Enseñanza de la ética profesional y su transversalidad en el currículo universitario. Rafael Silva Vega
¿Qué vicios son excusables y cuáles no?, ¿cómo determinar eso? ¿Le puede estar permitido al político profesional, y en qué medida, mentir por el bienestar público? ¿Más allá del derecho a la legitima defensa que tiene toda persona, no hay impedimento ético que restrinja el accionar profesional del abogado cuando se trata de la defensa de criminales de lesa humanidad? ¿Estoy dispuesto a renunciar a mi conciencia moral, a mis valores morales más personales, para sacar adelante las exigencias éticas de mi profesión o, en sentido contrario, silencio mi conciencia moral para seguir de forma inflexible el código ético profesional?
Las preocupaciones que plantean Montaigne y Weber en sus obras son un claro indicador de que la ética profesional no es una moda actual sino, al contrario, una inquietud que ha acompañado el desarrollo del capitalismo moderno y su estilo de vida laboral que produjo esa especie nueva llamada el profesional. Así que el llamado que en las circunstancias actuales se hace, desde distintos ámbitos de la sociedad, a que los profesionales acompañen con una reflexión permanente y una actitud ética cuidadosa su quehacer no es un capricho del momento, sino una exigencia planteada y reconocida de carácter histórico en nuestras sociedades. Seguramente este llamado se ahonda en momentos de crisis, cuando la vida profesional se reconfigura al paso de las nuevas transformaciones del capitalismo y del mundo laboral; cuando estos cambios dan paso a nuevos dilemas éticos, cuando son evidentes nuevas formas de flexibilidad moral del profesional. Seguramente, este llamado permanente a tener en cuenta las implicaciones éticas del ejercicio profesional está asociado al hecho de que las universidades se han convertido más en espacios para la transmisión de conocimientos técnicos que en la formación de profesionales, de lo que significa ser un profesional y sus responsabilidades éticas para consigo mismo y la sociedad en la que ejerce su profesión. Tal vez esto tenga que ver con el hecho mismo que en las universidades no hemos sabido cómo formar profesionales conscientes de las implicaciones éticas de su rol; cómo enseñar y trasmitir este saber en el currículo universitario; cómo y para qué enseñar ética profesional.
En este sentido, este tercer volumen de la Colección Varii Cives del Centro de Ética y Democracia de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la universidad Icesi, titulado Desafíos en la enseñanza de la ética profesional. Cómo hacer transversal la ética profesional en el currículo universitario, se propone aportar algunos elementos conceptuales, ciertos puntos de vista teóricos y una experiencia pedagógica sobre la enseñanza de la ética profesional, con el fin de aportar y ayudar a enriquecer un debate, en la medida de nuestras posibilidades, que ya está inserto en la sociedad colombiana y en otras latitudes.
Jerónimo Botero Marino Decano Facultad de Derecho y Ciencias Sociales Universidad Icesi Cali, diciembre 5 de 2019
[ Prólogo ] La ética como actividad y práctica
Si la presentación del libro Enseñanza de la ética profesional y su transversalidad en el currículo universitario es sumamente acertada, es porque el libro reboza claridad desde las primeras líneas. Este elogio no es simple superchería, pues desde la sentencia inicial el texto declara con sensatez aquello que guiará el entramado de todo su discurso: “Míresela por donde se la mire, la ética es siempre una actividad” (Silva, 2020: 6). Si la ética no es por sobre todo práctica, no es nada o solamente un cúmulo de sentencias que expresan unas buenas intenciones que jamás se corresponderán con lo real. Por lo mismo, se puede afirmar que juzgar implica describir primero los efectos que esa actividad genera en el espacio público o privado, evaluar sus consecuencias y luego señalar si aquel comportamiento es acorde a los valores compartidos. Se puede apreciar de forma clara que tal programa se cumple en los cimientos de esta obra.
El filósofo Gilles Deleuze, cuya tesis auxiliar de doctorado dedica al pensamiento de Baruch Spinoza, distingue entre una visión moral y una visión ética del mundo. Cuando adscribimos a la primera:
Queremos decir en efecto que el alma, en función de su naturaleza eminente y de su finalidad particular, tiene «deberes» superiores: debe hacer obedecer al cuerpo, conformemente a las leyes a las que ella misma está sometida. En cuanto al poder del cuerpo, o bien es un poder de ejecución, o bien es un poder de distraer el alma y de desviarla de sus deberes. En todo esto pensamos moralmente (Deleuze, 1999: 247).
