Anti-Nietzsche. Jorge Polo Blanco
No pueden descubrirse en su carácter demasiados elementos de jovialidad, a excepción de algunos episodios de euforia desatada. La náusea habitó, de forma casi permanente, en su espíritu y en su pluma. Y para los que creen, con estrepitosa ignorancia, que lo dionisíaco tiene algo que ver con andar borracho por las calles, han de saber que Nietzsche nunca fue demasiado amigo de la ingesta de bebidas alcohólicas. Odiaba la cerveza. El apologeta del perpetuo devenir —presten atención los talantes posmodernos— escribió alguna vez que lo más insoportable para él sería una vida que careciese por completo de hábitos; el escenario más terrible sería una existencia que exigiese de continuo la improvisación9. El defensor de la «moral guerrera» —no nos resistimos a mencionarlo— estuvo a punto de morir a consecuencia de una grave caída de caballo durante su servicio militar en un escuadrón de caballería10. Y aunque añoraba las gélidas soledades de las alturas y los desiertos, también es verdad que albergó vanidades megalómanas. En una carta a Paul Deussen (26 de noviembre de 1888) mostraba la rutilante expectativa de ver traducido El anticristo a siete lenguas, con una tirada de un millón de ejemplares para cada una de esas siete traducciones. En esta misma misiva, además, sugería que su Zaratustra terminaría siendo la «Biblia» del futuro, y como tal habría de leerse11. Resultan conmovedoras sus inefables angustias ante el retraso que había sufrido la edición de esta obra (demora que, ironías del destino, se debió a la impresión de medio millón de cantorales litúrgicos que debían estar listos para la Pascua). Sumido en el pesimismo y el desánimo, le dijo a sus fieles amigos Gast y Overbeck que había fracasado. Tal vez el texto no tuviera valor alguno, se lamentaba, e incluso llegó a tildarlo de «necedad». Dudó de sí mismo. Al final, cuando la edición se puso en marcha, se produjo una convulsión en su ánimo, y la transición entre un inconsolable abatimiento y la euforia más desmedida fue rapidísima. Mostró nuevos temores, eso sí, pues le horrorizaba la idea de que el Zaratustra fuese leído en clave literaria. En cualquier caso, ahí estaba su presentimiento de haber entregado al género humano unas nuevas «Sagradas Escrituras»12. Su alejamiento de lo mundano fue parcialmente deliberado, no lo negaremos, pero nunca dejó de tener conciencia de ser una suerte de profeta descomunal, un rasgo que fue acentuándose o agravándose de forma calamitosa con el transcurrir de los años13. Y, en honor a la verdad, algo de todo ello terminó sucediendo, puesto que más de ciento sesenta y cinco mil ejemplares del Así habló Zaratustra fueron vendidos entre 1914 y 1919.
Jamás tuvo en vida demasiados lectores o seguidores; ello le causaba muchísima amargura. Sin embargo, en 1877 supo de la existencia de un grupo de admiradores en Viena. Y por esa misma época recibió una carta entusiasmada de Ludwig Schemann, que se convertiría en el propagador más importante en Alemania de las ideas de Joseph Arthur de Gobineau, el teórico del racismo que había escrito el famoso Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas14. Se ha de apuntar, por lo demás, que Gobineau se enorgullecía de pertenecer al círculo de Richard Wagner, y, de hecho, escribía en la revista oficial del wagnerismo. Schopenhauer, un «educador del futuro» a juicio de Nietzsche, había leído con detenimiento y aprobación al pensador racista, y lo citaba de manera textual sin problema alguno en su Parerga y Paralipómena (1851). Nietzsche ya había leído esta obra de Schopenhauer en 1865, y es probable que a partir de dicha lectura se despertase en él un vivo interés por la obra de Gobineau; así, en diciembre de ese mismo año, envió una carta a su familia en la que solicitaba un regalo de Navidad: el Essai del autor francés15. En el aforismo 208 de Jenseits von Gut und Böse hallaremos algunas reflexiones inquietantes en ese sentido, pues Nietzsche insinúa que la mezcla de razas produce degeneración y parálisis en la voluntad de los pueblos. Tales mezcolanzas engendran necesariamente un desequilibrio corporal y un desorden en las facultades superiores del alma. Europa, advierte, se encuentra embarcada en ese sombrío y absurdo experimento de la mixtura racial16. En el aforismo 272 de Aurora encontraremos alusiones semejantes17.
