Soñar la realidad. Lia Pistiner de Cortiñas

Soñar la realidad - Lia Pistiner de Cortiñas


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Self no en el sentido winnicotiano de protector del auténtico Self, sino en el sentido de construir una personalidad sobre bases endebles y falsas, esquivando los conflictos inherentes al crecimiento mental. La idea de un at-one-ment (Bion, 1970) de un devenirse sí mismo, o uno consigo mismo también me parece central por contraste con la construcción de una personalidad sobre la base de la sobreadaptación.

      Esta idea de devenirse sí mismo no descarta la idea de hacer consciente lo inconsciente pero va más allá –quizás está más cerca del enunciado freudiano de donde estaba el Ello el Yo debe advenir– pero diría que más que Ello, en la sobreadaptación se trata de un Superyó perfeccionista y/o de aspectos no auténticos del Yo. Tampoco el devenirse sí mismo equivale a la hipótesis kleiniana de la integración que se desarrolla en la posición depresiva, aunque también la incluye. En la idea de devenirse sí mismo está implícito el cambio y presupone un conflicto entre lo ya establecido en la personalidad, el conflicto entre el establishment de la personalidad, entre lo ya institucionalizado de la personalidad y lo nuevo que está evolucionando. En mi opinión es necesario –en un análisis– poder abrir un diálogo entre las distintas partes o aspectos de la personalidad, diálogo que puede ser fecundo en sus acuerdos y desacuerdos. Me refiero a un diálogo entre los aspectos ya instituidos de la personalidad –que incluso a veces surge a través de frases que trasuntan un aspecto caracterológico, como “yo soy así”– y los cambios que necesariamente debe afrontar una persona en la vida. Es evidente que el análisis conlleva cambios y que una de las cuestiones de la situación analítica es la elaboración de esos cambios.

      Dentro de los recursos técnicos que yo utilizo –y que abren una perspectiva, a veces con humor, para desarrollar estos cambios– está la personificación: suelo personificar algunos aspectos o funcionamientos de la personalidad y también de emociones para poder dar lugar a un diálogo entre los aspectos escindidos con la ventaja de la creación de un espacio tercero, de modo que el paciente, desde su rol de espectador, logra una distancia de observador del funcionamiento de su personalidad. Puedo entonces construir un escenario: sentar en una silla a Doña Celos o a Don Miedo y proponerles entablar un diálogo con otros aspectos de la personalidad, como la nena o nene buenos, “orgullo de sus padres y maestros”. Este distanciamiento, que contiene algo de humor, facilita al paciente, en mi experiencia, el darse cuenta de ciertos funcionamientos mentales que hasta ese entonces eran egosintónicos.

      La idea de exoesqueletos o prótesis va al encuentro de lo que a mi entender nos topamos cada vez con más frecuencia en la clínica: con personalidades que no han crecido ni crecen sobre bases firmes y auténticas, sino que se arman o se adhieren entre si sobre bases precarias, con la sobreadaptación como una segunda piel (Bick, E., 1968) y al precio de dejar escindidas las experiencias emocionales.

      Pienso que en la cultura y la sociedad occidental un factor a investigar es el empuje hacia una socialización cada vez más prematura, que prioriza el aprendizaje de datos de información y la eficacia por sobre el desarrollo y la madurez emocional. La tecnología actúa, con su velocidad de comunicación, contribuye a saltear distancias y diferenciaciones con el otro. Hoy en día tenemos entre nosotros y en muchas partes del mundo, el problema de la banalización y de la creciente pobreza que priva a muchos niños de su infancia. Si miramos la cara y la mirada de un “chico de la calle” veremos la mayoría de las veces la expresión y la mirada de un viejo. Otro problema propio de la cultura occidental (por lo menos de clase media) es la prematurez, la exaltación de la prematurez intelectual dejando de lado la madurez emocional, tal como se trasunta en la búsqueda de diplomas o que desde el jardín de infantes se enseñen idiomas, habilidades, etcétera. Muchas veces esas búsquedas ocupan el lugar del desarrollo de una capacidad de juego.

      Esto nos lleva a cuestiones técnicas de abordaje. ¿Cómo abordamos lo que hemos llamado el exoesqueleto, la sobreadaptación y la adhesión a lo fáctico? ¿Cómo nos aproximamos a que el paciente pueda desarrollar una capacidad de “jugar”?

