Bion en Buenos Aires. Wilfred Bion

Bion en Buenos Aires - Wilfred Bion


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aquello que arroja luz, o parece hacerlo, sobre la situación analítica. Ahora bien, esto significa que cuando la situación se vuelve particularmente oscura, uno no se lanza a la caza de una interpretación adecuada. Es éste un problema con respecto al cual me resulta difícil explicar qué quiero decir, pero confío en que ustedes lo comprenderán y sacarán algún provecho de lo que me propongo exponer aquí.

      En primer lugar, considero que es muy importante que todo analista trate de concentrar en su arsenal unas pocas teorías esenciales, esto es, unas pocas teorías que son esenciales para él, y para nadie más, tan económicas como sea posible, en el menor número posible, y que abarquen el área más amplia posible, porque no conviene perder el tiempo pensando en una interpretación durante el análisis; el tiempo es aquí demasiado valioso. Los cincuenta minutos de una sesión corriente son demasiado valiosos, constituyen la única oportunidad con que uno cuenta para obtener el material que permite dar una interpretación. En comparación con eso, ninguna otra cosa es importante. Esto significa que el analista debe mantenerse en un estado que le permita captar al máximo. Repito una vez más que acepto la necesidad fundamental de una formación analítica, pero me refiero aquí al desarrollo posterior de la propia técnica. Esto significa que uno debe conocer muy bien unas pocas teorías.

      Por ejemplo, es necesario que uno esté absolutamente seguro de comprender acabadamente qué entendía Freud cuando hablaba de la situación edípica. Y cuando eso ha llegado a formar parte de uno, ya no es necesario preocuparse por recordarlo, uno ya puede dejar que se desarrolle, sin necesidad de lanzarse en su búsqueda. Ustedes habrán observado que cuando se encuentran cansados, o desconcertados, hay una tendencia a lanzarse a la búsqueda de una certeza, y una manera fácil de hacerlo es comenzar a buscar una interpretación que, según ustedes sienten, cuenta con la bendición de algún papa psicoanalítico.

      Ahora bien, según mi experiencia, es posible establecer en forma relativamente fácil ciertas categorías no demasiado imprecisas, según espero, con respecto a determinados fenómenos mentales que intervienen y tienden a ejercer un efecto peculiarmente oscurecedor. Se interponen entre el analista y la realidad con que aquél debe ponerse en contacto. En líneas generales, quiero utilizar y de hecho los he empleado, los términos recuerdo y deseo para referirme a la mayoría de tales fenómenos. Por ejemplo, si se está a punto de terminar la sesión, creo que uno comienza a preguntarse cuándo llegará ese momento; lo mismo ocurre con la semana y con lo que uno hará después de esa sesión. Eso es precisamente lo que entiendo por deseo. Ahora bien, esas ideas interponen entre el analista y la realidad que debe estar manejando en ese momento una pantalla particularmente opaca.

      Cuando digo recuerdo y deseo, utilizo sustantivos pero quiero que éstos tengan tiempo pasado y futuro. A título de ejemplo, en este sentido no tiene mucha importancia que uno empiece a pensar: “¿Qué dijo ayer ese paciente?” o “¿Qué voy a hacer este fin de semana?”. Son la misma cosa, tienen una cualidad idéntica y el mismo grado de opacidad. Mientras uno piensa en todas esas cosas, el análisis prosigue y uno no está realmente presente.

      Habrán observado que he modificado el tema central de estos comentarios, que inicialmente se referían al paciente y a las interpretaciones que trataba de darle, y he pasado a hablar sobre el analista. Y ello se debe, no a que quiera dejar de lado al paciente, sino a que pienso que una vez que uno ha completado su formación analítica en la medida de lo posible, es necesario evitar malos hábitos que tienden a retrotraernos al estado en que nos encontrábamos originalmente cuando acudimos al análisis como pacientes. Y creo que, por lo tanto, es conveniente adquirir y mantener buenos hábitos en el curso de nuestro trabajo que, al fin de cuentas, ocupa una considerable parte de nuestro tiempo y regula gran parte de él.

      Ahora bien, el enfoque que quiero destacar aquí, el enfoque que consiste en lograr que el penetrante rayo de oscuridad ilumine la zona oscura, padece de algunos defectos desagradables para el analista. No creo que se trate de algo insólito, pues incluso en algo tan simple como aprender a jugar al tenis, si uno sigue las indicaciones del entrenador, no jugará demasiado bien y lo sentirá como algo extraño hasta que llegue a formar parte de uno mismo. Y esto se aplica también a este intento particular de establecer un estrecho contacto con las realidades que el psicoanálisis debe encarar.