Muy bien podemos asociar la crítica que se propone este libro con la anterior sentencia deleuzeana. Si bien la obligación moral importa a la Ética, lo es solo en el sentido de una actividad afilosófica. De esta forma, cuando prejuiciamos y afirmamos la existencia de una naturaleza superior, de deberes o ideales trascendentes o aceptamos el predominio de un código único de comportamiento para toda la humanidad, entregamos nuestra capacidad de juzgar a un criterio exterior. La ética se convierte, así, en sinónimo de obligación. Al contrario, en una visión ética del mundo:
Es siempre cuestión de poder y potencia, no es cuestión de otra cosa. La ley es idéntica al derecho. Las verdaderas leyes naturales son las normas del poder, no reglas de deber. Es por ello que la ley moral, que pretende prohibir y mandar, implica una especie de mistificación: mientras menos comprendamos las leyes de la naturaleza, es decir, las normas de vida, más las interpretamos como órdenes y prohibiciones. Al extremo que el filósofo debe titubear de usar la palabra ley, a tal grado esa palabra contiene un resabio moral: es mejor hablar de «verdades eternas» (Deleuze, 1999: 261).
Corremos el riesgo de sobre o mal interpretar, sino explicamos bien el sentido de esta palabra. Primero, que una visión ética del mundo no sea otra cosa que poder y potencia se corresponde con la ética como actividad, “un hacer algo, que se constituye desde una relación de conocimiento e ignorancia sobre el saber acerca de ese algo y el mejor modo de hacerlo” (Silva, 2020: 6). Desplegar la potencia no es otra cosa que el ejercicio de relacionarme con otros, de conocer que cosas son mejores para potenciar nuestras capacidades de actuar o que cosas disminuyen esa capacidad. Necesitamos, entonces, describir cómo esa actividad afecta a otro individuo o a los grupos sociales.
Pero no podemos solo quedar en el plano de la descripción: luego, es necesario evaluar de qué forma tal o cual acción afecta al individuo o al entorno social, ya que la ética como actividad es una relación. Así, desde su propia constitución supone que “el punto de partida de la Ética como investigación sobre la moral son los hechos, los sistemas de costumbres reales; pero ella no está más interesada en describir las prácticas morales reales, o en cómo operan, que en valorarlas. Su función, entonces, estriba en buscar el significado de esos hechos morales” (Silva, 2020: 10). En otras palabras, la ética siempre es ética en el contexto, de las funciones sociales, de cómo las instituciones afectan en la constitución de nuestros juicios.
Pero, tercero, también la ética como valoración “apunta a un ejercicio de esclarecimiento sobre el obrar moral, acerca de cómo hemos de actuar con corrección y qué significa tal cosa” (Silva, 2020: 12). Supone una necesaria actividad reflexiva y crítica, pues, siguiendo a Deleuze, existen dos opciones: ceñirse a los valores preestablecidos en lo social y naturalizarlos o juzgar desde el principio con un criterio interior el valor que damos una acción o un conjunto de acciones que ejerce sobre nosotros un sujeto, un grupo social o un conjunto de instituciones. No existe un mundo ético y un mundo moral como extremos irreconciliables; en realidad, estos hablan de un tránsito: mientras más hacemos un uso reflexivo y ejercicio de nuestra capacidad de juzgar, más nos acercamos a un juicio ético sólido sobre los hechos:
La deliberación, nuestra capacidad de discernimiento, tal como lo presenta Aristóteles, habla de una especie de método o espíritu indagativo natural en nosotros, del que es capaz el ser humano corriente, para distinguir el bien a ser realizado. No es más que la Ética como una actividad investigativa ligada a nuestra condición humana. Un método práctico, para un conocimiento práctico, para una decisión práctica (Silva, 2020: 14).
Finalmente, debemos señalar si la actividad operada por el o los agentes es valorada como un acto permitido o rechazado en el contexto social en el que se despliega. Y he aquí que las advertencias de nuestro autor sean