Los impasses de la feminidad. Gabriela Camaly
conceptos de la teoría y la clínica psicoanalíticas que permitan situar la particularidad de la conceptualización freudiana de la sexualidad femenina ordenada alrededor del falo, así como la articulación lógica que propone Lacan respecto del goce femenino como suplementario al goce fálico. El punto de partida es que para Freud la feminidad y la solución materna son equivalentes, constituyendo dos conceptos que se superponen en su elaboración sobre la sexualidad femenina. Lacan, en cambio, produce una separación entre la solución materna y la lógica de la sexuación femenina. Dicha partición radical surge a partir del axioma lacaniano que afirma que “La mujer” no existe como significante en el campo del Otro, por lo cual no es posible definir qué es una mujer y mucho menos cuál es el goce enigmático que la habita.
Frente a la problemática edípica femenina, la teoría freudiana presenta diversas salidas posibles que dependen de la aceptación o no de la castración a partir del lazo de amor al padre y de la relación al símbolo fálico. En última instancia, para Freud, las posiciones del varón y de la mujer están determinadas por la diferencia sexual anatómica ya que, tal como afirma, “la anatomía es el destino” (Freud, 1924/2000b, p. 185). Por el contrario, para Lacan “la anatomía no es el destino” (Lacan, 2006a, p. 193). La anatomía y el destino se separan porque el lenguaje se inmiscuye entre los seres hablantes, a partir de lo cual se produce el malentendido estructural entre el cuerpo y el modo de gozar en tanto hombre y en tanto mujer.
A partir de Lacan, la particularidad de la sexualidad femenina implica que la misma no puede ser reducida a la lógica fálica. Si bien para la mujer se inscribe de entrada la relación al falo como significante del deseo, existe además la presencia de un goce que excede el campo del falo y sus atributos. Dicho goce se presenta de manera enigmática ya que permanece oscuro, difuso e innombrable. Los significantes disponibles en el lenguaje no permiten llegar a traducirlo en significaciones posibles de aprehender. Hay un agujero en lo simbólico para decir de qué goce se trata. Se cierne así para Lacan una escritura imposible que concierne a la relación más íntima de la mujer con su propio goce. Sin embargo, es sobre el fondo de esta imposibilidad de escritura del goce femenino, que para cada mujer es posible inscribir una solución respecto de su posición sexuada. Por consiguiente, queda planteada una paradoja inherente a la sexuación femenina. Esta Tesis se propone explorar dicha paradoja para extraer de ella sus consecuencias más fecundas.
2. Antecedentes conceptuales en el campo del psicoanálisis
Para Freud la salida normal del drama edípico femenino se consolida a través de la aceptación de la castración y la producción de la equivalencia simbólica pene-niño que se sostiene en la lógica fálica. Establecerse en la relación con un hombre para hacerse dar un hijo por él constituye la solución más general al no tener de las mujeres, lo cual se lee en el marco de la ecuación simbólica pene-niño planteada por Freud. De esta manera, se establece como salida normal y estructural del Edipo femenino la equivalencia entre la mujer y la madre. En esta línea, el sentimiento de la feminidad y la inscripción en la serie de las mujeres se produce, en el mejor de los casos, a través de la realización de la maternidad como solución a las vicisitudes del Edipo femenino.
En el Seminario 6 Lacan discute con Freud y plantea que la mujer se encuentra en una posición privilegiada en lo concerniente resolución del Edipo y sus relaciones con el falo. Contrariamente a la complejidad sostenida por Freud, Lacan sostiene que los problemas afectivos de la mujer plantean una relativa simplicidad respecto que para el hombre ya que ella sabe lo que no tiene y este saber la inscribe de entrada en la dialéctica fálica. Lo que ella demanda a fin de cuentas no es la satisfacción sexual, sino tener lo que no tiene y se dirige a buscarlo en el hombre. Lacan dice: “Por más real que sea ese falo que ella puede tener, al principio se introdujo en su dialéctica, en su evolución, como un significante que se inscribe en el inconsciente. Por eso, en cierto nivel de su experiencia, ella siempre lo tendrá en menos” (Lacan, 2014, p. 498). Siguiendo esta línea, la mujer se confronta con el objeto fálico en calidad de objeto separado, es decir, perdido en tanto tal y sustituible por otros posibles dentro de una serie. Por lo tanto, en el campo de las neurosis, la relación de una mujer con un hombre se inscribe siempre en la lógica fálica, ya sea consintiendo a ser tomada como objeto de su deseo así como también haciéndose dar por el hombre esos pequeños objetos a -tal como formulará muchos años después en el Seminario 22- de los cuales ella se ocupará maternalmente.
