Vida de Jesucristo. Louis Claude Fillion
gruta. Así se infiere del capítulo LXXVIII del diálogo de San Justino con Trifón entre los años 155 y 160, y del capítulo XVIII del Protoevangelio de Santiago —hacia el 150—. Por ser San Justino oriundo de Palestina, su aserción tiene valor extraordinario. También Orígenes menciona esta gruta bendita, como bien conocida en su tiempo[40]. El erudito Eusebio de Cesarea la recuerda asimismo[41]. San Jerónimo tuvo por gran dicha el pasar los últimos años de su vida en otra gruta cercana. Tanto en los aledaños de Belén como en toda la región abundan las cavernas naturales formadas en la gruesa capa calcárea que constituye el suelo. «En Judea las grutas son el albergue preferido para el ganado». Tradición que a tal antigüedad se remonta y que está confirmada por las costumbres del país, tiene buen derecho a nuestro respeto. Todavía hoy una gruta, coronada por una basílica que hizo construir Santa Helena entre los años 327 y 333, y que varias veces ha sido restaurada, recibe la veneración de los peregrinos cristianos, que en ella ven el lugar que fue consagrado por el nacimiento del Redentor. Esta pequeña cripta, desde hace mucho tiempo transformada en santuario, tiene unos doce metros de largo, por cinco de ancho y tres de alto. Las paredes de la roca están revestidas de mármoles preciosos. Delante del altar, sobre una losa blanca, adornada con una estrella de plata, se leen, escritas en latín, estás palabras tan sencillas como la narración de San Lucas: Aquí nació Jesucristo de la Virgen María. ¡Dichosos quienes pueden ir a arrodillarse a aquel lugar!
¿Cuál fue el año del nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo? Hecho en verdad extraño: no es posible hoy determinar con certeza esta fecha capital, que desde hace largo tiempo es objeto de discusiones y cálculos sin fin. Hasta Dionisio el Exiguo, clérigo romano, que vivió a mediados del siglo VI, se habían contado los años eclesiásticos según la Era de Diocleciano, llamada también «Era de los Mártires». Pero Dionisio el Exiguo tuvo la feliz idea de verificar de un modo nuevo la célebre expresión de San Pablo, que considera a Jesús como centro de todos los tiempos, plenitudo témporum, y de referir al nacimiento del Salvador la cronología pasada, presente y futura. Desgraciadamente, por efecto de cálculos defectuosos, esta cronología fue falseada desde su punto de partida, que Dionisio fijó, con un retraso por lo menos de cuatro años, en el 754 de la fundación de Roma.
Sabemos ciertamente, pues nos lo dicen los dos evangelios de la Santa Infancia, que Jesús nació «en los días de Herodes», y que el momentáneo destierro de la Sagrada Familia en Egipto terminó después de la muerte de este príncipe. Ahora bien: Herodes, que había subido al trono el año 714 de Roma, murió a principios del 750, entre fines de marzo y los primeros días de abril[42], lo que equivale a decir que murió a principios del año cuarto de la Era vulgar. Tomada en sentido general, esta fecha es enteramente segura. Es, pues, evidente que Jesucristo no nació después de los primeros días de abril del año 750 de la fundación de Roma; pero pudo nacer dos o tres años antes de esta fecha. Se puede optar entre los años 747, 748 y 749 de Roma, que corresponden a los años 7, 6 y 5 antes de la Era cristiana. Precisar más es casi imposible.
En cuanto al día en que nació Jesús, si bien es cierto que la fecha de 25 de diciembre tiene a favor suyo «una antigua tradición», como ya lo reconocía San Agustín[43], ni se apoya en cálculos cronológicos ni tiene valor estrictamente histórico. Es, sin embargo, incuestionable que desde muy antiguo se celebraba ya en ese día la fiesta de la Natividad no sólo por la Iglesia de Roma, sino también por todo el Occidente. Pero sólo en el siglo IV adoptaron completamente dicha fiesta los cristianos de Oriente y comenzaron a celebrarla también ellos el 25 de diciembre. Hasta entonces no celebraban más fiesta que la de la Epifanía, y algunos conmemoraban en este mismo día 6 de enero todas las grandes manifestaciones del Señor: la Natividad, la adoración de los Magos, el bautismo del Salvador y el milagro de las bodas de Caná... La tradición de la Iglesia romana, que celebraba la Natividad el 25 de diciembre, pareció mejor fundada que la opinión contraria, por lo que todas las Iglesias, así como todos los doctores de Oriente, se apresuraron a adherirse a ella.
