Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba (edición ilustrada). Rafael Contreras

Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba (edición ilustrada) - Rafael Contreras


Скачать книгу
espantosos y fatales preocupaciones.

      Conserva nuestro suelo las raíces secas y quebrantadas de los múltiples trabajos de la humanidad en todos los tiempos y civilizaciones; y las diversas razas que lo poblaron han impreso el sello de sus obras en las cien generaciones que se han mezclado y comprimido durante treinta siglos con caracteres tan distintos, que todavía existe en nuestras provincias por un lado el espíritu aventurero y nómada de los primeros colonizadores, por otro la altiva independencia de los ilustrados mercaderes griegos y africanos, y en todas partes el dulce y tranquilo genio de las artes. Por el centro de la Península, pastores y honderos independientes ponían límite á las conquistas, y en el Norte la rudeza indómita de los que habitaban los bosques celtíberos helada por la brisa de sus angulosas montañas. Constantemente la fiereza, la pasión y el heroísmo, mezclados á esa pasmosa debilidad que dió tan inmensa fuerza á los agarenos para abatir las costumbres y leyes que había creado el palo y el hierro de los procónsules y de los conquistadores bárbaros.

      Así, pues, entre nosotros se han iniciado todas las civilizaciones hasta el principio de su desarrollo, en el que parece que una atmósfera asfixiante las ha secado y empobrecido, viniendo siempre en pos del primer albor de la paz y de la dicha, el huracán de la destrucción y del aniquilamiento. La tradición, presentada siempre en un torbellino de pasiones y de sufrimientos, no ha sido respetada ni ha podido trasmitirse como ancha base de las instituciones modernas, para labrar nuestro porvenir, y hemos podido olvidar el carácter que imprimió la historia de la Reconquista al plantear la regeneración moderna.

      Hegel nos ha asegurado, á la vista de esas grandes trasformaciones que experimentan los pueblos, que la inteligencia, el carácter, la pasión y la cultura se han reflejado siempre en las obras que dejaron labradas con sus manos ú ordenadas por su entendimiento. ¿A dónde ir, pues, para estudiar la historia más que á los eternos ó casi imperecederos frutos de las civilizaciones antiguas? El arte ideal que vino después del clásico y del simbólico tan hermosamente representado en la Península, nos ofrece ese constante genio que animó todas las empresas españolas, aquí donde la religión ha sido venerada, la ley inexorable, el espíritu intransigente, el culto irreflexivo, y donde se ha batallado durante ocho siglos sin más tregua que la necesaria para vigilar con astucia el costado vulnerable del enemigo. Nunca se ha roto el hilo de esta tradición caballeresca que nos ha dado un calificativo propio en el resto del mundo; y sin interrumpirlo es como acaso podríamos desarrollar nuestra antigua grandeza, encadenando aquel constante modo de ser, con los adelantos de las ciencias, con los intereses modernos y con ese espíritu de los pueblos que pasaron, Iberos, Godos y Arabes, que flota todavía en una atmósfera de huracanes y de convulsiones.

      Y en esta tierra clásica del sentimiento, donde parece que todo ha muerto, dejando el suelo sembrado de preciosas ruínas que los hombres no se cuidaron de contemplar, se conserva todavía el odio de raza ó espíritu vengador que destruye las respetables obras de la antigüedad, y que á cada agitación derrumba y aniquila todo con el ardimiento y barbarie de la desgracia y de la impotencia, sin cuidarse ni sentir el destino social del arte en los tiempos venideros y en las realidades que se presagian.

      II

      Conocidas son las obras de la civilización romana, y los vestigios que ésta dejó en la Península ibérica. No es, por tanto, nuestro propósito hacer aquí un estudio comparativo de esas magníficas obras, cuyos detalles se pueden estudiar mejor en otras comarcas del mundo antiguo. Su influencia entre nosotros nunca fué absoluta, y las grandes construcciones que sintetizaban el período romano, más bien habían degenerado en nuestro suelo por la influencia indígena, que crecido bajo el amparo de una absoluta dominación. Difícil es demostrar el carácter de nuestro pueblo en los primeros siglos del cristianismo, si no asimilamos sus costumbres y sus leyes á las de los colonizadores; una densa oscuridad lo hace impenetrable todavía á todo género de investigaciones históricas.

