Habanera para un condecito. Juanjo Álvarez Carro

Habanera para un condecito - Juanjo Álvarez Carro


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a ver, don Florián, no se me disperse. Usted sabe que le tengo tanto respeto y aprecio, así que no sé ya cómo pedirle encarecidamente que no nos haga perder el tiempo. Dígame: ¿por qué se va usted a Chile el mes pasado?

      —El Automóvil Club Argentino me llamó para pedir que me uniera a un grupo de comisionados e ir montando la intendencia del Gran Premio del Norte.

      —¿El Gran Premio de carretera? ¿De autos?

      —Sí, la carrera que arrancará en Buenos Aires el próximo Noviembre. Desde allí, pasando por San Luis y Mendoza, cruzaría Los Andes por el paso de Uspallata hasta Santiago de Chile. Luego hacia el norte hasta Copiapó y otra vez a Argentina, pasando por Tucumán hasta el Chaco. Desde la ciudad de Resistencia, —fíjese, ¡qué adecuado!— de vuelta a Buenos Aires. Un desafío de más de cinco mil kilómetros.

      —Pero, a ver, don Florián. ¿Usted con esta edad, se me fue a hacer mil leguas? —como regañando al abuelo que se ha subido al cerezo.

      —Sin ofender, comisario. Uno tiene un pasado y un honor. Y ya ve que estoy de vuelta.

      —No quiero ofender. Le pregunto qué pinta usted todavía haciendo servicios al Automóvil Club…

      —Ah, bueno. Usted sabe que la policía tiene que hacer de comisarios deportivos para sellar el paso de los pilotos y, de tanto hacerlo, me he hecho aficionado al gran premio. Yo mismo de joven tuve mis pequeños arranques…

      —Pero, si hace mucho que usted no es jefe político y…

      —Por supuesto, hace ya muchos años, pero, como le digo, me he aficionado profundamente a las carreras y creo en ellas como una forma de unir a nuestro país, comisario. Fíjese que si pudiéramos…

      —Por favor, don Florián, ahórreme el discurso. Ya se lo he oído a usted y a mi padre. Miles de sobremesas y partidas de truco.

      —Entonces no tengo que explicarle, amigo mío, nada más de lo que nos ocupa —contestaba tramposamente risueño y ufano.

      El policía entrevió la misma cara que había visto miles de veces en él, durante las interminables partidas de truco con su padre, casi desde que tenía uso de razón. Una sonrisa bonachona, de ojos pícaros verdes detrás de las gafas de concha nacaradas. La misma cara con que le había felicitado sus cumpleaños, festejado sus regalos de reyes o la caída del primer diente.

      —¿De verdad que no tiene usted nada que contarme, don Florián?

      —¿Qué voy a tener que contarle, comisario? Nada que le sea útil…

      El comisario Miguel López apoyó la espalda y los brazos en su sillón, mientras suspiraba. Abrió el cajón derecho del escritorio y le pasó dos fotografías.

      —Mire estas fotos, don Florián. La cena que se ve en la primera, ¿dónde es? Se le ve a usted allí junto a Krohn y Walda.

      —En la casa de ellos, a orillas del dique —le da la vuelta a la foto. Mil novecientos cuarenta, escribió alguien. El viejo reconoce con claridad la caligrafía.

      —Mire la otra foto. ¿Quiénes son esas personas que están con usted ahí?

      —Walda y su marido Krohn, comisario.

      —Ya. Pero yo me refiero a los que están más atrás, con usted al fondo.

      —El más alto es Gorgonio Colinas. Creo que le suena ese nombre, comisario —se ríe con todos sus dientes el viejo Florián.

      —Sabe de sobra que el que me interesa es el más joven, don Florián. A decir del señor Krohn, el culpable.

      El comisario le sostuvo la mirada durante otros diez segundos, buscando complicidad. O compasión. O lo que fuera que aquel hombre, casi su padre adoptivo, se dignara concederle.

