La niñez desviada. Claudia Freidenraij
Aires pintoresco: la mañana”, Caras y Caretas, Nº 11, 17 de diciembre de 1898.
42. AGN. Tribunal Criminal. Letra G. Nº 40.1887. Sumario relativo a la muerte de la menor Elena Alverrami, ocasionada por el tramway a Belgrano manejado por el cochero Julián García.
43. Bernardo González Arrili, “Perdido y rescatado”, en Ayer no más, Buenos Aires, Academia Argentina de Letras, 1983, pp. 58-60.
44. Bernardo González Arrili, “Ida y vuelta”, en Ayer no más, pp. 63-70.
45. Alejandro Unsain, “De la escuela a la fábrica”, El Monitor de la Educación Común, año XXIX, Nº 447, 1910, p. 699.
46. Gayol (2007: 78-80) sostiene que ese esfuerzo formó parte de uno mayor, tendiente a redireccionar el ocio plebeyo encontrando “distracciones acordes” con el progreso nacional: una política que se concretaba con la oferta de “nuevos bienes culturales por parte del Estado”. Así, de acuerdo con los datos del Anuario estadístico de la Ciudad, en 1887 había 28 espacios verdes; en 1896 había 56 y en 1906, 77. Por su parte, Eduardo Ciafardo (1992) puso de manifiesto la escasez de espacios verdes en términos comparativos con otras metrópolis: mientras Londres poseía 4.830 hectáreas de parques y jardines sobre una superficie urbana de 38.000 hectáreas, París contaba con 1.740 hectáreas verdes sobre una superficie total de 18.000. En comparación con ellas, Buenos Aires solo poseía 926 hectáreas dedicadas a parques, plazas y paseos sobre una superficie de casi 18.000 hectáreas, luego de la incorporación de los partidos de Flores y Belgrano a la Capital en 1888. En 1913 el educacionista Ernesto Nelson (“Las plazas de juegos para niños”, Boletín del Museo Social Argentino, Nº 20, 1913, pp. 241-306) batallaba tratando de convencer de los beneficios que las plazas de juegos para niños traían a las sociedades que las incorporaban, poniendo como ejemplo varias ciudades norteamericanas. La aparición de plazas y parques a lo largo de la Capital se verificó a lo largo de las décadas de 1910 y 1920. Recién en la segunda mitad de la década de 1910, con la asunción de Benito Carrasco al frente de la Dirección de Parques y Paseos, las plazas comenzaron a ser dotadas de juegos infantiles, canchas deportivas y, en algunos casos, piletas de natación y soláriums (Armus, 2007).
47. Baldomero Fernández Moreno, Vida, Buenos Aires, Kraft, 1957, p. 132. A los parques y paseos, muchos o pocos –lo mismo da–, “no concurren en las proporciones que sería de desear los niños, los convalecientes, los ancianos, los no sanos, a expandir sus pulmones en el aire puro para volver al hogar en mejores condiciones de resistencia contra la influencia nociva del mofitismo urbano. Nuestros paseos, con pocas excepciones y en la generalidad de los días, están desiertos” (Censo general de población… p. 110).
48. Véase Baldomero Fernández Moreno, Vida, p. 148.
49. Examen del encausado J.V., Revista Penitenciaria, año I, Nº 2, 1905, p. 289.
50. Examen del encausado J.V., Revista Penitenciaria, año IV, Nº 1, 1908, p. 138.
51. Jorge Luis Borges, “Habitantes livianos del presente”, Revista Multicolor, suplemento del diario Crítica (1933-1934), disponible en networkedblogs.com.
52. Examen del encausado D.P., Revista Penitenciaria, año I, Nº 2, 1905, p. 437.
53. Roberto Giusti, Visto y vivido: anécdotas, semblanzas, confesiones y batallas, Buenos Aires, Losada, 1965, p. 44. Investigaciones recientes sobre las vinculaciones entre la Acción Católica y la niñez en la década de 1930 confirman a la parroquia como un espacio donde los niños pasaban buena parte del tiempo en que sus padres estaban trabajando (Vázquez Lorda, 2015).
54. “Escenas callejeras: el organito”, Caras y Caretas, Nº 9, 3 de diciembre de 1898. Es interesante notar que para fines del siglo XIX ambos entretenimientos infantiles eran ambulantes y muchas veces implicaban el trabajo de un niño que colaboraba con el adulto que cargaba el carromato y regenteaba el “negocio”. Así, “el Colorado” es el niño pecoso y mal vestido que acompaña a don Genaro, el organillero más querido de los barrios porteños, en la novela policial ambientada a fines del siglo XIX de Leonardo Oyola, Siete & el Tigre Harapiento, Buenos Aires, Aguilar, 2012. Del mismo modo, la descripción de González Arrili (“El calesitero”, en Ayer no más, pp. 265-269) de la instalación de la calesita de don Julián, que “iba y venía cada tantos meses [y] buscaba un hueco, preferentemente en una esquina”, incluye el relato de la puesta en pie del enorme juguete, así como de los métodos para hacerlo girar y detenerse al compás de la música que emanaba del “organillo que en un cuartucho del centro del armatoste, daba vueltas un chiquilín”.
55. Sobre las fiestas y los desfiles de carnaval, véase Caruso (2019) y Barrán (2017 [1989-1990]).
56. Baldomero Fernández Moreno, Vida, p. 152.
57. Encausado Ángel Z., Informes médico-legales, t. 1, p. 323. Es posible que en la resolución disímil de dos casos parecidos en torno del carnaval haya incidido, además de la extracción social de los implicados, el amplio margen de discrecionalidad con que la policía solía actuar, habida cuenta de la ambigüedad de la definición de las contravenciones.
58. Bernardo González Arrili, Ayer no más, p. 72.
59. Roberto Giusti, Visto y vivido, p. 46.
60. Bernardo González Arrili, Ayer no más, pp. 46-47.
61. Conrado Nalé Roxlo, Borrador de memorias, Buenos Aires, Plus Ultra, 1978, p. 47.
62. “Por los niños”, La Nación, 18 de diciembre de 1900.
63. “Al aire libre: juegos infantiles”, Caras y Caretas, Nº 119, 12 de enero de 1901.
64. Véanse OD, 10 de noviembre de 1886, 6 de diciembre de 1887, 30 de octubre de 1893, 3 de septiembre de 1894, 6 de junio de 1898, 23 de mayo de 1906, 6 de julio de 1907 y 13 de octubre de 1915. Asimismo, véanse las ordenanzas municipales del 21 de mayo de 1907 y del 9 de octubre de 1915. Volveremos sobre esta cuestión en el capítulo 3.
65. Otra orden del día, del 30 de julio de 1904, recordaba la prohibición de que los menores “se reúnan en la vereda y jueguen a los cobres”.
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