La niñez desviada. Claudia Freidenraij
pesar de la prohibición de ese año, las bombitas partían de todos los balcones, horadando los edictos […] Los vigilantes parecían mirarlas caer, desde las esquinas, con toda indiferencia, como si fueran gotas de color, vagos cuerpos, productos de la reverberación y de la siesta.56
Claro que al final el policía de la esquina se dignó a subir al quinto piso y la fiesta terminó con los proyectiles aplastados dentro de la misma bañera. El joven Ángel Z. no tuvo tanta suerte: antes de ser apresado por hurto, había terminado una vez en la comisaría “por haber arrojado en día de carnaval agua de jabón sobre una niña”.57
¿De qué estaba hecha, entonces, esa cotidianeidad infantil que se interrumpía episódicamente por el carnaval, la calesita, el organito, el picnic o la fiesta? De escuela y de trabajo, por supuesto. Pero, sobre todo, estaba hecha de juego. Todos los niños, independientemente de las horas que pasaran en la escuela o en la fábrica, en el taller o en la calle, dedicaban parte de su día a jugar.
De la “tapadita” al caballo, del barrilete a la pelota, los niños de las clases plebeyas se arreglaban con pocos juguetes, que eran costosos y en general inaccesibles. “Las figuritas recortadas de las cajas de fósforos, el tejo de plomo para la rayuela, los cinco carozos de damasco para la payana, el anzuelo para pescar desde la ventana en el imaginado río del patio, la cuerda que se transformaba en las bridas de los caballos del coche, las balas de papel de diario, los retratos de mujeres, de almirantes, como las fotografías de los acorazados rusos y japoneses recortados de Caras y Caretas” eran un muestrario del tesoro lúdico infantil.58
Pero incluso para quienes no estaban en condiciones de comprar el semanario y recortar sus figuras, existían muchas otras opciones. Giusti recuerda “galopar por esas calles [del barrio de Monserrat] dando voces de mando y cargas de caballería”, general montado en un caballo imaginario.59 González Arrili no era menos cuando por entonces iba a la plaza Lavalle con “un grupito de cuatro o cinco muchachos [con] el mayor, Antonio, de 10 años” a la cabeza. “La plaza, para nosotros, no tenía muchos atractivos”, a no ser por el toque de retreta del Cuartel de Artillería: “Nos electrizaba la banda de música que salía a la calle, sonora de tambores y clarines, mientras se arriaba la bandera que estaba sobre el portón central. Terminada la ceremonia volvíamos corneteando nuestro entusiasmo militar por las calles, en fila, con uno de nosotros en el papel de capitán y los demás de soldados”.60 Cuenta Conrado Nalé Roxlo que, a la muerte de su padre, debieron mudarse a una “triste vivienda [sobre] la calle Triunvirato”, paso obligado de todos los coches que iban a los entierros en el cementerio de la Chacarita.
Nosotros, los chicos, nos adaptamos enseguida y supimos sacar del lúgubre espectáculo una diversión. Apostábamos a si los coches de los acompañamientos eran pares o nones, si el próximo fúnebre vendría tirado por dos o cuatro caballos. De pronto, poseído por súbita inspiración, alguno predecía: “El tercer entierro es angelito”. Acertar era un triunfo que se celebraba con vítores y aplausos.61
Con o sin juguetes, los niños jugaban y, los de sectores populares, lo hacían principalmente en la calle como se ve en las imágenes 8 y 9. Una nota de La Nación narraba que “en las tardes serenas”, en los “barrios lejanos” de Buenos Aires, las madres “dan puerta franca a sus hijos para que salgan a tomar aire y luz. Las calles, hasta poco antes solitarias, de pronto se animan, con un hormigueo bullicioso: los varones gritan y corren, riñen y se apedrean; las niñas, siempre más reposadas, juegan en rueda, cantan y ríen. Aquello es una confusión de movimientos, voces y colores”.62 Caras y Caretas daba cuenta del asalto que sufría “todo edificio, farol, estatua o monumento” cuando los niños salían a jugar en el espacio público.63