      Luego de un suspiro eterno, en el que se desinflaron todas las cuestiones policiales, todas las obligaciones del cargo, en la mirada del comisario apareció por fin el niño. Se limitó a mirar al veterano jefe político y a mostrar las manos, ofreciéndolas como una tranquera abierta de par en par, disponiéndose a escuchar.

      —Vamos a ver, don Florián. Yo le hago una pregunta fácil. La policía federal me dice que pasan ustedes la frontera con Chile, en Puente del Inca. Y en el control policial son ustedes cinco personas. Todos argentinos menos un joven español, creo que aristócrata, según dice el señor Krohn. Y en el control de Portillo, ya del lado chileno, van ustedes solamente cuatro personas, todos comisionados del Automóvil Club. Hasta ahí, todo cierto. ¿El que iba con ustedes, y ahora falta, es el de la foto?

      —Era un amigo que nos pidió le lleváramos hasta Santiago, aprovechando nuestro viaje.

      —Ya. ¿Y?

      —Que desapareció en una de nuestras paradas. Sencillamente. No supimos más de él. Paramos en una estación de servicio cerca de Portillo. Repostamos nafta, nos sentamos un rato en el restaurante al lado a tomar un bocado y no lo vimos más. Eso es todo.

      —¿No pensaron en denunciar la desaparición?

      —No se nos pasó por el magín. Desapareció de la misma forma que apareció.

      —Acaba de decir usted que era un amigo que les pidió un favor, don Florián.

      —Desapareció en un momento en que estábamos todos en el baño. Se llevó consigo todo lo que traía. Lo suyo y nada más. ¿Qué íbamos a denunciar, comisario?

      —Dígame, don Florián. ¿Es el de la foto?

      El viejo Carro guarda silencio. El comisario vuelve al ataque.

      —Resulta que en Chile lo detienen por indocumentado y lo mandan derecho a Buenos Aires. Pero nadie sabe cómo, el muchacho se ha evaporado otra vez misteriosamente, sin rastro alguno. De verdad que me cuesta mucho aceptar que usted no sepa nada de esto…

      —Comisario López, estoy dispuesto a explicarle lo que me pregunte. Por respeto a su cargo. Pero también por respeto a la memoria de su padre. Lo único que le pido es que me tenga la paciencia que hubiera tenido él al escuchar.

      —No sé si debo hacerlo, don Florián. Esto es de locos.

      —Vivimos, vivimos en un país de locos, comisario. El mismo país parece todavía una locura inviable. Pero es el único que tenemos.

      El viejo Florián Carro tomó su vaso y dio un sorbo al escocés que su rendido comisario le había escanciado de una petaca. El comisario mete la mano en un sobre grande.

      —Gorgonio llevaba encima esto.—El comisario le mostraba tres pasaportes de tres países distintos. —George, Jürgen y, por supuesto, Gorgonio.

      —Usted sabe que Gorgonio trabajaba como agregado militar de su embajada, comisario. Es natural…

      —Don Florián, son un pasaporte español, otro alemán y otro inglés.

      —Déjeme contarle, comisario. Pero también me va tener que permitir que le cuente solamente el quién, el cómo, el cuándo y el dónde. Pero me temo que voy dejar para usted el por qué. Yo no me he atrevido jamás a juzgar a la personas.

      —Veo que me está pronunciando el llamadme Ismael. Y además a su ritmo, don Florián.

      —Es que usted quiere hechos, comisario, y la vida de las personas son también sentimientos y pensamientos, como los de Ismael en Moby Dick. Y es de justicia que los tengamos en cuenta también. Es lo que he sacado en limpio del cargo político. Y esta historia resume el empeño con que este tipo, Colinas, torcía las cosas que la vida le ponía delante.

      —¡Por Dios! —suspira resignado, lanzando los ojos al techo el comisario.

      —¿Sabe, comisario? Gorgonio era un tipo luchador, sabedor de que cortar camino era lícito si beneficiaba a más que a los que perjudicaba. Como usted quiere hacer ahora.

      —Lo sé. Se lo he oído a usted alguna vez.

      —Pero había algo que él


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