Camino al ejercicio profesional. Graciela Queirolo
entrado el siglo XX. Esto se tradujo en obstáculos para su actuación pública, como la administración de sus propios bienes, incluidos los ganados con su participación asalariada3. Las reglamentaciones civiles pensaron a las mujeres bajo la guarda del padre y del marido y ni siquiera especularon con la posibilidad de que ellas deambularan por fuera de las instituciones familiares, algo que ocurrió, en parte, cuando la expansión de los mercados de trabajo, las incluyeron dentro de los empleos asalariados. Por lo tanto, su incapacidad jurídica reforzó su dependencia económica.
Las sociedades capitalistas se organizaron bajo una división sexual del trabajo notablemente patriarcal4. A partir de su condición biológica de madres devenida en un mandato naturalizado, las mujeres asumieron tareas reproductivas que consistían en quehaceres domésticos y labores de cuidado, mientras los varones ocuparon tareas productivas que se traducían en el acceso a empleos asalariados. La mujer madre y el varón proveedor se asociaron en el contrato matrimonial, donde el esposo aportaría el sustento material y la esposa contribuiría con las labores domésticas. Se trató de una sociedad asimétrica, donde las esposas quedaron atrapadas a la sujeción de los ingresos de sus maridos, mientras que ellos se apropiaron del trabajo reproductivo de ellas5.
El trabajo femenino asalariado adquirió un carácter excepcional, es decir, las mujeres ingresaron a los empleos remunerados producto de la necesidad económica ocasionada por las falencias del proveedor –muerte, ausencia, abandono, desempleo, bajos salarios–. Esa participación se concibió como transitoria, porque duraría lo que las insolvencias masculinas perduraran o bien se producirían durante la soltería, previo al estado matrimonial o, a más tardar, hasta la gestación del primer retoño. Asimismo, los ingresos femeninos adquirieron un carácter complementario de los masculinos, porque el papel social de las mujeres radicaba en la esfera estrictamente doméstica. Esto se expresó en niveles salariales menores respecto de los varones, una situación que desalentó la permanencia femenina en el mercado. De la misma forma, la superposición de tareas domésticas y de cuidado con tareas laborales sobre los tiempos y los cuerpos femeninos volvió difícil, cuando no insostenible, la “doble carga”, y promovió deserciones o empleos nada prometedores6.
A lo largo del siglo XX, la “sociedad salarial” se constituyó en una organización social hegemónica. La condición salarial con su paradoja fundacional había llegado para quedarse. Cuando el crecimiento económico se separó de la distribución social de sus beneficios, la necesidad ahogó a la libertad y los desajustes tornaron insostenible la paradoja; por lo tanto, la “cuestión social” se hizo presente y los conflictos, no siempre resueltos de manera pacífica, empujaron a nuevas negociaciones que la restituyeron. En cambio, cuando las bondades se propagaron, la integración social fue exitosa. Entre un escenario y otro mediaron los ciclos económicos de retracción o expansión.
En la sociedad salarial, las categorías socio-profesionales diferenciaron a sus integrantes. Los múltiples procesos de capacitación profesional dieron origen a una mano de obra poseedora de mayores o menores destrezas y saberes que posibilitaron la construcción de carreras laborales, expresión de la movilidad ocupacional. Así, la profesionalización promovió la distinción social que diferenció jerárquicamente a unos de otros, mientras prometía una distribución diferencial de los beneficios materiales. El imaginario de la “carrera abierta al talento” constituyó un ingrediente sustancioso de la sociedad salarial, porque abonó la representación de las “carreras individuales” construidas a partir de la “capacidad de trabajo”, la “ambición” y el esfuerzo que triunfaban sobre las herencias y los parentescos. Sin embargo, no todas las personas partían del mismo punto en esa carrera, porque no contaban con los mismos recursos ni materiales, ni temporales, ni culturales; por lo tanto, los procesos de movilidad ocupacional fueron muy diferentes para sus protagonistas7.