Mientras María y José, inaugurando en la pobre gruta nuestras devociones católicas a la Santa Infancia de Jesús, estaban prosternados amorosamente al lado del pesebre, nadie sospechaba en Belén que acababa de realizarse el mayor acontecimiento que registra la historia del linaje humano. Sin embargo, no quiso Dios que su Cristo permaneciese entonces sin más testigos ni adoradores que su madre y su padre adoptivo. Los primeros a quienes les plugo llamar pertenecían a la nación teocrática, para quien ante todo había nacido el Mesías, según repiten a menudo los escritores sagrados. Pero no fueron elegidos entre los grandes de Israel, ni entre los sacerdotes y los sabios, menos aún entre los orgullosos fariseos. No eran más que humildes pastores, aunque llenos de fe y pertenecientes, sin duda, a aquella porción escogida del judaísmo, cuyos ardientes anhelos de la venida del Redentor hemos descrito más arriba. De esta manera sus piadosos homenajes estarán más en armonía con las humillaciones del Niño Dios.
En Palestina no es raro que la temperatura sea suave en el mes de diciembre. Tal sucedió en el año del nacimiento del Salvador. Durante aquella bienaventurada noche de Navidad, aquellos a quienes Dios va a dispensar el honor de llamarlos cerca del pesebre, guardan, turnando en vigilias de tres o cuatro horas, sus rebaños contra posibles acometidas de lobos y de ladrones. Según antigua tradición, fue al Este, a unos dos kilómetros de Belén, donde apacentaban sus ovejas en una fértil llanura, abundante en pingües pastos. De improviso se les apareció un ángel, y quedaron envueltos en esa claridad maravillosa que de ordinario acompaña a las apariciones de Dios y de los espíritus celestiales. San Lucas la designa con el nombre de «gloria del Señor», que se le da en varios pasajes del Antiguo Testamento[44]. Aquella luz deslumbradora y aquella aparición repentina llenáronlos de espanto. Por lo que la primera palabra del ángel fue para tranquilizarlos: «No temáis», les dijo con bondad. Después les comunicó su feliz mensaje: «He aquí que os traigo una buena nueva que será causa de grande alegría para todo el pueblo: en la ciudad de David os ha nacido hoy un Salvador, que es el Cristo Señor.»
¿Qué nueva más alegre, más consoladora podía haber para los judíos, pueblo especial del Mesías, que la del nacimiento de aquel glorioso y poderoso liberador, de cuya espera y deseo están llenos sus gloriosos anales? Otros salvadores les había enviado Dios en épocas de grandes aflicciones; por ejemplo: en la persona de los jueces y en la de Saúl[45]; pero ¿qué eran en comparación del «Cristo Señor»? Es de notar la asociación de estos dos títulos, y en el segundo bien podemos hoy ver indicada la divinidad del Mesías[46]. Con premeditado designio llama el ángel a la aldea de Belén con el nombre de «Ciudad de David», pues acababa de ser el lugar del nacimiento del Redentor, descendiente de aquel gran rey. El lenguaje hablado a los pastores no era menos claro que el de Gabriel a María; contiene también, en resumen, una definición popular del Mesías. Comprendiéronlo ellos sin trabajo, como lo atestiguará el proceso de la narración.
Pero ante todo, al igual que María misma, recibieron una señal sin haberla solicitado. Añadió, en efecto, el ángel: «Por esa señal le reconoceréis: hallaréis un niño envuelto en pañales y puesto en un pesebre.» Con esta indicación tan precisa podían los pastores comprobar al mismo tiempo la verdad del mensaje y descubrir fácilmente al niño a quien se les invitaba a buscar sin demora. ¡Y qué señal tan singular la que se les daba para denotar a «Cristo Señor»! ¡Un recién nacido[47] reclinado en el pesebre de un establo! Diversoria angusta et sordidos pannos et dura praesepia, decía Tertuliano con enérgica frase[48]. ¡Qué contraste entre este aparato y el anuncio de la venida de un poderoso Salvador! Pero a estos sus primeros adoradores, como a todos los que en pos de ellos han de venir, como a María y a José, Cristo comienza por exigirles la fe, una fe sencilla, una fe sólida. Por lo demás, la señal indicada bastaba cumplidamente para guiar a los pastores, pues no es probable que durante aquella noche bendita hubiesen nacido otros niños en la ciudad de David. En todo caso, ningún otro, a buen seguro, había nacido ni descansaba en un establo.
Así que el ángel hubo acabado su mensaje, resonó en los aires un armonioso concierto. Según el lenguaje de San Lucas, que aquí torna a ser enteramente hebraico, «una muchedumbre de la milicia celestial»[49], es decir, un grupo numeroso de ángeles cantaba un jubiloso aleluya para celebrar el nacimiento del Mesías. Dícese en el libro de Job[50] que los espíritus celestiales