Sincronía. Paula Velásquez "Escalofriada"

Sincronía - Paula Velásquez


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a que admiro mucho su trabajo y quisiera lamer su cerebro.

      —Sí, claro.

      Le dio un ligero empujón a su hombro.

      —Ni siquiera lo conozco, no me molestes.

      Él le dio un beso en la frente.

      —Buena suerte con papá, ¿okey? Todo saldrá bien.

      —¿Puedes hacerme un favor?

      —Claro, el que sea.

      —¿Podrías prestarme tu auto?

      Dejó caer el rostro y soltó un suspiro.

      —El que sea menos ese.

      —¡Vamos! ¡Por favor! Prometo cuidarlo.

      —Sabes que lo segundo más importante para mí después de ti, es mi bebé, ¿verdad? No quiero que le hagas algo y tenga que acabar contigo, y me quede sin las dos cosas que más quiero en el mundo.

      Ella rio.

      —No le haré nada. Lo prometo, solo lo usaré para buscar

      a papá y lo llevaré sano y salvo a la agencia.

      Él asintió. Sabía que no se iba a negar si se trataba de eso. Caminó hacia la entrada, tomó las llaves de la pared y se las arrojó, ella las agarró en el aire.

      —Por cierto, el nombre de ese escritor me resulta familiar

      —dijo desde la entrada—, estoy seguro que lo conozco de alguna parte.

      Ella inclinó el banco para verlo, casi pierde el equilibrio, se agarró de la mesa para no caer.

      —¡¿Qué?!

      Él ya se había ido.

      S

      La puerta se abrió y su madre apareció en el marco. Su cabello castaño estaba sujeto por una pañoleta al mejor estilo pin-up, vestía un overol color oliva que llegaba debajo de sus rodillas y estaba cubierto de tierra. Dejó caer la regadera que traía en la mano cuando la vio.

      —Layla.

      —Hola, mamá —dijo, tenía las manos metidas en los bolsillos. El corazón aleteaba dentro de su pecho.

      Ella bajó los escalones de la entrada corriendo y la abrazó fuerte. La sombrilla quedó atrapada entre las dos.

      —Volviste a casa —sollozó. Cuando se separaron, sus ojos cafés estaban humedecidos—. No sabes cuán feliz me hace verte acá.

      Entonces Eleanor desvió la vista a su ropa, le había ensuciado el abrigo con la tierra que traía en su overol. Lo sacudió con la mano.

      —Lo siento, estaba trabajando en el invernadero.

      Tomó su mano para sostenerla. Eran las manos de una mujer que había trabajado toda la vida con ellas.

      —A mí también me hace feliz estar aquí. Vine a buscar

      a papá.

      Ella entreabrió los labios, tardó unos segundos en contestar.

      —¿En serio? —Se cubrió la boca con la mano libre—. No puedo creerlo.

      —Sí, por fin reuní el valor —rio—, ¿él está aquí?

      Torció el labio hacia abajo.

      —No, ya se fue al periódico.

      Soltó el aire que estaba conteniendo, la decepción y el alivio competían dentro de su pecho.

      —Volveré en la noche, lo prometo. —Apretó su mano—. Voy a ir a buscarlo antes de que pierda el coraje.

      Su madre la abrazó de nuevo.

      —Espera, ¿viniste en el auto de Elijah?

      Layla miró hacia el Chevrolet Bel Air que la esperaba bajo la lluvia junto a la acera.

      —Sí, ¿puedes creerlo?

      Ella se secó la lágrima del ojo y sonrió.

      —Es un día de milagros.

      S

      —¿Cómo que no está? ¿Dónde está?

      La mujer separó los ojos del computador unos segundos para darle una mirada disgustada. Layla quitó las manos del escritorio y se recordó que se había propuesto ser más amable a partir de ese día.

       —Lo siento, es que lo estoy buscando con urgencia, ¿podrías decirme dónde está? Soy su hija.

      La mujer dejó lo que estaba haciendo y apoyó los codos en la mesa para prestarle toda su atención.

      —Así que tú debes ser Layla, ¿no?

      ¿Él hablaba de ella en el periódico?

      —Sí.

      —Verás, Vincent sale todo el tiempo. Seguramente debe estar en algún restaurante.

      —¿Podrías averiguarlo? Es de suma importancia.

      —¿Por qué no lo llamas?

      Tragó saliva.

      —No tengo su número.

      Entrecerró los ojos.

      —¿No tienes el número de tu papá?

      Sabía que era difícil de creer, pero era cierto. La mujer se veía escéptica, como si dudara de que ella fuera en verdad su hija. Podía decirle la verdad, pero era algo muy personal para decírselo a una extraña, además, no sabía si ella era de fiar, ¿y si le contaba a todos en el periódico?

      —Robaron mi teléfono —mintió—. No tengo el número de nadie.

      Sacó su billetera del bolso, allí tenía una fotografía de los dos. Se la enseñó.

      —Somos nosotros, mi hermano la tomó el día en que me dieron una beca en la Escuela...

      —Internacional de Cocina —completó la mujer—. Tu papá lo dice todo el tiempo.

      Se le encogió un poco el corazón al saber que su padre hablaba de ella.

      —¿Puedes ayudarme?

      La secretaria la miró en silencio.

      —Puedo darte su número, claro.

      Tomó una libreta y repasó las hojas hasta que encontró el número. Luego arrancó una hoja amarilla de un taco de papel y lo anotó allí. Ella no quería llamarlo, necesitaba ver su reacción, no le gustaba hacer cosas importantes por teléfono. Hubiera sido mejor decirle la verdad. La mujer le extendió el papel, ella miró su mano, reacia a recibirlo.

      —Preferiría hablar con él personalmente. Quería darle una sorpresa, por eso vine hasta acá.

      La mujer sacudió el papel para que lo tomara. Ella lo deslizó de sus dedos y lo observó. Allí estaba el teléfono y debajo decía «Le chevalier de fleur».

      —Es el restaurante donde fue a desayunar.

      Le dio una mirada de agradecimiento a la secretaria, incluso tuvo ganas de abrazarla.

      —Qué gentil eres. —Tomó su sombrilla que escurría agua en el suelo y salió corriendo hacia la puerta—. ¡Adiós!

      —Señorita Bramson —la llamó la mujer.

      Se detuvo, sus mocasines se deslizaron por el piso de cerámica.

      —¿Sí?

      —Tu papá me habló de… ustedes. Él la necesita, créame.

      —Lo sé. Yo también lo necesito.

      S

      Conducía feliz. Tenía los audífonos puestos, cantaba una canción que aparecía en Elixir y había comprado


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