Estudio descriptivo de los monumentos árabes de Granada, Sevilla y Córdoba (edición ilustrada). Rafael Contreras
y africanos, en cuya época pudo tomar el estilo cierta analogía con el sentimiento de las razas occidentales. Después de esta fecha parece como que no hay huellas sensibles de cultura árabe en la Catedral, y que es preciso ir á buscarla en los demás edificios de Córdoba, que tan escasos son, pues que en muy cerca de seis siglos de influencia cristiana, pocos monumentos de tercer orden han podido subsistir.
Recordamos la gran abominación, como llamaban los musulmanes á la entrega que hizo Ben Sagiah al rey D. Alfonso de la ciudad de Córdoba en 1146. Los cristianos penetraron en la mezquita, ataron sus caballos á las columnas del templo, y deshojaron el Korán labrado que aquí se guardaba de los tiempos de Almanzor. Sin la venida, después, de los Almohades, ¿qué hubiera sido de esta grande obra?
Concluiremos con algunos datos curiosos sobre el uso de las mezquitas, tomados del libro Misión historial de Marruecos.
«No tienen en ellas más camarines y adornos que lámparas de azófar, latón y vidrio, que arden de noche, cuando se abren las puertas á la oración. En la pared de Oriente pintan algún adorno para que los creyentes se dirijan en sus azalas hacia este lado. Y tienen también un púlpito sobre ruedas para conducirlo al sitio donde el talbi les quiere predicar. Los patios de todas las mezquitas están enlosados con finos azulejos, por donde corren cristalinas aguas, que derraman á unos aposentos primorosos que son los lavatorios del pueblo, para los que no se han lavado en sus casas, pues nadie entra en el templo sin estar enteramente limpio. Tampoco puede nadie entrar calzado, dejándose los zapatos en el pórtico, ó en los mismos lavatorios, pues es sabido que si no se dejan vigilados se los llevan siempre los cautivos. La veneración á los templos es tan grande, que no permiten en su vecindad casas escandalosas, hosterías ni posadas, prohibiendo á los judíos que pasen calzados por delante de ellos.
En algunas mezquitas no entran las mujeres, porque son incircuncisas, y solo la sultana tiene su oratorio ó Mozala, donde reza en nombre de todas las mujeres.
Los almuédanos dicen estas palabras cuando suben á los minaretes, cuatro veces en siete tiempos. La primera, á media noche: «Dios es grande; rezar es mejor que dormir». La segunda, á las dos de la mañana, la misma. A las tres ó las cuatro dan la voz que llaman del Farol, porque ponen uno en la punta de un asta que quitan á esta hora, diciendo: «Ya quiere amanecer, alabemos á Dios». La cuarta voz es á las doce ó zenit, tremolando una bandera blanca que recogen á la una y á la voz de «Dios es grande». El viernes, día de fiesta, ponen desde el amanecer bandera azul, hasta las diez y media del día que ponen la blanca.
La quinta voz á las cuatro de la tarde, anunciando que es hora de dar de mano á todos los trabajos. En invierno es á las tres. La sexta voz mencionada la dan al aparecer la primera estrella de la noche, y la sétima voz á las nueve en el verano, que es la queda que nosotros conocemos. Se sirven del reloj de arena.
»Las vísperas de los días festivos cantan los almuédanos en la torre, con música no desagradable, durante una hora.
»Los lavatorios tan precisos para ir á la oración de la mezquita se hacen con tres objetos: El primero, después de las precisas necesidades que pide la naturaleza humana. El segundo, de los cinco sentidos corporales, bañándose los pies, las manos, las narices, los oídos y la cabeza. El tercero, es de todo el cuerpo, peinándose al mismo tiempo, lo cual se hace en los baños públicos, yendo los hombres por la mañana y las mujeres por la tarde. Nadie puede hacer la Zalah sin estos lavados».
FUNDACIÓN DE LA DJAMA
SEGÚN LOS ÁRABES
La leyenda que trata de la fundación de esta mezquita, cuenta, que Abd-el-Rhamán I se levantó un día al amanecer, y mandó á su eunuco Mansur que convocase á los jeques á consejo. Reunidos éstos, les manifestó su propósito de construir la gran mezquita de Occidente. Los autores árabes ponen en su boca un largo discurso que demuestra el estado de lucha entre las dos grandes iglesias entonces rivales. De sus mejores párrafos insertamos los que siguen:
«...El cristiano idólatra dice: Europa es la reina, Asia su sirviente. El fiel musulmán exclama: del Oriente sale la luz. Algufía duerme en las tinieblas.
