Habitaciones con música de fondo. Alexis Zaldumbide Manosalvas
de cara al gol, para que solo empujaran el balón, primero anotó la mayor y tan solo una jugada después la más joven decretó el final del partido con un suave disparo de zurda.
Un par de horas después aparecieron en el restaurante del hotel el hombre calvo junto a la niña de la camiseta del Inter. Nos reconocieron y se acercaron con amabilidad a nuestra mesa.
Eran padre e hija, él se llamaba Oriol y ella Laia, estaban de vacaciones y también eran huéspedes en el hotel. Oriol nos contó que Laia había nacido en México pero que vivían en Barcelona. Su esposa y él eran de Catalunya, sin embargo, todos los años regresaban a México para vacacionar.
La muchacha intervenía siempre que su padre decía algo que a ella no le parecía adecuado o cuando sentía que la estaban poniendo en ridículo. A pesar de su edad su belleza causaba asombro, detrás de su rostro infantil flotaba cierta agudeza y el desenfado que tienen las mujeres hermosas.
Emir invitó una cerveza a Oriol quien compartió la mitad con su hija. «Está muy acostumbrada a la bebida», dijo con un vozarrón y luego soltó una carcajada. Laia miró a su padre y para confirmar sus palabras de un solo sorbo se terminó la cerveza.
—¿Te gusta el Inter? —pregunté a la niña, ella me dijo que prefería a los equipos latinoamericanos, al Boca, al Santos, a los Pumas, pero que su tío le había regalado la camiseta y que por eso la usaba.
Emir habló sobre un texto que había escrito Pasolini en 1971 sobre el fútbol europeo y el fútbol latinoamericano, identificando al primero con la prosa y al segundo con la poesía. Emir nos explicó que en el texto Pasolini hablaba sobre el lenguaje del fútbol como un sistema de signos, en el que el partido debía ser interpretado como el discurso dramático donde se articulaban las palabras futbolísticas y su sintaxis, los goles venían a ser el momento profundamente poético de este discurso. Desde esta perspectiva el fútbol en Europa era funcional, respondía a un sistema secuencial y lógico, por eso lo asimilaba con la prosa, mientras que el fútbol latinoamericano, especialmente el practicado por Brasil, resultaba lírico, poético, libre y creador. Emir dejó en claro que esta clasificación hecha por Pasolini no suponía que el director italiano haya tenido una preferencia por uno o por otro estilo.
A Laia le gustó aquella exposición erudita de Emir, Oriol comentó efusivamente acerca de su experiencia entrenando a un brasileño en un equipo de adolescentes en Barcelona, la capacidad pulmonar y la gambeta endiablada que tenía, al tiempo en que pedía otra ronda para todos, incluida Laia.
La conversación se extendió hasta que cerraron el restaurante, para ese entonces ya habíamos bebido cinco rondas de cerveza.
Esa noche tuve un sueño extraño: estaba en la cama con Sofía, ambos nos encontrábamos desnudos, sus pechos redondos y pequeños apuntaban al cénit, ella cantaba con una triste tonada que parecía provenir de otro mundo, de otro tiempo. Frente a nosotros estaba Emir atado de pies y manos, mientras más fuerte cantaba Sofía más parecía sufrir Emir, la voz de ella era nítida y perturbadora.
Desperté y me sentí solo, una soledad que ya había experimentado antes, que provenía de mi abdomen. Una soledad soportable de la que me iba a reponer, pero que era desagradable.
A primera hora de la mañana fuimos a una playa nudista que quedaba a cuarenta minutos de donde estábamos. Conduje el Pilot de Emir, lo hice para olvidar el pasado, apretando el acelerador hasta que la aguja del velocímetro vibró de miedo, persiguiendo una corazonada de felicidad a 170 kilómetros por hora. Quería llegar de inmediato al futuro, saltarme el presente y sus destellos de luz nada prometedores, sus sucedáneos, su abulia, los sueños tan débiles como el cristal, en la velocidad deseaba encontrar lo perdido, esos orgasmos de la adolescencia, la cama de la última novia amada con locura, el tiempo en el que era difícil creer en la desidia, en la melancolía, en el incumplimiento de todas las promesas.
Ese día nadé con la convicción de llegar a un puerto seguro o en su defecto ser atrapado por las toneladas de agua del océano. Pensaba en mi reloj que no había durado más que una década y media, que no se parecía en nada al Esmeralda de Porfirio Díaz que seguía marcando la hora con un paso constante e inagotable.
