Y tú serás el río. Cecilia

Y tú serás el río - Cecilia


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      Ahora quedará el silencio de una casa vacía, aunque por poco tiempo. Pronto, unos pasos extraños subirán la escalera, haciendo chirriar el séptimo escalón; unas voces desconocidas poblarán las habitaciones, y se perderán en el aire de las azoteas.

      Nada menos que un militar y su esposa serán los nuevos inquilinos.

      Tal vez sea mejor estar lejos. No saber cuándo llegará el militar con su esposa. No ver con qué aire de suficiencia girará la llave en la cerradura y, de un empujón seco, abrirá la puerta. Luego, sus pesadas botas subirán, con seguridad marcial, la escalera y, al chirriar el escalón, el militar maldecirá y la señora se santiguará para que el cielo perdone aquella blasfemia.

      Bueno, seguramente exagero; al fin y al cabo, fueron mis hermanos quienes trataron lo del alquiler, y yo solo los vi el día que vinieron a ver la casa, y debo reconocer que se portaron con corrección.

      ¡Quién me lo iba a decir a mí!

      Es más, si alguien, hace tan solo un año, me hubiera dicho que abandonaría mi casa, lo hubiese tomado por loco. Sin embargo, esa seguridad que me daban sus paredes, esa sensación de refugio, de salvaguarda de cualquier dolor, fue perdiéndose a medida que el destino, o como quiera que se llame, se volvió en mi contra, en nuestra contra.

      Miré de nuevo hacia arriba. En las ventanas y balcones vecinos había caras conocidas, amigables unas, simplemente curiosas otras.

      Sentí la falta de Ernesto. Aunque a él tampoco le gustaban las despedidas, la causa de su ausencia era otra. Hacía unos días, después de una huelga, había tenido que huir a Santa Cruz, a casa de unos amigos, para evitar ser detenido, acusado de ser uno de los dirigentes. ¡Dichosa política!

      Aun así, conservó la suficiente tranquilidad para despedirse de mis hijas, antes de marcharse, y con su optimismo y el humor de siempre, las animaba.

      –Ya verán, muchachitas, lo que van a aprender con los tíos Daniel y Nicolás. Además, estoy seguro de que harán muchos amigos, y allí hay una plaza preciosa donde poder salir a jugar, a pasear y hasta oír los conciertos que el tío Nicolás suele dar todos los domingos en el quiosco. Se lo van a pasar estupendamente.

      Ante tal entusiasmo, Lupe y Sara sonrieron, no sé si demasiado convencidas.

      –Es lo mejor, sobre todo por las niñas. Además, yo estaré cómodo en casa de Juan, y a ustedes les vendrá bien el dinero extra del alquiler. El hecho de que el inquilino sea militar tiene la ventaja de que no habrá problemas para que les pague todos los meses –me había dicho, cuando le comuniqué mi intención de marcharme, como me habían aconsejado todos, aunque no le pude ocultar mis dudas.

      Era su manera de ayudarme a dar el paso porque, a pesar de todo, algo dentro de mí se resistía a dejar la casa.

      No, no tiene que ver con los vecinos, o sí… Pienso que tal vez a Ismael no le hubiera gustado que viniesen extraños a profanar nuestra casa… De nuevo sacando las cosas de quicio, y profanar no es la palabra adecuada. Todo es tan difícil… Pero tengo que hacerlo.

      Con un nudo en el estómago, que no me había abandonado desde la enfermedad y muerte de Ismael, sonreí y alcé la mano en señal de despedida, antes de introducirme en el coche en el que me esperaban mis hijas y mi hermano Daniel.

      De pronto, en la acera, descubrí a Carmen, y fue su mirada de desvalimiento la que casi me hace arrepentirme de mi decisión, volver a descargar el coche y entrar en la casa de nuevo.

      Sí, frente a mí, estaba Carmen. Carmen, a secas, conocida como «la medianera», y por la terrible historia con su padre; allí, mirándome, con sus hijos de la mano, sin decir nada, solo mirándome.

      Era otro de mis abandonos, y una sensación absurda de culpa me hizo dudar.

      Fue entonces cuando Daniel, como si hubiese adivinado mis pensamientos, dijo:

      –¡Entra ya, Julia, y cierra la puerta, que se nos hace tarde! ¡Vámonos, Anselmo!