      3) Sobreadaptación y sueños. La sobreadaptación es lo opuesto al soñar (en sentido amplio4). Cuando Freud descubrió la realidad de la realidad psíquica e investigó con profundidad el fenómeno onírico abrió el camino a comprender la realidad de la “ficción”, la realidad de la realidad psíquica. Él consideró que la fantasía no era sólo una huida de la realidad, sino también una reserva ecológica de la que se nutrían los artistas. También pensó que los escritores y artistas creativos habían sido niños que habían jugado mucho. M. Klein siguió ese camino con la introducción de la técnica de juego y con la idea de la personificación de los objetos de la realidad psíquica y su concepción de un mundo interno como escenario de distintas dramáticas.

      Bion pensó y desarrolló la idea de la personificación de distintas partes de la personalidad y aun de abstracciones tales como la relación continente-contenido o la oscilación entre la posición esquizoparanoide y depresiva, siempre con la idea de abrir un diálogo. Una ilustración y puesta en práctica de esta idea de diálogo está en los tres tomos de Una memoria del futuro5 (Bion, 1975, 1977, 1979), una especie de autobiografía psicoanalítica en la que cobran voz distintos personajes del mundo interno de Bion y distintas situaciones de su vida formuladas en forma dramática, como diálogos “ficcionales”, es decir una especie de ciencia-ficción. Ahí aparecen por ejemplo los personajes Bion y yo mismo en curiosos diálogos, junto con personajes imaginarios como Sherlock Holmes y Watson que disputan la escena con los personajes reales como Bion, discutiendo con sentido de humor la “realidad” de los “personajes reales”, lo cual nos encamina a cuestionarnos de qué clase de realidad se trata cuando hablamos de la realidad psíquica y la realidad de lo vivido y lo no vivido desde esa perspectiva. Bion transforma el mundo interno en un mundo con personajes, con distintos intercambios y diálogos. En forma dramática se desarrollan escenas en las que los personajes van cambiando, como van cambiando las vivencias de los pacientes en relación a los hechos vividos. Se presenta así el mundo interno con distintos personajes que encarnan, valga la redundancia, los objetos internos de la realidad psíquica. Bion sostiene allí que los personajes de ficción han sido muy buenos nutrientes de su mente.

      4) Las ideas de reverie materno y de la función alfa me impactaron por su riqueza y posibilidades en la clínica. Al escribir acerca del nacimiento psíquico y las ideas prenatales me di cuenta más profundamente de que las hipótesis del reverie materno y de la función alfa abren camino para pensar psicoanalíticamente la función del “ambiente humano” en el desarrollo emocional. El reverie es el nombre de una función receptiva y transformadora, desintoxicadora de las intensas ansiedades primitivas, de modo tal que los pensamientos embrionarios, las intuiciones salvajes o los pensamientos no domesticados puedan ser pensados sin perder vitalidad ni capacidad para evolucionar. Es una función fundamental para la creación de un espacio psíquico, un espacio potencial donde las experiencias puedan ser “soñadas”/simbolizadas y puedan almacenarse y asimilarse. Esta transformación es fundamental para que se pueda producir un proceso de reintroyección, desintoxicando lo identificado proyectivamente por el bebé y/o el paciente de modo que pueda ser reintroyectado y asimilado a la personalidad.

      Estas ideas se enmarcan en una consideración distinta de la función del soñar y de la identificación proyectiva, sobre la que me extiendo en el trabajo.

      “Soñar” como proceso relacional significa que el paciente no sólo se conecta con contenidos sino con el modo como funciona la mente del analista; esto le da posibilidades de reparar su equipamiento para el contacto con la realidad psíquica.

      La conjetura de los pensamientos prenatales como gérmenes que pueden evolucionar hacia un crecimiento mental cambia el vértice psicoanalítico, en el sentido de que una de la funciones de un tratamiento psicoanalítico es hacia el desarrollo de pensamientos y de funciones mentales para pensarlos. Esto implica el desarrollo de un continente para los contenidos emocionales y una postura también diferente en relación a los procesos de externalización.

      Si la identificación proyectiva tiene una función comunicativa y si la formación del pensamiento pasa a través del funcionamiento de la mente de otro, el desarrollo de pensamiento o el proceso de simbolización deviene un


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