Cristianos y musulmanes en la España medieval. Ron Barkai
de Dios, en todos sus ritos y escritos sagrados». El vocablo «apostolus» que usa el cronista sirve de paralelo al título musulmán de rasūl, emisario de Alá, destacando así aún más la posición de Mahoma por el significado del término apóstol en el sistema de concepciones cristianas. Cabe subrayar que la crónica no lo define ni como un mesías engañoso ni como un falso mesías, sino que presenta la concepción musulmana traduciéndola a vocablos cristianos latinos[5]. La crónica mozárabe, empero, al transcribir el párrafo de la muerte de Mahoma, suprime la imagen positiva de aquél y amplía la descripción de los sufrimientos de los romanos en manos de los sarracenos y su profeta.
Para subrayar aún más la imagen negativa del surgimiento del Islam y presentarlo como una rebelión, el cronista eligió un verbo apabullante: tiranizarse en vez de rebelarse. La crónica bizantinoárabe cuida de la imagen neutral-positiva cuando describe a los califas: a su criterio, Umar dirigió a su pueblo deseoso de lanzarse al combate tanto en el mundo oriental como en el occidental de un «modo muy experto». La crónica mozárabe transcribe dicho párrafo, pero suprime las palabras de valoración y subraya que »gobernó con crueldad»[6].
La cualidad principal de los musulmanes como grupo, que se destaca en mozárabe, es el fraude. Ya hemos señalado más arriba la afirmación de que las primeras conquistas de los musulmanes en los ámbitos del Imperio romano se debieron al arte fraude virtute. Este elemento se repite al describirse la conquista en España; el cronista aprende en forma deformada las leyes de guerra de los musulmanes. Al describir la conquista de Toledo, el autor sostiene que ésta fue posible por una pace fraudifica. Describe de manera similar todo el proceso de la conquista. La «paz fraudulenta» o los «medios fraudulentos» son, según parece, los convenios de rendición por condiciones de ṣulḥ, que confieren derechos de propiedad sobre los bienes y cierta autonomía a los vencidos; en este sentido puede mencionarse el acuerdo entre ‘Abd al-‘Azīz ben Mūsā y el príncipe Teodomiro[7]. No existen pruebas de que fuera eso lo que quisiera decir el cronista, pero en el proceso de la conquista de España por los musulmanes no se han producido acontecimientos que puedan ser definidos como de pace fraudifica; la mayoría de las ciudades se rindieron por vías del ṣulḥ y la minoría fueron conquistadas por ‘anwatan[II]. Otra imagen de los musulmanes que se repite en la crónica mozárabe es la de crueldad. Esta característica aparece como motivo principal en las lamentaciones por la España conquistada: en un capítulo conmovedor el autor sostiene que la crueldad musulmana causó sufrimientos sin precedentes en la historia de la humanidad. Mūsā —el caudillo conquistador— arrasó antiguas y hermosas ciudades, pasó a cuchillo y exterminó a la población por medio del hambre; crucificó despiadadamente a sus dignatarios y nobles, descuartizó a jóvenes y niños, sembró el horror en España[8]. Esas crueldades no son propias de un solo individuo, ya que por medio de ellas los sarracenos conquistaron el reino de los visigodos y en su ciudad más venerada, Córdoba, establecieron la sede de su reino depravado (regnum efferum).
Podría alegarse, por supuesto, que la descripción de las crueldades musulmanas son un componente obligatorio en el género literario de las lamentaciones. Habría en ello cierta verdad, pero aun así las lamentaciones entrañan el reflejo de cierta imagen de los conquistadores musulmanes, sobre todo porque no se trata de un capítulo de excepción, sino que, por el contrario, se conjuga perfectamente en la crónica con las concepciones e imágenes del Islam. Esta imagen de la conquista habría de transmitirse a las crónicas cristianas durante muchas generaciones. La lamentación no es la única expresión que trata de la concepción de la crueldad de los musulmanes. El gobierno del valí Yaḥyā al-Kalbī (726-728) es descrito con las palabras crudelis, terribelis. Y de ese modo habla también de Anbasa, que invadió la tierra de los francos, aplicó un doble impuesto a los cristianos y «ansiaba la destrucción demoníaca». Semejante grado de crueldad distingue también a los bereberes rebeldes del norte de España, bajo la dirección de Munusa. Estos derramaron sangre cristiana inocente y quemaron en la hoguera a Anambado, obispo de la ciudad de Urgel.