»La Iglesia y el Islám se miran frente á frente como el león y el tigre... En las montañas de Alfranc deja el tigre cauteloso la presa para la vuelta: en la ciudad de Constantino devoran las hogueras los monasterios, los monges y los ídolos, y á los golpes del Castillo isáurico se va desmoronando Santa Sofía.
»Los bárbaros de las regiones del hielo se estremecen de placer en sus pellizas, esperando que un pontífice romano ponga en la diestra de Carlo-Magno el globo de Constantino; pero las hermosas hijas del Yemen celebran con zambras y cantares en sus almeas las victorias de los hijos de Ismael, que por la virtud del Korán se abren las puertas del Oriente y del Occidente.
».................... Cantaron las vírgenes y los ancianos del Hedjaz: no hay más Dios que Dios, ¡Mahoma es su profeta! Poderosa es la raza Coreixi: Dios clemente ha vinculado en ella el precioso collar de Cosrroes, y las veinticinco coronas de los reyes de Iberia».
Luego describe las grandezas de la tierra que dominaban, y el poder que ejercían sobre los reyes de Alfranc, y añade:
«No entregará Dios el mundo á los que se embriagan predicando penitencia y se enriquecen ensalzando la pobreza, y se dan al libertinaje recomendando la castidad...
«Para ellos los monasterios pobres y sombríos, para nosotros los verjeles, el harém, los baños y las aljamas; aljamas revestidas en su interior de bruñidos jaspes y esplendorosos estucos, construídas de jacintos rojos y cercadas de lámparas inextinguibles.
«Para ellos claustros lóbregos y silenciosos, para nosotros cristalinas fuentes y verdes arrayanes; para ellos las privaciones de la vida triste del castillo, para nosotros la existencia risueña y tranquila de la academia; para ellos la intolerancia y tiranía, para nosotros la monarquía clemente y paternal; para ellos la ignorancia del pueblo, para nosotros la instrucción pública y gratuíta; para ellos los yermos, el celibato, el martirologio, para nosotros la fertilidad, el amor, la hermandad, las comodidades y deleites...
«Gran contienda se inaugura entre la barbarie y la cultura, entre las sombras y la luz, entre cristianos y muslimes; preparado está el mundo y dispuesto para grandes cosas, como el hierro que sale de la fragua enrojecido y solo espera la nueva forma que va á tomar sobre el yunque».
Luego anuncia la lucha de francos y árabes, los primeros contra los bárbaros de las regiones heladas, y del árabe contra las tribus del Ganges y del Indo; «un esfuerzo más, dice, y la majestuosa Bagdad se humillará ante la reina del andaluz; alcemos á Alá una aljama solo comparable á la Santa Casa de Jerusalem.
«Levantemos la Kaaba del Occidente en el solar mismo de un templo cristiano que tengamos que derruir, para que caiga la Cruz entre escombros y descuelle el Islám radiante.
«Sea su planta parecida á la de las basílicas del Crucificado, para que la Casa de Dios oprima la casa de los ídolos; átrio, pórtico, naves y santuario, todo en un recinto de cuatro ángulos y cuatro lados como la Santa Casa de la Meca».
Enumera á seguida las bellezas que tendrá la mezquita, describe la cisterna del patio, los naranjos que han de sombrear las fuentes para las abluciones, las once puertas, y las once naves, con una más ancha en el centro para adorar la quibla ó santuario; las columnas de mármoles variados formadas á manera de hueste belicosa, los arcos como banderas henchidas por el viento de la fortuna; los techos de alerce incorruptible...
De tal manera habló Abd-el-Rhamán, que contagiados los jeques con sus palabras proféticas, á la vista de las verdades históricas que expuso el Kalifa, acordaron levantar el templo. El Katib recibió las órdenes, y fué comisionado para tratar con el Obispo y el Conde cristiano la compra del templo que se había de destruir para levantar la mezquita; éstos se negaron á venderlo, puesto que la basílica servía