Habanera para un condecito. Juanjo Álvarez Carro

Habanera para un condecito - Juanjo Álvarez Carro


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sin remedio.

      —Así que no me va a dar tregua. Pero no se me vaya por los cerros, don Florián, que le escucho…

      —Mire, comisario. Colinas vino aquí hace treinta años, para buscar a un tipo y se quedó. Se quedó a ayudar a los ferroviarios, comisario. Después, con el carajal en los años treinta, los muertos y los torturados… otra vez a echar una mano. Y ahora, el país es un cortijo grande gobernado por Perón. Sobre todo, por su esposa Eva. Y Gorgonio sigue ahí, comisario, como agregado naval de la Embajada de España en Buenos Aires, empeñado en esquivar, torcer, enderezar los desastres de la guerra de su país.

      —Colinas es coronel, tengo entendido...

      —Sí.

      —En la Marina no hay coroneles, don Florián.

      —De la Infantería de Marina, comisario. Un tipo más predispuesto al desembarco peligroso, que a la navegación. Más hecho a la guerra secreta que al combate abierto. Y a la exploración y a la encubierta más que a la primera línea.

      Piensa la siguiente jugada el comisario. Y decide mover la reina. Abre el cajón del que sacó las fotos y mete la mano.

      —Hace unos días, cuando los del Gran Premio de Lima pasan por Cruz del Eje de vuelta a Buenos Aires, Fangio preguntó por mí en el control de paso. Y me pide personalmente que haga entrega de este paquetito a don Florián Carro.

      El comisario posa un estuche pequeño de cuero como para un anillo, sobre la mesa. Cerrado con lacre.

      El viejo tensa el rictus esta vez. Y mira casi sin pestañear al comisario. El viejo toma el paquete y lo abre. Muestra al comisario el contenido.

      —¿Qué es eso, don Florián?

      —Es un rollito que contiene una película.

      —¡Por Dios! ¡Ya lo sé! ¡Ya lo veo!

      —Si es lo que imagino, se trata de fotos de una lista.

      —¿Una lista de qué?

      —Escuche, comisario. Antes de decírselo, tengo que preguntarle algo. ¿Su padre le mencionó alguna vez quién era Colinas?

      —Poco. Y lo que le escuché a usted alguna vez.

      —Yo conocí al coronel Colinas en el año diecisiete. Y su padre también. Aún volvimos a ver a Gorgonio varias veces después de ese año, a lo largo de estos treinta años. Lo vimos crecer, adelantar pasos en la vida, así como ir ganando canas y grados en su uniforme militar, pero le aseguro que jamás lo vi feliz.

      Por lo mismo —sigue el viejo a su ritmo—, Gorgonio había pasado la vida añorando encontrar a Walda de frente, en batalla abierta y, al hallarla, no comprendía que no quedaba sino batirse, con o sin reglas. No comprendía que estar con ella implicaba una rendición, pues ésta jamás era posible en su léxico diario y castrense. Una tragedia. El pobre tenía el corazón analfabeto.

      —Supongo que se refiere a Walda Schumboldt, don Florián.

      —La misma, comisario. Alguna vez intenté explicar esto a Gorgonio usando como ejemplo al coronel Lezama, ya con su nueva identidad viviendo junto a Luisa en este rincón al norte de Córdoba.

      —¿Quién es el coronel Lezama, don Florián?

      —Me refiero a... —se para el viejo sin saber si está hablando de más— a Plácido Zalema. Colinas refutaba con toda vehemencia que Lezama ahora ya no era coronel, sino que era el ciudadano argentino Plácido Zalema, quien había dejado atrás esa condición voluntariamente, como quien se desprende de una pesada carga en una persecución. Después él miraba hacia otro lado y cambiaba de tema.

      —¿Me está contando que nuestro don Plácido Zalema tampoco era quien decía ser?