En la crónica bizantino-árabe aparecen muchas imágenes positivas de los musulmanes, que de la crónica mozárabe fueron en su mayor parte suprimidas. Pero tampoco ésta es unidimensional. Está caracterizada por cierto grado de apertura, que se expresa en imágenes positivas de los musulmanes y del Islam: el cronista señala que entre los árabes es habitual que el gobernante nombre su sucesor y que el gobierno se transmite al heredero «sin ningún tipo de lucha»[9]. Esta generalización es sorprendente y difícil de explicar. Es cierto que los califas Omeyas tenían la costumbre de nombrar sus sucesores, pero el cronista sabía muy bien que en las luchas violentas que acompañaban el cambio de gobernantes durante el período de los califatos en general y en España en particular abundaba el derramamiento de sangre.
Con un grado similar de apertura, la crónica mozárabe se refiere a las imágenes positivas de algunos califas y valíes. En parte esas imágenes son transcripciones de la crónica bizantino-árabe y en parte las anima su propio espíritu. Una excepción de la imagen que es aceptada en la crónica se encuentra en la descripción del califa ‘Umar II (717-720). El cronista transcribe el elogio de la crónica bizantina: era bondadoso (benignitatis), paciente (patientia) y le respetaban tanto sus connacionales como los extranjeros. A esta descripción el cronista mozárabe agrega que no había existido otro como él entre los árabes del reino. La historia de ‘Umar II demuestra, por cierto, que sobresalió entre los califas Omeyas. Prestó especial atención a los problemas internos; en un intento de reconciliar a los distintos grupos étnicos, devolvió a los cristianos la iglesia de Tomás en Damasco y redujo el peso de los impuestos que les había sido aplicado en todo el califato. Estos hechos pueden, en cierta manera, explicar las alabanzas del cronista mozárabe.
Una actitud semejante, debida a móviles similares, adoptó el cronista mozárabe con respecto a ‘Uqaba ben al-Ḥaŷaŷ a-Salūlī. Éste llegó a España como gobernador valí (734), tras cuatro años de gobierno tiránico de ‘Ab al-Malek al-Fihrī, que virtualmente exprimió a los habitantes del país, tanto musulmanes como cristianos, con duros impuestos por medio de un gobierno corrupto. Según el cronista, dicho valí reimplantó el orden en España y, lo que fue muy importante para la minoría mozárabe, «abolió los gravosos impuestos, suprimió a los hombres de iniquidad y afianzó el imperio de la ley y la justicia»[10]. La imagen positiva de ‘Uqaba a ojos del mozárabe no fue obstáculo para que describiera más adelante los preparativos del gobernante para emprender una operación bélica contra los cristianos del norte. El cronista parece ser, en este caso, un prisionero de la imagen que él mismo creara, hasta el punto de adoptar actitudes como si fuera copartícipe de la lucha interna musulmana. Describe la campaña de ‘Uqaba contra los rebeldes bereberes como si se tratara de la lucha de un héroe contra traidores y promotores del mal.
Un examen de las imágenes de los musulmanes contenidas en ambas crónicas permite extraer varias conclusiones con respecto a su carácter: las imágenes de la crónica bizantino-árabe son en su mayoría neutras y a veces suscitan simpatía hacia el Islam. La actitud general que se deduce del total de las imágenes es casi siempre cognitiva y emotiva. De aquí se infiere cierta alienación del tema por parte del cronista. En las imágenes de la crónica no hay ninguna expresión de etnocentrismo y ningún intento de crear un estereotipo de un grupo dado. En cambio, en la crónica mozárabe las imágenes musulmanas son, evidentemente, definidas y claras: en el aspecto general predomina el componente emotivo y se mantiene la imagen negativa. Se nota un aire de etnocentrismo, al que nos referiremos en detalle más adelante, cuando se examine la imagen en sí. Dos concepciones —casi estereotipadas en las imágenes de la crónica— son el fraude y la crueldad. Pero cabe decirlo explícitamente: a pesar de que esas imágenes se repiten hasta crear una sensación de estereotipo, no se trata de un estereotipo inequívoco. Es decir, la imagen no expresa una concepción «cerrada». La única generalización consciente a lo largo de la crónica es, por cierto, positiva: elogia la forma en que se cambia el gobierno en el Islam. A pesar de que las imágenes en ambas crónicas son de un tipo primitivo, en su mayoría no tienden a la «inflexibilidad» ni al «encierro». Este aspecto tiene especial importancia en la crónica mozárabe, donde predomina la imagen negativa. Su apertura no es el resultado de la transcripción incontrolada de la crónica del año 741, ya que ese elemento se halla también en sus propios