      Debería estar acostumbrada a las pérdidas. Recuerdo que una amiga de mi madre repetía como una muletilla: «Estoy tan acostumbrada a perder que cuando gano me enfado». Mi hermana y yo nos reíamos entonces, pensando que se refería al mus, un juego al que era muy aficionada, aunque no una gran jugadora. Ahora sé que no solo se refería al juego, sino a una vida llena de desencantos y despedidas crueles. Por eso, hoy, me cuesta creerla. Nadie debería acostumbrarse a nada; a nada ni a nadie. Esto evitaría más de un dolor. Pero también sé que es inevitable. Desde niños, convertimos en costumbre las normas, tal vez para hacerlas más llevaderas o para engañarnos, pensando que somos nosotros quienes decidimos; nos acostumbramos a las cosas, a las personas, al paso de los días, de tal forma que olvidamos que, en un momento, todo puede cambiar.

      Aun así, volvemos a caer de nuevo en la costumbre, como si con ello nos reafirmáramos en un nuevo presente. Claro que están los desafíos, el salirse de lo que se considera sensato, el plantarle cara a la costumbre, incluso al destino. Pero para eso hace falta un valor que, quizá, yo ya he perdido. Han sido demasiados días oscuros, demasiados empeños inútiles. No sé…

      Mis hijas están a mi lado. Se han puesto de rodillas para mirar por la ventanilla trasera del coche. Se extrañarán de que no les llame la atención, pero sé que no resistiría sus miradas interrogantes. Estoy segura de que Lupe entenderá, y hará que su hermana se siente cuando hayamos perdido de vista la casa y el coche vaya cogiendo velocidad.

      Sí, no quiero mirarlas ahora. Necesito permanecer fuerte. Mirar al frente, a ese horizonte que está por llegar.

      Tampoco quiero mirar atrás, pero no puedo evitar que el pasado llegue, de pronto.

      II

      Nadie diría que, de pequeña, creía en casi todo. Incluso en un dios benévolo, que nos protegía de todo mal, hasta que llegó mi primer encuentro con la muerte.

      –Padre, anoche me pareció oír llorar a un niño, y el llanto salía de su habitación…

      –No puede ser, Julia. Aquí no hay ningún niño, y al que esperamos le quedan algunas semanas para nacer. Estarías soñando.

      Mi abuela Clemencia me llevó aparte.

      –No se te ocurra volver a decir esto estando tu madre a punto de dar a luz. El llanto de un niño en el vientre de su madre es de mal augurio. ¿No lo sabías? Porque eso fue lo que oíste, ¿no?

      Yo estaba tan confusa que no supe qué responderle. ¿Y si todo hubiese sido un sueño, como decía mi padre, o imaginaciones mías?

      Corrí a la habitación de mi madre, que reposaba sobre la cama. Estaba pálida, pero parecía tranquila. De vez en cuando, un gesto de dolor hacía pensar que el nacimiento de mi hermana estaba muy próximo. El dolor, siempre el dolor.

      La partera llegó justo a tiempo, y nació Elisa. Era la número siete. Su llanto, desde luego, no era el mismo que yo creí escuchar aquella noche, y eso me tranquilizó.

      Una vez que vimos a la niña y besamos a nuestra madre, mi padre nos ordenó que saliéramos de la habitación, que ambas necesitaban descansar.

      Al día siguiente, mientras desayunábamos, Clemencia vino a decirnos que nuestra madre tenía algo de fiebre. Fui rápidamente a su habitación, desoyendo a mi abuela. Habían cerrado los postigos, y la penumbra apenas me dejó distinguir la silueta de mi madre, que ahora parecía adormilada, aunque lo agitado de su respiración me decía que algo no iba bien.

      –Sal de aquí, Julia –me ordenó mi padre–. Dentro de poco vendrá el médico. Mejor, reúnete con tus hermanos.

      En ese momento ni siquiera pensé en Elisa.

      Pronto supimos que no había nada que hacer, que la infección se estaba extendiendo y que era cuestión de días. Nos lo dijo mi abuela a mi hermana Sara y a mí, y nos pidió que no les dijéramos nada a los pequeños, pero era muy difícil guardar un secreto como ese, sobre todo con mi hermano Juan, que ya tenía ocho


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