La niñez desviada. Claudia Freidenraij

La niñez desviada - Claudia Freidenraij


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régimen cerrado, severa disciplina, largas estadías, etcétera.

      De este modo, las insuficiencias del sistema público de instrucción se montaron sobre unas condiciones materiales de existencia y unas relaciones sociales de producción en las que estaban inmersos los niños de “la otra mitad” para dar como resultado una relación esquiva con la escuela. Las necesidades básicas de la población plebeya de la ciudad se impusieron a la obligatoriedad, pero eso no significó el absoluto desconocimiento de la escuela, sino que por el contrario implicó idas y vueltas a las aulas, alternancias, fluctuaciones, vaivenes. De esa naturaleza tan voluble estuvo hecha la relación de los niños y jóvenes de la clase trabajadora porteña con el sistema escolar. Y en cierto modo podemos argumentar que en esa no sujeción del niño al pupitre también influyeron las prácticas cotidianas de una infancia amiga de la calle, gozosa de una libertad que hoy nos resulta extraña, pero que fue un elemento constitutivo de la vida cotidiana y de la sociabilidad de los niños de los sectores populares de Buenos Aires a fines del siglo XIX.

      4. Usos infantiles del espacio público

      Cuando en 1900 se decidió aplicar el horario alterno en las escuelas de la ciudad de Buenos Aires, el CNE se vio en la necesidad de enviar, simultáneamente, una nota a la jefatura de policía solicitando que no arrestara a los niños en edad escolar que encontraran en la vía pública. La policía manifestó su preocupación al CNE por las “aglomeraciones de alumnos que se traducen en las plazas y paseos públicos” gracias a la reforma horaria. La respuesta del Consejo fue que carecía de “atribuciones para evitar ese tipo de reuniones” (Marengo, 1991: 122-123).

      La relación de la policía con la infancia de los sectores plebeyos urbanos no se limitó a tender a que los niños permaneciesen en las escuelas, sino que fue más amplia, trascendiendo en mucho su carácter de alumnos o de “raboneros”, esto es, escolares refractarios a ese lugar considerado “natural” para los niños, aunque de asistencia obligatoria. Así, desde 1885 la policía estaba facultada para “proceder a la captura de todos aquellos menores que se encuentren en la vía pública sin tener oficio conocido y que perturben el orden social llevando una vida licenciosa y de perdición” (OD, 29 de mayo de 1885). Como veremos en los próximos capítulos, desde entonces una serie de disposiciones, edictos y resoluciones policiales y de ordenanzas municipales se cernieron sobre las más variadas prácticas corrientes de la infancia porteña.

      No fue solo el “estar”, el deambular y el “vagar” lo que se buscó evitar. La circulación con o sin un propósito definido fue una de las tantas modalidades de apropiación del espacio público que desarrollaron los niños y jóvenes de los sectores populares porteños. La calle fue escenario cotidiano de la sociabilidad infantil, de juegos y reyertas, de esparcimiento y “desmanes”. La policía se vio implicada en una amplia gama de acciones que iban desde el control liso y llano a la intromisión –más opaca tal vez, pero no por eso menos efectiva– en la cotidianeidad de los niños y jóvenes que habitaban la ciudad a fines del siglo XIX.

      Si nos detenemos en la sociabilidad callejera de la infancia porteña, veremos que ella atañe una multiplicidad de eventos, actitudes, circunstancias. Las mañanas conocían los apuros de los niños que iban hacia la escuela y también el bullicio en las puertas de los diarios (imagen 7).


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