Tenía razón Herbert Frey cuando apuntaba que no existe un solo Nietzsche, o un Nietzsche «auténtico»18. Sus escritos pueden ser descifrados desde muchos ángulos. Bien, admitámoslo hasta cierto punto; pero semejante elasticidad interpretativa tampoco puede ser infinita. Y lo cierto es que muy a menudo ha circulado un Nietzsche «completamente inverosímil». ¿Acaso es un crítico de la Modernidad? Sí lo es, desde luego. Ahora bien, también Bakunin y Marx fueron críticos de la Modernidad. Pero, he aquí la clave del asunto, los «elementos modernos» —sociales y culturales— impugnados por uno y por otros son completamente distintos. Y las posibles «soluciones» también resultan ser disímiles, e, incluso, diametralmente opuestas. Aquello que causaba desasosiego a Nietzsche no coincidía, ni por asomo, con lo que causaba desasosiego a Marx y Bakunin. El filósofo de la «voluntad de poder», por ejemplo, no sentía demasiadas simpatías por el empoderamiento popular. Tal afirmación, de hecho, se queda muy corta, porque Nietzsche —he aquí un asunto crucial— experimentaba una profundísima aversión hacia todos los movimientos filosófico-políticos que, en su época, propugnaban semejante empoderamiento de las clases trabajadoras (o de los sectores populares, que diríamos hoy). Curt Paul Janz, uno de los más notables biógrafos de Nietzsche, señalaba que este compartía con Marx la conciencia de hallarse ante una época sumida en profundas mutaciones; pero, mientras uno lo cifraba todo en el ámbito de las relaciones económicas, el otro lo apostaba en la dimensión de las energías culturales y en la esfera de las potencias espirituales. Sin embargo, y obviando ahora la discutible justeza de semejante apreciación, creemos que Janz yerra cuando añade que Nietzsche jamás percibió la «cuestión obrera» como un problema inmediato y acuciante19. De hecho, el propio Janz —como veremos en el próximo capítulo— relataría ciertos episodios que desmienten su propia afirmación.
Somos conscientes de su potencia sísmica, a pesar de todo. No somos ingenuos. Pensar contra Nietzsche es pensar con Nietzsche. Esa intuición siempre gravitará sobre nuestras polémicas nietzscheanas, y la podemos encontrar en Martin Heidegger. Apuntaba este, en efecto, que cualquier pensador contemporáneo estaba obligado a ejercer su pensar bajo el influjo de Nietzsche, ya fuese «con él» o «contra él»20. Pues bien, en este humilde ensayo se intenta pensar, de manera simultánea, con Nietzsche y contra él. Aunque —digámoslo con sinceridad y honradez— más pensaremos contra el filósofo del martillo. ¿Fue Nietzsche un pensador peligroso, el más peligroso de todos? Seguramente sí, pues muchos abismos se abrieron a través de él. Ahora bien, ¿peligroso para quién?
1 Ansell-Pearson, K., An Introduction to Nietzsche as Political Thinker, Cambridge University Press, Cambridge, 1994.
2 Dannhauser, W. J., «Friedrich Nietzsche (1844-1900)», en Strauss, L. y Cropsey, J. (comps.), Historia de la filosofía política, Fondo de Cultura Económica, Ciudad de México, 1993, pp. 779-798.
3 Ibid., p. 788.
4 Cacciari, M., «Lo impolítico nietzscheano», en Desde Nietzsche. Tiempo, arte, política, Biblos, Buenos Aires, 1994, pp. 61-79.
5 Duque, F., Los buenos europeos. Hacia una filosofía de la Europa contemporánea, Nobel, Oviedo, 2003, p. 79.
6 Nolte, E., Nietzsche y el nietzscheanismo, Alianza Editorial, Madrid, 1995, p. 178.
7 Montinari, M., Lo que dijo Nietzsche, Salamandra, Barcelona, 2003, pp. 168-169.
8 Zweig, S., La lucha contra el demonio (Hölderlin - Kleist - Nietzsche), El Acantilado, Barcelona, 1999, pp. 235-336.
9 Nietzsche, F., La gaya ciencia, Edaf, Madrid, 2002, p. 285.