Habitaciones con música de fondo. Alexis Zaldumbide Manosalvas
un yogur de fresa que guardaba en la mini nevera y me lo bebí de un solo trago, tomé un suéter de lana y regresé a la habitación de Emir, tambaleándome, cuidando los pasos que daba.
Al entrar supuse lo que estaba pasando tan solo por el aroma, una mezcla de humedad y sopor amargo, alcé la vista y observé que al fondo del lugar, justo al pie de la cama, se encontraba Emir con el pantalón abajo, sujetaba con sus manos las delgadas piernas de Laia mientras se balanceaba penetrando su cuerpo con una cadencia arrítmica, al tiempo oí los quejidos de la muchacha, un sonido que era una mezcla de entusiasmo y horror. Emir soltaba pequeños gemidos, hinchaba sus pulmones y exhalaba bocanadas de aire.
Me recliné en la pared y me senté, contemplé la escena con estupor y a la vez desidia, no dije nada, no moví un músculo, no pensé, tan solo yací en el suelo como un pequeño mueble inservible.
No pasó mucho tiempo hasta que sonó la puerta, Emir se paralizó, yo reaccioné de inmediato y de forma mecánica respondí al llamado. Al abrir me encontré con la cara de Oriol que de entrada me vio con rostro de preocupación e inquietud, pero no tardó ni dos segundos en fijarse en la escena que acontecía al fondo de la habitación, que lo transformó por completo.
Emir no había soltado las piernas de la muchacha y nos miraba como si estuviera perdido en otra dimensión. El padre de Laia con un portentoso movimiento me tumbó al piso y corrió como una bestia desbocada tras Emir, quien no se inmutó, apenas si parpadeó al sentir la embestida de ese toro enfurecido. Oriol derribó a Emir y estampó su puño en la cara de mi amigo una y otra vez, mientras profería una serie de insultos.
Duró solo un segundo pero pensé en el canto de las sirenas, la diferencia entre su embrujo y el embrujo que producía la lira de Orfeo, dos sonidos distintos, dos formas distintas de cautivar a los mortales. La una desde la anarquía, desde el caos, la otra desde la belleza, el orden y la gracia. Me levanté, agarré la bola de silicona y reventé la cabeza de Oriol de un solo golpe. La mirada de Laia era la de una sierva asustada, respiraba muy fuerte, sus fosas nasales se hinchaban como fuelles, su leve vello púbico brillaba con una pálida luz de luna. Saqué a Emir de la habitación a rastras, tomé las llaves de su coche y manejé toda la noche.
Emir estaba herido, no solo por los golpes que había recibido, estaba herido adentro, en su voluntad. Mientras manejaba lo miraba de reojo, su piel blanca y delgada como papel de china evocaba un cambio drástico. Me preguntaba qué había pasado en su interior, en qué momento se había operado la transformación. ¿Cómo había emergido el mal?
Me sorprendió no reprochar el comportamiento de Emir ni el mío, no tener un sentimiento de culpa sancionadora. Nadie es tan bueno, nada es tan bueno en la vida, todo se corrompe, se daña, se pudre, pensé. De nuevo vi la imagen de un gran barco herrumbrado, sus goznes llenos de óxido, la proa destrozada, las velas raídas, un buque agonizante atravesando el mar, con actitud decidida pero sin ninguna posibilidad de sobrevivir.
A mitad de camino paré el coche, en la orilla de la carretera vomité, por mi boca emergió un dulce líquido con sabor a fresa. Regresé al coche y no me detuve hasta llegar a la casa de Emir, luego tomé un taxi hasta mi departamento.
Desde ese día no he vuelto a verlo, ni a él ni a Sofía, no he sabido nada de sus vidas, tuve la precaución de salir del país por un tiempo, habíamos dejado nuestros documentos y nuestra ropa en el hotel, no sería muy difícil dar con nosotros, por eso preferí dejar que las aguas se calmaran mirando desde una orilla lejana.
El viaje ha logrado apaciguar cierto malestar, frenar mis impulsos, el padecimiento ha disminuido. He logrado evadir el canto de las sirenas, eso es lo que pienso, además orienté de mejor manera mis expectativas de vida, aunque sigo estando solo.
