Psicoanalizando. Rafael Paz
nuestra es una técnica de meta no explícita, por lo que toda su fuerza dimana de la succión transferencial generada por un vacío de promesa, que activa al límite las tendencias al uso y abuso recíprocos.”8
Es por esto, traumáticamente vivido por los primeros psicoanalistas, que el así llamado “contrato analítico” trata de instaurar un nivel atemperado y con reglas nítidas, incluso cuantificable en virtud del pago, apoyándose en la abstracción y distancia que genera toda transacción dineraria.
El valor de cambio tranquiliza, efectivamente, al alejarnos de niveles primarios de prestaciones y retribuciones, y de lo inconmensurable de deudas y reparaciones ligadas a tales vínculos.
Profundizando el punto: consumos y endeudamiento constituyen matrices de subjetivación poderosas en el mundo en que vivimos, con necesidades expandidas y ofertas multiplicadas.
Por lo que el producto ofrecido según las reglas de juego tiene que ser nítido y contener la promesa del máximo.
Así como la posibilidad de acceso al mismo –“la compra”– inmediata, teniendo presente que tal no constituye una actividad más, sino opera como modelo que pauta los intercambios humanos de toda índole.
La unidad de intervención del psicoanalista, en un juego de homologación de formas sería la interpretación: aquello por lo que el paciente retribuye con tantas unidades dinerarias.
Por el absurdo se ve la imposibilidad de mensurar lo inconmensurable de los intercambios humanos (cuando son tales).
De ahí lo interesante de algunas ocasiones en las que el psicoanalista es representado oníricamente bajo la figura de una prostituta, que, junto a otros significados posibles, expresa la defensa por peyoración frente a la intensidad del vínculo y del quehacer todo.
Pero trasuntando también anhelos de placer, dominio, control del otro, presencia segura, incondicionalidad, cercanía corporal –densidad humana, al fin y al cabo– que la supuesta denigración conlleva.
Y también, justamente, esfuerzo imposible para cuantificar con pulcritud de mercado la excedencia inherente a la calidad relacional en juego.
El punto es una buena muestra de que el análisis no ha de operar per via di porre, para rescatarse del menoscabo y desvaloración transferenciales, sino per via di levare, mostrando la riqueza y complejidad de las figuras –en este caso de la prostituta– y su lugar en la economía fantasmática y por ende en la vida del paciente.
(El orden de valores que el medio analítico pone en juego muestra los condensados de vida que las transacciones incluyen; pensemos: ¿cuánto “se debe” por los cuidados maternos si fueron adecuados?
O, a la inversa: ¿cuánto se adeuda al hijo si fueron malos?
Y tal es el modo en que “las cantidades” juegan en el análisis cuando se movilizan planos profundos, y se distribuyen e impregnan los vínculos actuales y específicamente los transferenciales.)
La exorbitancia, por otra parte, nace de las mismas fuentes que los síntomas, como expresión de lo disociado y reprimido que vuelve por sus fueros, y también de lo inédito que intenta tomar cuerpo, mezclándose con las figuras redivivas en el campo analítico.
Lo que nos enseña “la fuga en la salud”
Cabe aquí traerla a colación, pues constituye un buen ejemplo de complejidad defensiva, en tanto estabilización y cierre luego de haber logrado cierto alivio de malestares.
Lo que volvería superflua la prosecución del análisis.
Ocurre en tales casos que aspectos movilizados pero insuficientemente elaborados, llevan a que el paciente se rehaga merced a una prótesis, construida por proyección primero y reintroyección después, de aspectos idealizados de sí, junto con otros extraídos del analista, montándose sobre bondades y alivios que la nueva situación procuró.
Se constituyen entonces recomposiciones arrogantes a partir de lo que quedó fuera de la matriz elaborativa, por la idealización que la situación analítica promueve y de la cual el Self se apodera.
Engrandecido, por ingestión voraz del otro idealizado y en especularidad con “Su Majestad El Bebé” redivivo, el paciente “se cura”, rehaciendo narcisísticamente un contorno que comenzaba a permearse.
Todo esto al costo de expulsar esbozos de insight, con pedazos del percibir y de lo percibido, cancelando el acceso al conjunto de aspectos a reparar.
Y dando por concluida la tarea con ese tipo específico de reequilibramiento, que sustrae de la elaboración una masa “x” de aspectos de sí y de vínculos objetales, dañados y necesitados de reparación.
Por añadidura, el haber transitado fugazmente por un ambiente psicoanalítico perfecciona las resistencias, suministrando una suerte de visa al haber atravesado un baño pasajero de experiencia.
Y hace difícil movilizarlas luego, salvo algún derrumbe o situación extrema.
Alfredo, post adolescente activo, tanto en la vida en general como en su análisis, insiste en considerar que “ya está bien”, y que continuar, por razones de tiempo y dinero, conspiraría contra sus proyectos.
En el curso de la sesión habla de “herramientas” ligadas a un oficio por el que siente vocación, pero cuya adquisición es difícil por lo que le insume el pago del análisis.
La psicoanalista, exploratoriamente, vincula tales herramientas con las que usa el padre en su oficio de artesano, pero por razones de timing, con prudencia, no lo explicita.
Las fantasías subyacentes se van entendiendo de a poco como ligadas al apoderarse del herramental psicoanalítico, que de ser exitosas constituirían una suerte de sobre maduración por identificación histérica en la neurosis de transferencia, para luego pasar a la acción escapando prematuramente.
Solución que mata dos pájaros de un tiro, pues consuma la rivalidad edípica, al apropiarse, por despojo transferencial, de emblemas paternos (“las herramientas”, caras, valiosas).
Pero a la vez identificándose con una madre que el análisis ha ido mostrando como abandonante.
De este modo encarna “al que se va” de manera activa, y revestido por añadidura de atributos del padre.
Queda obviado así el dolor inherente a ambas situaciones y en diferentes planos, así como el riesgo de la gratitud, por transformaciones que comenzaban a ser reconocidas.
No olvidemos que la gratitud es un sentimiento mayor, ubicado por Melanie Klein en el plano de las “emociones básicas del hombre”.
Idea de gran importancia clínica, a pesar de lo cual es a menudo olvidada (o sea resistida).
La gratitud suponía para Alfredo tomar contacto con el dolor producido por carencias maternas, disimuladas hasta ese momento por el holding analítico y el cuidado inherente al trabajo elaborativo.
Pero que en un cierto momento se hicieron presentes.
Las dificultades para descompletar el material muestra un tipo usual de resistencia, favorecida también por una frecuencia escasa de sesiones que frenaba el despliegue de las experiencias emocionales.
Pues compactarlas en corto tiempo facilita que se transiten aspectos de las mismas, pero sin acceder a la afectividad de base y la producción oniroide correspondiente.
En otros casos, lo presentificado pero no digerido