Sin embargo, Lacan se separa radicalmente de Freud al formalizar, en primer lugar, que esta relación de la mujer con la función fálica -que comparte con el hombre- no la define en tanto tal; y en segundo lugar, al articular la existencia de un goce suplementario al goce fálico que habita al cuerpo de una mujer y cuyas coordenadas son las de lo ilimitado. A diferencia del goce fálico masculino -localizable, representable y contable-, el goce femenino se presenta como su reverso, es decir, por su condición de no localizable, no contabilizable e irrepresentable. Se recorta entonces un imposible de nombrar concerniente al goce femenino y, por lo tanto, un imposible de escribir referido al goce en tanto tal. Como consecuencia, la clínica psicoanalítica se confronta con las dificultades de ambos sexos para arreglárselas con la oscuridad y la consistencia de dicho goce.
En distintos momentos de su enseñanza Lacan articula el rechazo estructural a la feminidad para todo ser hablante. En 1973, en su intervención en Radiofonía y Televisión, plantea que la “mascarada femenina” -concepto que será oportunamente desarrollado en esta investigación- no constituye una mentira, tal como se puede suponer, sino que mantiene relaciones con la verdad que, para Lacan, siempre se presenta en su estatuto de ficción. Haciendo uso de los semblantes femeninos de la cultura, ella se prepara para que “el fantasma de El hombre en ella encuentre su hora de verdad” (Lacan, 2012c, p. 566). Sin embargo, el recurso a la mascarada para que sea posible el encuentro entre los sexos no orienta en nada sobre el goce enigmático de la mujer. Si bien la mascarada femenina cumple una función esencial en la comedia de los sexos, constituye a la vez el signo del rechazo respecto de lo más íntimo -y a la vez lo más hétero- de la feminidad. En “La significación del falo” Lacan afirma:
…es para ser el falo, es decir el significante del deseo del Otro, para lo que la mujer va a rechazar una parte esencial de la femineidad, concretamente todos sus atributos en la mascarada. Es por lo que no es por lo que pretende ser deseada al mismo tiempo que amada. (Lacan, 1985b, p. 674)
En la comedia de los sexos, ella se presenta como objeto de deseo, sostenida en la identificación fálica y dejándose tomar por el fantasma del hombre. De esta manera, ella se construye un ser anudado al significante fálico y a la demanda del Otro. Sin embargo, esta operación estructural de la posición femenina presenta -a la vez que vela en ese mismo movimiento- un intenso rechazo. De esta manera se consuma “…su profunda verwerfung, su profundo rechazo, en cuanto ser, de aquello en lo que ella misma se manifiesta en el modo femenino” (Lacan, 1999, p. 358). Por un lado, Lacan ubica bajo el velo del “deber parecer” la profunda ajenidad respecto de su cuerpo y de su deseo, es decir, del goce allí implicado. Por el otro, lee también la articulación de este rechazo con la exigencia superyoica que empuja inexorablemente a un goce sin medida.
La enseñanza de Lacan de los años 70 se inicia con el Seminario 17, que prepara el camino hacia lo que articulará luego lógicamente con las fórmulas de la sexuación y la existencia de un goce femenino suplementario al goce fálico. En este seminario, Lacan le reprocha a Freud haber retrocedido ante el goce femenino, así como también haber traicionado la enseñanza de las histéricas y de haberla sustituido por el complejo de Edipo. ¿Cuál era el saber que “todos esos picos de oro” habían revelado a Freud? (Lacan, 1992, p. 91). En esos años Lacan afronta nuevamente la cuestión del Edipo femenino a partir de una relectura de Dora. Allí pone en cuestión al padre freudiano -potente e idealizado- para ubicar otra perspectiva. Por un lado, se devela el gran secreto del padre, esto es, su propia castración. Por el otro, se evidencia la privación como una operación necesaria para ambos sexos y ya no exclusiva de la sexualidad femenina. Si bien, al decir de Lacan, el mito del padre constituye un fantasma freudiano, la castración -como operación simbólica fundamental- en ningún modo puede ser reducida al estatuto de un fantasma. Al contrario, la castración constituye “la operación real introducida por la incidencia del significante, sea el que sea, en la relación al