Gazes. Marta Ferreira Martínez
Resoplé y saqué mis apuntes y mi estuche del bolso, mientras, él continuaba hablando:
—Al final me lo voy a pasar bien en el repaso.
—Mira, Sonia me ha dicho que no me vea en un compromiso, que si no quiero, no te ayude, así que no me calientes la cabeza o me voy —lo amenacé.
—Vale, vale, no he dicho nada —contestó, mientras alzaba sus manos mostrándome así sus palmas.
—Bueno, ¿empezamos ya o qué? —pregunté en tono dominante.
—Lo que tú digas, mandona —bromeó con esa sonrisa de chulito que tan insufrible lo hacía y esa mirada de cachorrito abandonado que hacía que te derritieras por dentro.
Resoplé para coger fuerzas y algo de paciencia y comencé a explicarle algunos términos.
—El grupo nominal es aquel cuyo núcleo es un sustantivo o un pronombre y puede ser un sujeto, un complemento directo…
Mientras yo seguía explicándole, él me miraba fijamente con una sonrisa grabada en su rostro, era tan insufrible.
—¿No vas a coger apuntes? —pregunté.
—No, tranquila, tengo buena memoria —me aseguró.
—Bueno, lo que veas —finalicé.
Continué explicando mientras él seguía con la misma cara de embobado.
—¿Me estás escuchando? —volví a interrumpir.
Él sacudió la cabeza como si se hubiera ido por momentos y finalmente contestó:
—Sí, sí.
Entorné los ojos dado que no terminaba de creérmelo, y para asegurarme, volví a formular otra pregunta:
—A ver, ¿qué acabo de decir?
—Ehh, pues, era… —balbuceó él.
—Ya, lo que suponía. Pero ¿cómo es que estás aquí? Si tú sacas muy buenas notas —pregunté.
—Porque la sintaxis me puede, no la entiendo nunca, siempre suspendo —me contó.
—Bueno anda, te lo repito, pero porfa, presta atención —le pedí.
Él afirmó con la cabeza y comencé a explicar de nuevo, pero fue inútil. No paraba de mirarme y me estaba poniendo nerviosa. Además, cada vez que yo lo miraba de reojo, podía darme cuenta de la expresión de su rostro. Era un gesto tierno y dulce, muy diferente al habitual, y eso solo conseguía darme ganas de abalanzarme sobre él para volver a besarlo.
—¿Puedes parar de mirarme? Me estás poniendo nerviosa —anuncié.
De repente su expresión cambió completamente, esta vez tenía un gesto interesado, como si lo que acabase de decir fuera algo bueno, algo que le convenía que dijese. Theo entornó los ojos y aproximó su rostro al mío más de lo que mis sentimientos podían soportar, ¡se me iba a salir el corazón!
—Ah, ¿te pongo nerviosa? —preguntó con una media sonrisa mientras fruncía el ceño.
—Ajá —contesté en voz baja acompañada de un suspiro mientras asentía con la cabeza.
—Pues tú nada más conocerme fue lo primero que hiciste —me recordó.
—Estaba distraída, no fue aposta —me excusé aún más nerviosa que antes.
Se acercó muchísimo más a mí, podía notar su aliento encima mía y la punta de nuestras narices se rozaban muy sutilmente.
—Mírame a los ojos y dime que no te gusto, ni un poquito —añadió desafiándome.
—No, no me... no me gustas —dije en un nervioso tartamudeo.
—¿Ni un poquito? —volvió a preguntar en un tono más bajo.
Negué con la cabeza mientras tragaba saliva y volvió a su asiento de una vez por todas.
—Vale, sigamos con la explicación —me ordenó.
¡¿Pero qué acababa de pasar?! Parecía que jugar con mis sentimientos era divertido para él, y es que, a estas alturas, no podía negarlo, ¡me volvía loca! No me gustaba, ¡me encantaba! Pero seguía siendo imposible, y debía sacármelo de la cabeza como fuese.
Terminé de explicarle todo lo que tenía pensado para esa tarde y repasé algunos ejercicios con él. Al fin y al cabo, cuando quería, no era tan insufrible, salvo por sus frasecitas de chulito y sus jueguecitos para marearme, no era tan insufrible.
—Bueno, me voy a ir ya a mi casa —le comuniqué.
—Vale, ya te picaré un rato mañana en clase de francés —me vaciló con su típica sonrisa.
Puse los ojos en blanco, cogí mi bolso y abandoné el centro.
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