Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba (edición ilustrada). Rafael Contreras
cierto número de alumnos pobres, y además la escuela de la casa del emir ocupaba 500 huérfanos instruyéndose á sus expensas. Lejos de Roma no se vió nunca tanto lujo en las poblaciones, como entre los árabes de España. Las calles pavimentadas de grandes piedras, jardines que refrescaban el aire en las plazas públicas, y, lo más notable todavía, paseos margenados de árboles que conducían á los principales alcázares[8], y en donde, según los poetas de aquellos tiempos, «el pueblo se regocijaba». Los minaretes de Segovia, Zaragoza, Ávila y Sevilla eran más esbeltos y elevados que los campanarios de nuestras iglesias; y si en estas obras se prodigaban tantos tesoros, ¿no puede sostenerse con el testimonio de los contemporáneos, que las ciencias é industrias reproductivas daban en aquellos tiempos más medios de vivir y aumentar la población, que los que cuenta la España del siglo XIX?
Los castellanos y aragoneses, en los últimos siglos, por más esfuerzos que hicieron, no habían conseguido cultivar las artes como lo alcanzaron sus enemigos. De tal manera en la mitad de España, hacia el Norte, se había abandonado el espíritu trabajador, que los artistas andaluces fueron llamados muchas veces á construir iglesias bajo el plan de las basílicas antiguas, y se observa en la mayor parte de los monumentos cristianos de los siglos X al XIV una mezcla agradable de árabe y gótico; bizantino, árabe y renacimiento; gótico y árabe, con el sello indeleble del genio oriental campeando en todos sus trazados y composiciones.
PARTE PRIMERA
CARACTERES COMPARABLES DE DIVERSOS MONUMENTOS
I
Si la literatura histórica quiere explicarse la época señalada á cada una de las grandes revoluciones que fraccionaron la unidad mahometana por el influjo de la fuerza de los ejércitos, ó de las ideas disolventes que nacían en las ciudades conquistadas, espacio dilatado hallará en el inconcebible número de crónicas y de poemas que se consagraron á relatar las hazañas de los caudillos, las bellezas de sus obras y las querellas de sus esclavas. Nosotros nos hemos trazado otro camino más ajustado á la realidad y á el análisis, juzgando, no por cuentos de Las mil y una noches, que han podido repetirse en Medina-al-Zahra como en el Generalife ó en las Huertas de Said, sino por los vestigios del arte, de la industria y de la agricultura, cuyos trabajos, insuficientes todavía, se hallan libres de las preocupaciones y escrúpulos que interpusieron ciertos escritores en el tiempo de nuestra decadencia.
El período árabe en España, aunque poco alejado, reviste siempre la forma fantástica, y por esto nos explicamos cuánto la poesía ha oscurecido la concepción de muchas obras, que en el análisis práctico y el estudio estético ocupaban un lugar preeminente. Véanse, si no, las descripciones fabulosas de los antiguos alcázares de Córdoba, cuyos vestigios son sin duda menos delicados que los que hay todavía patentes en Sevilla y Granada: la taza de pórfido llena de azogue ó de plata viva, como lo llamaban los Arabes; las alfombras tejidas de oro y seda con dibujos de flores y animales, que parecían verdaderos; las perlas regaladas por el Kalifa de Bagdad, que estaban embutidas en los artesonados del palacio; las figuras humanas traídas por el griego Almad, que se colocaron sobre la fuente cincelada en Siria; los arcos de marfil y ébano, ornados de esmeraldas; y columnas de cristal de roca; y las puertas de cobre y oro; creaciones fantásticas que no expresan menos el lujo y esplendor de la época y la influencia avasalladora que tuvo sobre los cristianos, que el respeto é interés que produjeron entre los escritores cuando creían que hablaban de su propia y genuina civilización. Siempre oiremos esos cuentos con orgullo, como los ecos de la historia de la patria, como los acordes que vibran en el corazón cuando nos sentamos á oir las glorias de los tiempos pasados contadas por nuestros abuelos.
Cuando se contempla la catedral de Córdoba y la Alhambra de Granada, muchos se inclinan á creer aquellas maravillas; pero ¿acaso es preciso que haya perlas en los techos, oro en las alfombras y plata en las fuentes para que distingamos lo que existe de misterioso, de tranquilo, de dulce, en la capilla del Kalifa de la djama de Córdoba, en la sala de Embajadores de Sevilla y en el patio de los Leones de la Alhambra? El arte no consiste en la materia. Hoy sin brillo y sin colores, estos edificios ¿tienen menos belleza artistica que la que expresan las descripciones de los poemas que bordan sus murallas? No necesitamos de la fantasía oriental para dar la importancia que se merecen estas obras incomparables.
