Gazes. Marta Ferreira Martínez
CAPÍTULO 1
Desde que era niña había vivido en un pequeño piso con mi padre, pero me tiraba la mayor parte del tiempo en el jardín con mi mejor amiga, Lissa. Ella vivía en el piso que estaba enfrente del mío, puerta con puerta.
Aún recuerdo el día en que nos conocimos. Era una mañana de verano, yo tan solo era pequeña, así que se me ocurrió abrir la puerta de la calle para que entrara el fresco. Pocos minutos después, apareció Lissa jugando a la pelota en el pasillo, y por casualidad, esta se coló en mi casa, entrando detrás de ella Lissa.
—¡Eh! ¿Qué haces en mi casa? —dije.
—Se me ha colado la pelota —contestó ella señalando ese objeto redondo y azul que había conseguido llegar hasta mi cocina.
Me acerqué a él, lo cogí y me dirigí hacia esa niña.
—Aquí tienes —dije ofreciéndole la pelota.
—Gracias —contestó ella sonriente.
Me quedé durante un rato observando a esa niña curiosa mientras ella inspeccionaba toda mi casa. Ella tenía la piel pálida y ojos azules achinados, llevaba su pelo oscuro y lacio recogido en una cola alta que le llegaba hasta casi la mitad de su espalda y un vestido azul marino con mariposas bordadas imitando una especie de cinturón. Finalmente, decidí preguntarle:
—¿Cómo te llamas?
Ella volvió la mirada hacia mí y me contestó:
—Lissa, ¿y tú?
—Yo soy Gabriella, pero mis amigos me llaman Gaby —contesté.
—Tú me puedes llamar Liss —finalizó.
En ese momento intuí que nos haríamos muy buenas amigas, y así fue, al fin y al cabo, han pasado trece años y sigue siendo mi mejor amiga.
Esa mañana me levanté de la cama prácticamente de un salto, pues iba a empezar bachillerato y tenía que cambiar de instituto, puesto que el mío solo llegaba hasta la ESO. Decidí cambiarme al de Lissa, pues así conocería a alguien de allí y sería más fácil adaptarme.
—¡Liss! —gritaba mientras aporreaba la puerta de su casa—. ¡Lissa! —repetí.
—Te he oído la primera vez —se quejó ella—. Estaba cogiendo mi mochila —se excusó.
—¿La mochila? Si es el primer día. —Me extrañé.
—Tendrás que tomar apuntes de cómo se va a organizar el curso, ¿no? —dijo regañándome.
—¡Ay, es verdad! —exclamé agobiada.
Me giré para volver a entrar a mi casa, pero Lissa me detuvo.
—Da igual, te dejo yo un folio y un bolígrafo. —Me ofreció.
—Vale, gracias —le agradecí.
Ambas nos dirigimos a la puerta del edificio. Una vez allí, nos sentamos en la parada del autobús que nos dejaba en la puerta del instituto, por suerte para nosotras, esta estaba a tan solo unos pasos de nuestro edificio.
—Tía, ¡por fin vas a saber quién es Theo! —exclamó emocionada.
Theo es un chico del que siempre me había hablado Lissa, le gusta prácticamente desde que la conozco, siempre ha sido su amor platónico, pero ahora que ya han pasado unos cuantos años, y no le ha hecho ni caso, ha entrado en una fase de aceptación de que ese chico para ella iba a ser solo eso, un amor platónico, pero, aun así, lo adoraba como a un Dios.
—Sí, es verdad —contesté.
—Cuando lo veas me darás la razón, siempre ha sido y será el chico más guapo de todo el instituto —dijo adorándolo.
—Seguro que no es para tanto —dije quitándole importancia.
—Como vuelvas a decir eso de Theo no vuelvo a hablarte en mi vida —contestó seria.
—Vale, vale —asentí sorprendida.
—¡Es broma! —Se rio Lissa.
Justo entonces, apareció el autobús y ambas nos metimos en su interior. Nos sentamos en la parte trasera y me fijé en que había más niños y niñas con mochilas, así que me pregunté si se dirigirían todos al mismo instituto que yo, ser la nueva me daba tanto miedo. Siempre había sido muy tímida, apenas tenía amigos en el otro instituto, esto nunca me había importado mucho porque siempre había tenido a Lissa, pero estaba preocupada, pues ella ya tenía amigos en su instituto y a lo mejor yo no les caía bien y no me podía juntar con ellos o algo por el estilo.
—Ya hemos llegado —anunció Lissa.
Y casi sin pensármelo, bajé del autobús y en apenas dos segundos, me encontraba cruzando la puerta de entrada del centro. Era más pequeño de como lo había imaginado, los pasillos eran un tanto estrechos para el gran número de gente que los recorría; estos estaban repletos de taquillas color amarillo mostaza y el suelo, que apenas podía ver con el resto de pies que andaban sobre él, estaba recubierto con losas amarillas y azules formando grandes rombos bicolores.
—Gaby, ve a secretaría para que te digan cuál va a ser tu taquilla y te den la llave. Yo te espero con los demás en el auditorio, tranquila, te guardaré un sitio —me informó.
Estaba tan nerviosa que no pude ni contestarle, simplemente le sonreí y comencé a andar por los pasillos para encontrar la oficina de secretaría y hacer lo que Lissa me había ordenado. Una vez que llegué a aquel lugar, traspasé la puerta y me senté en un sillón negro a la espera de que alguien me atendiera. No pasó mucho tiempo cuando entró una mujer, que supuse que sería profesora, gritándole a un chico.
—¡No me puedo creer que en el primer día de clase ya hayas hecho una de las tuyas! —decía.
El chico permaneció callado con los brazos cruzados ante aquella mujer como si no le importase nada de lo que le estaba diciendo.
—¿Me estás escuchando? —le regañaba ella.
—Sí —renegaba él.
—No sé qué vamos a hacer contigo, eres un caso perdido, si no fuera por tus notas, te habrías ido ya de este instituto hace mucho tiempo —finalizó la mujer.
Eso último que dijo me llamó la atención, ¿cómo alguien tan cafre e irresponsable podía sacar buenas notas? No tardé mucho en olvidar aquella pregunta que me acababa de plantear yo misma, pues me quedé mirando el gesto de desesperación de aquella profesora, parecía que llevaba aguantándolo demasiado tiempo, pero era comprensible, yo en su lugar hubiera estado igual.
—Anda, siéntate y espera a que el director venga a hablar contigo. Yo... no puedo más—terminó, y salió por la puerta.
Fue entonces cuando me fijé en aquel chico, ya que la actitud de la profesora me había llamado tanto la atención, que apenas lo había mirado a él. Era moreno, con los ojos color avellana, llevaba su pelo color castaño y rizado echado hacia delante y los lados de la cabeza rapados por lo menos al tres. No era mucho más alto que yo y, en ese instante, tenía una actitud desenfadada, como si no le importase nada de lo que había sucedido, ni el mero hecho de estar esperando para hablar con el director. Sin darme cuenta, aquel misterioso chico dirigió la mirada hacia mí y me pilló examinándolo de arriba abajo.
—¿Qué estás mirando? —me preguntó en un tono arrogante.
—¿Qué? —pregunté confundida.
—¿Que qué estás mirando? —volvió a formular su pregunta.
—Am, em... nada —contesté.
—Bien —finalizó él.
Fue justo entonces cuando se dirigió hacia mí, se sentó en el asiento que había justo a mi lado y comenzó a penetrarme con su mirada oscura y profunda. No me giré para mirarlo,