Justamente fue allí, en las calles, donde la policía puso más énfasis en controlar las actividades y los juegos de los “niños sueltos”. Una serie de órdenes del día fueron prohibiendo, desde la década de 1890, muchas de sus diversiones habituales. Remontar barriletes estuvo doblemente prohibido, por la Municipalidad y por la policía. Ocurre que volar cometas entorpecía el normal funcionamiento de las líneas telegráficas y telefónicas, así como el desarrollo de la red tranviaria. Pero, a pesar de las prohibiciones, los barriletes siguieron siendo un solaz predilecto de los niños, por lo que vemos reiterarse varias veces el edicto de prohibición desde 1886 hasta, por lo menos, mediados de la década de 1910.64
El barrilete no estaba solo en la lista de juegos prohibidos. La pelota, el trompo y todos los juegos de azar fueron reprimidos mediante sucesivas disposiciones policiales. En octubre de 1893 hubo dos órdenes del día que recomendaban a los agentes de facción que impidiesen que los niños jugaran a la pelota en las calles, así como a los cobres, dado que molestaban a los transeúntes “ya con sus movimientos y modales, ya con la emisión de palabras obscenas proferidas en alta voz” (OD, 2 y 30 de octubre de 1893).65 La prohibición de los juegos de azar (entendiendo todos aquellos en los que se apostaba dinero y que podían incluir naipes, figuritas, bolitas o cualquier otro artefacto que funcionara como medio de apuesta y recompensara al ganador en dinero) fue especialmente recomendada a los vigilantes.
La extensión efectiva del territorio habitado que se produjo en la ciudad a mediados de la primera década del siglo XX con la revolución del transporte urbano que significó la multiplicación de la red tranviaria también tuvo su correlato en las formas infantiles de habitar. Las zonas más apartadas del centro, donde todavía la urbanización no había llegado a instalarse definitivamente, parecen haber sido áreas más laxas, donde pese a las prohibiciones policiales y municipales todavía persistían costumbres más antiguas, como pescar bagres o cazar aves.66 Nalé Roxlo describe muchas de esas tardes ociosas de los años de su infancia, cuando treparse a los árboles, ir a vagar por la ribera del río y enzarzarse en trifulcas a puños eran moneda corriente. Algo similar se daba en el pueblo de Flores, adonde Conrado llegaba en tranvía a casa de su abuela. Flores era por entonces una zona que reunía profundas contradicciones: las quintas suntuosas y las yeguas de los pisaderos de los hornos de ladrillo, el paseo obligado de señoritas y jóvenes luciendo sus galeritas en la estación a la llegada del tren, y los bañados y las malezas entre los que “se agazapaban míseros ranchos, refugio seguro de malevos perseguidos por la justicia”. En medio de esa mezcla, el chiquillerío del barrio vagaba por las calles, hacía suyos los árboles frutales de las quintas y cazaba con honda,67 prácticas que se condicen con una vigilancia policial más laxa que en el centro (posiblemente más pobre también, si tenemos en cuenta la relación entre la extensión del territorio y la cantidad de efectivos). Una relajación del control que permitía una mayor libertad infantil.
Como veremos en el capítulo que sigue, era esa libertad infantil implícita en estos usos del espacio público lo que estaba en el centro de las censuras y las intervenciones de las elites morales sobre la infancia y la juventud de las clases trabajadoras.
1. La deshomogeneización de la infancia para convertirla en objeto de estudio es una necesidad metodológica que ya ha sido planteada. En un trabajo pionero y sumamente sugerente, Ciafardo (1992) ha señalado la existencia de múltiples infancias en la ciudad de Buenos Aires informadas por la clase social. Desde perspectivas más cercanas en el tiempo, se ha sostenido que la historización de este sujeto “niño” era imposible sin atender al mismo tiempo a su contracara: el menor (Carli, 2002; Zapiola, 2007b). Los últimos trabajos que compilan las investigaciones más recientes del campo señalan explícitamente que la constatación de la diversidad de las experiencias de la niñez ha funcionado como motor para la expansión de este campo de investigaciones, cuyo crecimiento en la última década ha demostrado la potencialidad de estos planteos (Lionetti y Míguez, 2010: 9-32; Cosse et al., 2011: 11-28).
2. Para 1887 en la ciudad de Buenos Aires la mortalidad de los niños menores de 5 años constituía el 47% de la mortalidad general, y el peligro se concentraba entre el mes y el año de vida (15,8% de la mortalidad