El arte se desarrolló en España de una manera singular, y adquirió formas y significado propio. Ya en el siglo XI los artistas estudiaban el dibujo geométrico y las matemáticas en las escuelas de Córdoba, Sevilla, Toledo y Zaragoza, tomando la práctica necesaria de la construcción, al lado de sus maestros; y éstos habían introducido en el antiguo estilo bizantino reminiscencias góticas y latinas que trasformaron el gusto verdaderamente musulmán hasta tal punto, que nunca se habían visto los tímpanos calados en formas romboidales como principal ornamento de estas obras. Ni los Almohades ni Almoravides introdujeron nuevos elementos de la Mauritania para adelantar las artes, superiores á los que ya se habían desarrollado en la Península. Los Arabes poseían un carácter original y tradiciones puras de la antigua patria; con ellas habían invadido medio mundo y llegado á nuestras costas: nuevas impresiones modificaron su bello ideal artístico, y ante ellas, sin abandonar el recuerdo de aquella tradición, hicieron las obras que engalanaron sus escritores ó poetas. Probado está por Ebn-Said[9] que las provincias andaluzas, reunidas entonces al imperio de Mahgreh, enviaban toda clase de artistas á Yusuf y á Yacob-el-Mausur para construir edificios en Fez, Rabat y Mansuriah, y añadía aquel historiador: «Es bien notorio que esta prosperidad y esplendor de Marruecos se ha trasportado á Túnez, donde el Sultán construye palacios y planta jardines y viñas á la manera de los Andaluces. Los alarifes eran nacidos en estas tierras, lo mismo que los albañiles, carpinteros, azulejeros, pintores y almadraveros[10]. Los planos fueron copiados de los palacios andaluces, etc., etc.» De donde se deduce que no existió nunca la influencia morisca, y que el arte vivió en España y se desarrolló poderosamente con un gusto peculiar, rico y sin semejante por la delicadeza del arabesco.
Es irrecusable el testimonio de autores contemporáneos para demostrar que el estilo denominado morisco por los artistas del Renacimiento, no lo fué nunca y menos en los últimos tiempos de la dominación agarena, y que esos detalles que admiramos por su riqueza y florecimiento, las bóvedas y hornacinas de colgantes, los festones de los arcos, las comarraxias y alicates, fueron obras españolas más finas y delicadas que las del Oriente. El germen nacido en la Arabia fué trasplantado felizmente al suelo de España, en el cual desplegó esa hermosa flor cuyo perfume se aspira durante setecientos años.
El primer ejemplo permanente de aquel desarrollo está en la mezquita de Córdoba, la cual revela á primera vista la fatalista inspiración que le dió existencia. Su planta es casi la reproducción de los templos hebreos que copiaron los ismaelitas. Interminables galerías paralelas comunicadas por arcos superpuestos y cubiertas de oscuros artesonados, donde brillaban algunas estrellas por el reflejo del luciente pavimento, que recibía la luz y claridad de sus repetidas puertas; un bosque de columnas, que á duras penas parece que sostienen los robustos pilares y múltiples bóvedas, cuyo pavoroso conjunto exalta la mente del mahometano, y entristece hoy las ceremonias solemnes de la religión cristiana: es el arte antiguo que goza del espíritu de las Catacumbas; pero que se forma en el desierto donde perdía en esbeltez lo que ganaba en su base ó extensión, y que debía albergar á la numerosa caravana que esperaba refrescarse en sus fuentes artificiales, y estanques labrados en los patios sombreados con palmeras, naranjos y limoneros. No recordemos el arte cristiano en San Pedro de Roma ni en Estrasburgo, etc., para hacer insensatas comparaciones, porque en este caso la djama hablaría la elocuencia de la perfección simbólica. Estudiemos los primeros pasos de un arte que se anuncia en nuestro país por tales concepciones, y que inspira horas de recogimiento á los más escépticos ó descreídos: ataviemos la gran mezquita con los ornamentos de brillantes colores y oro; hagamos arder sus 113 lámparas