Sentados en la arena con un par de cervezas en la mano y nada que decir, vimos pasear los cuerpos desnudos de una decena de personas, gente grande y de carnes flojas, cuerpos redondos y rosados, mujeres con los pechos marchitos, ancianos dorando sus pieles con el sol más inclemente de la mañana, europeas de nalgas firmes que dejaban ver su débil y rubia pelambrera púbica. La luz juvenil de la carne, el ocaso, la tristeza de los cuerpos envilecidos por el tiempo. La motivación para vivir debe ser muy grande para seguir adelante a pesar del acometimiento de la vejez, de los estragos del tiempo, pensé. Fue inevitable desear una vida breve, dejar un cadáver joven.
Conversamos un poco sobre el sexo y las relaciones, con una enorme desilusión. No nos había ido bien, la historia que compartíamos estaba plagada de desencanto y pesimismo. Emir me dijo que no era algo solo de los dos, que toda la generación estaba atrapada en esa herida, en la imposibilidad de perseverar en el amor, incluso en el odio. «No somos capaces de lidiar con promesas largas ni con pasiones fuertes», afirmó con seguridad y aflicción.
Al regreso él manejó, preferí acurrucarme y mirar por la ventana el paisaje. En el espejo retrovisor vi un detalle de mi rostro, fue una imagen muy comprometida con la desilusión.
Cuando llegamos al hotel nos encontramos con Laia que estaba sentada en el lobby, conversamos con ella un rato y luego fuimos juntos al bar. Compartimos una mesa que daba al malecón y vimos un partido de la liga nacional, dos equipos pequeños se enfrentaban en un duelo intrascendente. Fue un rato entretenido, bebimos, conversamos y gritamos dos goles, nos olvidamos de las promesas rotas, de las palabras difíciles de tragar, de las apuestas al futuro que íbamos perdiendo.
Laia nos habló de su casa en Barcelona, de sus recorridos en bicicleta, de una novela de Niccolo Ammaniti sobre un niño que descubre que su familia ha participado en el secuestro del hijo de un empresario italiano. Del clima y sus rasgos aleatorios, de su falta de estabilidad. Oriol había salido a un pueblo cercano con su madre y ella no había querido acompañarlos.
Laia era encantadora, tenía una espontaneidad que nosotros habíamos perdido hacía mucho tiempo, era natural y carecía de poses atormentadas, expresaba su cariño sin complicaciones o segundas lecturas, te abrazaba sin pensarlo dos veces con toda su pequeña estructura ósea, el cálido aroma de juventud aplacaba nuestros demonios, su abrazo resultaba curativo.
Tal vez por eso nos quedamos tanto tiempo en el bar, riéndonos, disfrutando de la simpatía que se nos había olvidado que poseíamos, la risa era franca y enorme, a veces simple y ridícula. Lo infantil de Laia nos transmitía calma.
Cuando la noche cayó por completo subimos al cuarto de Emir, él abrió una botella de aguardiente, los tres bebimos y jugamos en el piso con una esfera de silicona que decoraba una de las mesas de la habitación, las carcajadas inundaron el lugar, una dulzura nos cobijó, la brisa salina, el pequeño rigor del alcohol, el calor como motivo de nuestras vidas.
La felicidad a veces se expresa en pequeñas dosis. En ese instante los tres fuimos muy felices.
Después nos tendimos en el piso y saboreamos los rezagos de nuestro gran alboroto. Laia descansaba sobre los pies de Emir, los veía y sentía un lazo único, una conexión hermosa con esas dos personas.
La noche se había instalado en la habitación, una ligera luz externa amansaba la oscuridad, las facciones de Emir y Laia estaban ocultas por ese lamido de la penumbra.
Una calma profunda había llegado a nuestro espacio, las persianas se agitaban por el viento marino que soplaba con insistencia, yo me sentía transmutado. Al poco tiempo empezó a hacer frío, al punto de que me puse a temblar, sentía un ligero malestar, como una baja de presión, algo oscuro e interno, Laia miró mi rostro y me sugirió que fuera por algo más abrigado que procurara comer algo dulce.
Regresé a mi cuarto y al entrar recibí un golpe de aire que me hizo tambalear, la cama estaba tendida y lucía ajena a mis recuerdos, las cortinas ondeaban, me acerqué al balcón, exploré la noche y sentí