repetitivo, ciego, ritualizado, como si fuera impensable decir algo que no coincida con lo ya dicho por unos pocos otros. Y no es que haya que dejarse llevar por el empuje contemporáneo hacia lo nuevo,(21) sino que, al hablar de esos retoquecitos, Lacan y Miller nos dan una suerte de instrumento para medir la vivacidad de una lengua, y cabe aplicar a la nuestra lo que ellos dicen, para mantenernos despiertos y recrearla. Si la lengua muere, el lazo se congela, la rienda se hace añicos, y la orientación se pierde. Es lo que ocurrió con Freud en la IPA.(22) Conviene evitarlo.
Sueños de obstinación
Ciertos sueños, que suelen aparecer en coyunturas específicas de la experiencia analítica, representan plásticamente el guion fantasmático en el momento mismo de esbozarse en aquélla la construcción de éste. Son sueños penosos, muchas veces angustiantes, y en este sentido han de incluirse en el conjunto de los que contradicen lo que Freud llamaba “principio de placer”. Estudiarlos nos transportará sin escalas a los problemas que ese principio plantea.
Al elucidar la desfiguración onírica, Freud reconoce de entrada que hay “sueños en los que puede reconocerse el contenido más penoso, pero ninguna huella del cumplimiento de un deseo cualquiera”.(23) Es un flanco por donde cabría atacar su tesis sobre el sueño, y concierne a algo muy conocido, pues ¿quién no ha tenido sueños desagradables, asquerosos, angustiantes o insoportables? De todos modos, él aclara que esto no impide que esos sueños al fin “se revelen, después de la interpretación, como cumplimientos de deseo”.(24) De hecho, ésa es la pieza clave que aportó para develar el enigma de la función del sueño y, desde allí, trazar las vías que conducen a su interpretación. En sueños de este tipo, tales como el famoso sueño de la bella carnicera, “el contenido penoso no apunta sino a disfrazar otro deseado”, y por eso él propone llamarlos “sueños de deseo contrario y de displacer”.(25)
Nótese que aquí, dos décadas antes de 1920, ya se presenta algo que contradice la supuesta vigencia de un principio de placer. El psicoanálisis recién nacía y Freud aún tenía todo por hacer. Habría podido dejar de lado ese principio, pero no lo hizo. Siempre buscó salvarlo, y aquí esa decisión lo obliga a hacer las mismas contorsiones argumentales que durante el resto de su vida deberá realizar con ese fin: dice que el trabajo interpretativo hace de estos sueños penosos unos cumplimientos de deseo hechos y derechos, pero que satisfacen ciertas “inclinaciones masoquistas” cuya extensión deberíamos suponer mayor aún que la de la validez del principio que ellas son llamadas a salvar, pues Freud mismo, pese a afirmar que “las pasiones fácilmente nos hacen padecer”,(26) reconoce que se deja “llevar demasiado por [sus] aficiones”.(27) ¡Ni siquiera él cumple con lo que su amado principio de placer dicta! Sin embargo, en lugar de deducir de ello su propio masoquismo o de descartar sin más, otra vez, el bendito principio, atribuye el carácter displacentero de esos sueños a la desfiguración onírica. Sólo esto le permite mantener, aunque con pequeños cambios, la fórmula general según la cual el sueño es el cumplimiento disfrazado de un deseo reprimido,(28) y justificar la hipótesis de que hay dos instancias psíquicas en conflicto, separadas entre sí por una censura.(29) Pero las contradicciones que esta solución entraña lo asaltan a la vuelta de cada esquina.
Una de las peores se encuentra hacia el final del célebre apartado relativo a los típicos sueños de muerte de seres queridos. Lacan ha puesto un gran acento en la estructura de uno de ellos: el que inaugura el séptimo capítulo de la Traumdeutung.(30) Es aquel en que el hijo reprocha al padre que no note el fuego que lo consume. Freud nos advierte que, en los sueños que figuran la muerte de quienes amamos, “el pensamiento onírico formado por el deseo reprimido escapa de toda censura y se presenta inalterado”.(31) Pero ¿cómo algo tan horrible puede burlar toda censura y presentarse sin desfiguración? ¿Y no nos habían dicho que la desfiguración era lo que tornaba penosos esos sueños? Acorralado, Freud hace una finta envidiable, un pase de manos magistral: dice que el deseo en ellos es tan enorme que la censura “está desarmada” frente a él, como si “ni en sueños” pudiera ocurrírsenos una cosa semejante. Ahora bien, ¿debemos seguirlo en esto? ¿Qué caso tiene postular una censura que se ocupa de lo pequeño y no de lo grande? ¿Qué censura tapa un escote y deja ver obscenas desnudeces? ¿Cuál impide