Profesiones y género en la historiografía de América Latina
De acuerdo con los planteos de Eliot Freidson, los procesos de profesionalización han respondido a particulares coyunturas históricas, de manera tal que cada sociedad ha establecido quiénes adquirieron identidades y prácticas profesionales y quiénes no. El sociólogo advirtió sobre la importancia de “[tratar el concepto de profesión] como una construcción histórica en un número limitado de sociedades” así como también de “[estudiar] sus desarrollos, usos y consecuencias en esas sociedades sin intentar más que las más modestas generalizaciones”8. En sintonía con esta propuesta, los capítulos de este libro abordan diferentes procesos de profesionalización mostrando conocimientos y saberes, técnicas y aprendizajes que mujeres y hombres desplegaron en sus prácticas laborales, intelectuales y políticas a cambio de una retribución monetaria, aunque esto no siempre ocurriera necesariamente, como demuestra el caso de las mujeres editoras o escritoras. Por lo tanto, los diferentes saberes aprehendidos, gracias a numerosas estrategias, condicionaron la integración laboral de las y los individuos estudiados. Asimismo, en los procesos de capacitación intervinieron concepciones de género.
Algunas ocupaciones sufrieron un proceso de feminización que se expresó con la transposición de supuestas cualidades innatas de las mujeres a la actividad desempeñada. En efecto, la paciencia, la ternura, el sacrificio y la meticulosidad se pensaron como virtudes femeninas que se desprendían de la aptitud maternal, que se atribuía naturalmente a las mujeres, volviéndolas aptas para desempeñar tareas de cuidados como las que realizaban las enfermeras, de atención a niños como las que hacían las maestras, a personas vulnerables como las socorridas por las asistentes sociales, o tareas de orden administrativo como las que desplegaban las secretarias. Algo similar ocurrió con las actividades del servicio doméstico, que hasta las primeras décadas de siglo XX aún eran ejercidas por hombres y mujeres, para terminar feminizándose después de la década de 1930 en los casos de Argentina y Chile. Por lo tanto, las mujeres ejercieron en el mercado de trabajo tareas propias de la esfera reproductiva.
Por una cuestión de espacio, no podemos hacer un balance exhaustivo de la producción historiográfica que en tiempos recientes ha abordado el análisis de las profesiones y el género dentro del recorte temporal y espacial que asumimos. Pero tenemos la certeza de que ya no se trata de “un campo poco abordado”, como se sostenía décadas atrás9. Si bien varios son los caminos que permitieron la expansión del campo, fue la historia del trabajo femenino uno de los más importantes.
Las investigaciones sobre el trabajo remunerado femenino es una temática de interés en la historia de América Latina. Un caso emblemático fue el trabajo de Asunción Lavrin editado en inglés en 1995 y traducido al español en 200510. Este estudio dio cuenta de diversas actividades que situaban a las mujeres en trabajos informales, actividades remuneradas y oficios propios, en su mayoría mujeres pobres, tanto en la época colonial como republicana. Asimismo, Lavrin detectó que la presencia de mujeres en labores de prensa feminista, en instituciones filantrópicas y en órdenes religiosas, estaba asociada a actividades que bien podían entenderse como trabajo femenino asociados al cuidado, aun cuando se tratara de trabajos no remunerados. Lavrin abrió así un campo inexplorado y fascinante de la historia de las mujeres que, por entonces, aun no era reconocido por la historiografía profesional en la región.
Ciertamente, un hito internacional en el campo de los estudios sobre trabajo femenino fueron los aportes pioneros de la historiadora Joan Scott respecto de la utilidad de la categoría de género para la historiografía y el caso de estudio de las obreras francesas11. Su impacto en la historia de las mujeres latinoamericanas es especialmente evidente a partir de la década de 1990 en adelante, como lo deja entrever Heidi Tinsman12.
La historiografía de las mujeres y el trabajo en América Latina se concentró, al igual que para el caso europeo, en las trabajadoras manuales, las obreras, las campesinas, el trabajo doméstico y el trabajo informal de las mujeres más pobres de la sociedad, haciendo un aporte sustancial: las mujeres más desposeídas tenían un largo vínculo con el trabajo remunerado, en razón de que muchas de ellas no eran dependientes económicamente de nadie y salían adelante solas, junto a sus hijos, es decir, eran “jefas de hogar”, usando una de las denominaciones clásicas de las políticas sociales modernas. Contamos con una prolífica producción a nivel latinoamericano referida a este grupo de mujeres que es imposible