      Creo que, en algún momento, la mayoría de la gente tiene la experiencia de sentir que su análisis andaría muy bien si pudiera librarse del analista y, además, qué excelente analista sería uno si pudiera librarse del paciente. Ahora bien, la experiencia a que me refiero exhibe la cualidad desagradable precisamente opuesta a esto. En la medida en que es posible alcanzar algún éxito, la situación emocional del análisis se ve enormemente realzada y creo que es justo decir que uno logra aproximarse a lo que Melanie Klein describió, esto es, la transición de la posición paranoide esquizoide a la posición depresiva. Ahora bien, no creo que sea conveniente utilizar tales términos en este contexto ni que resulte útil suponer que estamos libres de tales mecanismos. De modo que he tratado de dar por sentada, confío en que sin exagerar, la cordura de los psicoanalistas, y utilizar otros dos términos: para el paciente, paranoide-esquizoide y depresivo, y, para el analista, “paciente” y “seguro”, como la contraparte. Utilizo el término “paciente” porque, en inglés, significa al mismo tiempo tolerar la frustración y sufrir, y el término “seguro” tiene el doble significado de libre de peligro y de preocupación. Creo que se trata más de piadosas esperanzas que de descripciones precisas, pero pienso que hablar de paranoide-esquizoide y depresivo constituye una descripción más depresiva que exacta, de modo que prefiero inventar estos otros dos términos. Siempre considerando el problema desde el punto de vista del analista, pienso que sería difícil encontrar una mejor descripción de la posición paranoide-esquizoide tal como me refiero a ella en este momento, de la que ofrece Henry Poincaré al comentar su experiencia relacionada con el desarrollo de una fórmula matemática. Resulta interesante porque está muy fuera del psicoanálisis y también porque no creo, a pesar de mi profundo respeto por ella, que Melanie Klein fuera una escritora de talento. Pero Poincaré lo es, y describe una situación en la que debe confrontar una masa de fenómenos que no exhiben relación alguna que él pueda discernir, que carecen de significado lo cual configura una situación que a la mente humana la resulta muy difícil tolerar. Y, una vez que se ha encontrado la fórmula matemática el resultado es que, en cuanto uno la introduce, impone orden allí donde antes no existía, introduce significado allí donde no podía discernirse sentido alguno y pone de manifiesto una relación y una coherencia que no existían antes.

      Ahora bien, creo que esa debe ser nuestra actitud dentro de la situación analítica. Es importante que, al encontrarse otra vez con el paciente mañana, no sea el paciente que el analista conocía, sino alguien a quien uno jamás ha visto antes. Ahora bien, no es nada fácil de lograr; no es nada fácil librarse de los recuerdos, y quizá es mejor que así sea. Pero lo importante es destacar que lo que debe verse es una situación nueva. Si algo se ha interpretado antes, ya ha cumplido su propósito. En caso contrario, cuando surja nuevamente ese material, tendrá una apariencia distinta. Por lo tanto, no hace falta preocuparse por lo que uno ha dicho antes, o por lo que el paciente ha expresado previamente, sino sólo por lo que está ocurriendo en ese momento. Lo importante es mañana, y no ayer o anteayer. Si el material es pertinente, volverá a aparecer en la evolución, como yo la llamo, de las interpretaciones. Surgirá y ocupará el lugar que le corresponde, como la imagen en la pantalla del televisor. Aparecerá no como uno recuerda en los sueños, sino más bien como cuando uno dice “Ah, eso me recuerda que tuve un sueño”. El sueño surge como un todo; eso es lo que entiendo por evolución. Si uno lo recuerda, surge en forma fragmentaria, de a poco, y nadie sabe qué son esos fragmentos.

      El paciente no puede cooperar en este sentido. El paciente tiende a llegar y decir: “¿No me reconoce? Soy la misma depresión, la misma ansiedad, que usted conoció ayer y anteayer, y nos seguiremos encontrando durante los próximos años”. Creo que, mentalmente, uno debería decir: “Váyase. Hoy recibo a un nuevo paciente, y si usted quiere se lo voy a presentar”.

      Ahora bien, existen ciertas compensaciones, pues por lo menos disminuye la carga de esos terribles tipos de análisis que se prolongan interminablemente y siempre de la misma manera, con la misma cooperación, los mismos sueños; en síntesis, todo aquello destinado a indicar que se trata siempre del mismo


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