Hace unos días un ex trabajador de la Girard Perregaux examinó mi reloj. Su comentario aclaró muchas de mis dudas, mi Tissot Quickster era una falsificación de buen aspecto. Pensé para mis adentros que Emir, Sofía y yo también éramos falsificaciones, personas que aparentaban estabilidad, cordura y sensatez, pero en realidad estábamos dañados, rotos, éramos productos de mala calidad que pretendían hacerse pasar por mercancía fina. Me dijo que podía venderme un reloj original a un precio razonable, pero desistí de la oferta, ya no me interesa tener un reloj, medir el tiempo, pensar en la vejez y la decrepitud del cuerpo.
Unos días antes visité el campo del Liverpool en Anfield Road, escuché a la fanaticada cantar el famoso Never Walk Alone como un grito unísono. Ese día el equipo perdió en una pobre exhibición futbolística. Ante mi desconcierto, vi cómo los seguidores de los Reds salían del escenario antes de que se terminara el cotejo. Tuve ganas de hablar con Emir, discutir con él acerca de las ventajas de caminar solo, de no fiarse de ninguna promesa y hacer la vida sin considerar la lealtad, la compañía o la perdurabilidad como opciones.
El ron viene y va de una orilla del vaso a la otra, ondeando en silencio, tan solo se crispa cuando detengo mi mano. Miro a través del vaso el lugar donde me encuentro, no hay muchas personas en la cantina, se logra ver a unos cuantos hombres ocultos por la penumbra, el resto es ausencia.
No es una noche para grandes tumultos y eso es un alivio, no quiero estar en medio del barullo de la gente. En este momento me repugna la idea de los lugares llenos, quiero estar sola, es lo único que deseo.
La luz fluorescente alienta mi desgano, su palidez me hace ver marchita. Mientras bebo un poco de ron me entrego a recuerdos y pasados que parecen inexcusables.
Repaso el sueño que tuve hace unos días: estaba descansando a orillas del Orinoco, no lo conozco, pero sabía que ese río era el Orinoco. Sus aguas se arremolinaban con intensidad y me llamaban: métete, decían, sumerge tu cabeza y tus brazos.
Estaba completamente seducida por el paso de la corriente, por el color y por la furia del río, que no tendría compasión si me zambullía en sus aguas. Las ganas de echarme de cabeza dentro del torrente para perderme para siempre en su rugido eran brutales, hablo de una necesidad imperativa, ese tipo de deseo irresistible que nace en el centro del estómago y toma fuerza al interior del pecho.
Hubiese terminado en el fondo del río si mi marido no intervenía. Bastó un gesto suyo, sereno y exigente, para que yo desistiera de la idea de internarme en esas turbias aguas.
Martín Vargas, mi marido, no ha entendido el significado del sueño, he intentado explicárselo pero ha terminado tratándome como a una loca. Por eso preferí quedarme callada y beber en silencio.
El vaivén del ron termina por desbordar el vaso, un fino reguero del líquido avanza por mi mano, lamo rápidamente la piel que se humedece, antes de que el licor llegue a mi codo. Llevo el vaso a la boca y mientras asciende, mientras el ron y mi boca se encuentran, puedo verme en el reflejo, no me gusta nada lo que veo, luzco horrenda, traigo unas ojeras espantosas y el color de mi piel es umbroso. Verme me desconsuela.
Doy un sorbo largo como si me bebiera el Orinoco entero en ese trago y siento encenderse mis entrañas. Creo que ese ardor terminará consumiéndome, desde adentro.
Vargas me sugiere que deje de beber pero yo no le hago caso, me aventuro a dar un sorbo más, aunque ligero, apenas si remoja mi garganta. Desoigo a Martín Vargas a pesar de que entiendo su preocupación, sé que padece mi estado de ánimo, que le duele verme deprimida y enojada.
Lo que pasa es que él no tiene idea de lo que me ocurre, ignora que esta noche mi corazón se retuerce. Está muy lejos de saber cuán estropeado tengo el espíritu. Por eso desoigo sus llamados de atención. ¿Qué puede saber Vargas para aconsejarme?
Aunque no le endilgo la culpa de nada, no puedo decir que sea culpable de algo en particular, todo aquello que ignora es precisamente lo que hoy me perturba y tiene que ver con un acontecimiento ocurrido hace un año.
En una carretera a tres ciudades de distancia, bajo el presupuesto de una noche tibia y un angosto camino, dos niños cantaban repetidamente una conocida ronda infantil. O quizás dormían, mientras su padre procuraba llevarlos pronto