      —Claro que no, comisario, pero esa es otra historia. Y es la que trajo aquí a Gorgonio en el año diecisiete, por primera vez.

      Toma nota el comisario del dato, eficiente y práctico, pero con la cara sorprendida.

      —Pero convendrá conmigo el viejo jefe político, que como policía debo preguntar…

      —Como quiero que conmigo hagan lo mismo, comisario, yo sólo quiero que me atienda. Y yo le cuento. Algo me dice que cuando escuche lo ocurrido en estos últimos treinta días, le será más que suficiente para entender los últimos treinta años.

      GRAN PREMIO

       BUENOS AIRES-LIMA

       18 de julio de 1947

      Tramo: Buenos Aires-Tucumán (1.363 Km)

       Frente al estadio de River Plate, en Buenos Aires.

       00:09h

      —A ver. Métase ahí, detrás del asiento y se tira en el suelo. ¿Y la ropa? —pregunta el americano.

      —Aquí no quepo, entre las ruedas y la caja de herramientas y ese bidón —contesta el joven—. Y la ropa me la he dejado allí, entre los coches antes...

      —Entonces, si no cabe, bájese —protesta el piloto—. El único auto con cuatro puertas de toda la carrera y el boludo este dice que no cabe —mientras mira a su copiloto—. Y hágame el favor de agacharse. Tápese con el capote cuando pasemos por la largada. Perón con la banderita…ya sabe.

      Jorge Daly usó la palabra boludo, en perfecto castellano. Y el resto de la charla, en su inglés de Cork. Tenía por costumbre llevar siempre algo verde encima y el capote militar lo era. Una manía que había heredado de su madre. Y la cabezonería, de su padre: Irlanda hasta en la sopa y hasta la muerte. Corriera con el coche que corriera, siempre pintaba o llevaba algo verde.

      Su Plymouth 42 era grande y largo como su ego. Ese mismo ego que lo salvó, mientras volaba por el Mediterráneo como fotógrafo en un Mosquito de la Royal Navy.

      Cuando cubría a su polizón con el capote militar que llevaba todavía su nombre en el gafete, interrogó a su amigo en voz alta, con el rugido de motores calentando por todo el parque cerrado:

      —¿Me puedes explicar al menos, Joyce Darryl, por qué tengo que llevar a éste hasta Perú?

      —Porque siempre fuiste un tipo cabal y si te lo pido yo, es porque no se lo puedo pedir a otro… Además, no lo vas a tener que llevar tú hasta Perú.

      —Por lo menos, explícame qué ha hecho para tener que salir así del país…

      Darryl busca una manera inocua pero rápida de explicar una historia de que daría para muchos vasos de escocés en una mesa del Tortoni. No. No había forma rápida e inocua.

      —¿Te acuerdas de Colinas, Daly?

      —Y claro. ¿Cómo no lo voy a recordar?

      —Pues imagina que te lo pide él.

      —Vale. ¿Y por qué no me lo pide él, Joyce Darryl?

      El americano contestó a eso con un silencio y una mirada torcida. Terminando de decir algo en voz muy baja al polizón improvisado, se volvió otra vez a Daly y le pidió.

      —Escucha, Daly. Sácalo de Buenos Aires. Yo procuraré que se vaya a otro coche cada tanto. Tiene que llegar a Villazón sano y salvo. Allí ya te puedes olvidar de él.

      —¿Me estás diciendo que tengo que llevar a este hombre hasta Bolivia?

      —Seis minutos, Jorge. Y nos vamos. —Avisa el copiloto con seriedad.

      —Te he dicho que no tienes que llevarlo tú todo el tiempo. Se lo puedes pasar a alguien, entretanto. Habla con Fangio, con los Gálvez o con Marimón…

      —Ya me viene algo de olor. No hablo con Müller. ¿A que no?

      —Por lo que más quieras. Con cualquiera, menos con él.

      —¿Y me pides que les coloque este paquete a los tipos que vienen


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