      Por más que miremos con sorpresa las artes romanas de la Península, nunca inspirarían el afán de estudiarlas abstrayéndonos de la universalidad de las obras que levantó aquel poderoso pueblo. Con ellas desapareció el genio peculiar de los pueblos invadidos, y no podemos hallar durante ocho siglos testimonios bien caracterizados de la raza sometida. Fragmentos griegos de una degeneración marcadísima, instrumentos de labranza y armas, que se diferencian poco de las que se ven hoy de cobre y hierro en la costa oriental de África, inscripciones interrumpidas ó piedras aisladas con signos de carácter céltico ó hebráico, grandes vías legionarias; pero ningún dato que nos guíe desde estos descubrimientos á los muchos pueblos y monumentos que existían ignorados por la incuria ó indiferencia de los procónsules. No habrá quien se atreva á sostener que merezca una apreciación seria lo poco que conocemos de la civilización y de las bellas artes greco-romanas, manejadas por los artistas españoles, y bajo la influencia de nuestra antigua cultura en los tiempos llamados siempre heróicos. La decadencia fué siempre constante, y más todavía cuando vino el influjo de aquellas inmigraciones en los primeros siglos, que huyendo de Europa ante Suevos, Vándalos y Alanos, invadían el territorio y se mezclaban casi totalmente con los primitivos habitantes. El arte degeneró sensiblemente al caer en poder de errantes hordas que se cubrían el cuerpo de tejidos groseros y hacían sus habitaciones con las ramas de los árboles; y si bien poco á poco tomaron de los Romanos el lujo y costumbres, fué para empequeñecerlas y amenguarlas, notándose cuánto sus groseras obras carecían de belleza y privaban al arte de esas esbeltas, sencillas y clásicas formas, que con encanto poseen los monumentos labrados en Roma y Grecia ó en las colonias y municipios de allende el Pirineo.

      Aunque citáramos los acueductos, puentes, circos, termas, caminos, urnas, miliarios, estatuas, vasos y joyas que se hallan en nuestro suelo á cada paso, el arte en España no fué el romano, ni el griego; uno y otro no se manifiestan más que como elementos de una civilización que transita y deja huellas en el granito, en los metales y en el mármol; otros tiempos y otras civilizaciones alcanzaron mayor éxito, sin llevar el signo cruel de la decadencia, y ellos son los que merecen fijar la razón de la historia y la filosofía del arte.

      Cayó el imperio romano y quedaron sus leyes y costumbres sólo en las populosas ciudades que embellecieron: lejos de éstas, y apartadas de las vías imperiales, otras costumbres y hasta otros cultos se alimentaban en silencio. Vinieron los visigodos y se establecieron en sus palacios, en sus andrónitos y en sus peristilos, y la religión que aceptaron sin profundas convicciones, sostenida por misioneros que continuamente se contradecían, é impotente entonces como lazo social inquebrantable, no destruyó completamente el ara de los sacrificios ni las estatuas de los dioses paganos. Fraccionados los cristianos por herejías profundísimas, fué imposible una vigorosa propaganda; y relajado el estado moral antiguo, el arte no pudo hacer más que expresar el influjo de tantas opiniones contradictorias como agitaban á la cristiandad en los primeros siglos de trasformaciones y esperanzas.

      Si Clodoveo, único monarca que en el siglo V profesaba de lleno las creencias católicas, no hubiera sostenido contra los pueblos visigodos la primera guerra religiosa que contempló la España, tal vez habría sido más difícil á los mahometanos llevar á cabo su pasmosa conquista; pero ocupado desde aquella lucha en el establecimiento del catolicismo, como religión nueva, el pueblo gótico que venía sufriendo intolerables persecuciones á través de siglo y medio de dominación, no opuso el valor heróico de convicciones arraigadas, y sucumbió, quizá de buen grado, por acogerse á la tolerancia de los nuevos señores. De tal época de duda y desconcierto los monumentos de arte son raros y sin importancia, no expresan más que la transición tumultuosa, y carecen por aquel efecto de verdadero carácter nacional y de perfección greco-romana.

      La arquitectura latina creció con una mezcla bizarra de fragmentos antiguos, que no porque fueran abundantes, la dotaban de belleza y la elevaban entre nosotros al esplendor que alcanzó en las Galias y en Italia. Hileras de columnas desiguales, colocadas las unas sobre las otras, no coronando las cornisas á los edificios sino ribeteándolos, los arcos sin archivoltas, los intercolumnios sin arquitraves, y una multitud de chocarrerías bárbaras ornaban las estrechas basílicas de aquel tiempo.

      No es, por tanto, ese período de transición para nuestro país el que nos pudiera dejar un arte, á él que, desarrollado


Скачать книгу